lunes, 28 de mayo de 2012

RETRATO DE UNA FAMILIA EN BICI

La familia Busato llegaron escapando de la Segunda Guerra Mundial e instalaron en Chacarita una de las bicicleterías más reconocidas. Sus anécdotas ilustran cómo el ciclismo fue una pasión popular durante gran parte del siglo XX.

Por Mariano Abrevaya Dios        

Lo primero que llama la atención cuando se ingresa al negocio es la cantidad de bicicletas que pueblan ambos lados el pasillo, el fondo del local e incluso el techo. A un costado, sobre una larga estantería de madera, resplandecen decenas de copas y trofeos de bronce y de plata, y la pared del lado derecho está tapada de fotos, diplomas y notas periodísticas. Si se mira con detenimiento, parte de las personas que posan en esos registros son las mismas que ahora atienden al público dentro del local. Busato, entonces, es mucho más que una bicicletería: es una empresa familiar con un milagroso arraigo barrial que ya abasteció a más de tres generaciones.
José Luis Busato cumplió 93 años el 3 de abril. Nació en la Argentina pero se crió junto a sus tres hermanos en Fusine Di Posina, un pueblo montañoso del norte italiano. Cuando tenía 14 años sus padres se mudaron a Francia y, luego de la Segunda Guerra Mundial, la situación los obligó a armar de nuevo las valijas y regresar a la Argentina. El primer trabajo de José fue como operario en un galpón donde se arreglaban piezas de automóviles. Le decían Tanito, por su edad, pero también por su físico delgado y fibroso. Al poco tiempo, se transformó en uno de los obreros que más maña se daba, por ejemplo, para desenroscar un bulón imposible de mover. Aquel jovencito, así, tomó conciencia no sólo de que las herramientas, el acero y la grasa no le disgustaban, sino también, y en especial, que le ofrecían un porvenir. Pero había más. Fue en esa época que decidió profesionalizar una actividad que le gustaba desde que era un bambino: el ciclismo.
Miradas al Sur estuvo con José, y su familia, en el negocio del barrio de Chacarita. Gabriel, uno de sus hijos, cuenta la historia de la primera carrera de su padre: la noche del sábado anterior a la carrera (en ruta), José volvía al barrio por Rivera (actual avenida Córdoba), se le cruzó un peatón, lo llevó puesto, y se le rompió el aro de la bicicleta (que en aquel momento era de madera). No había dónde le diesen una solución a esa hora. “Mi padre siempre fue un entusiasta”, avisa Gabriel, inflado de admiración. José, terco como una mula, decidió arreglar el aro con sus propias manos. Resultado: se acostó a las cuatro de la madrugada y durmió sólo tres horas. “En la carrera me caí tantas veces que me tuvieron que hospitalizar por los magullones”, interviene José, tan vital y tierno como un nene. “Y te aporto un dato que te va a encantar”, anuncia Gabriel: “Esa carrera también la corrió Héctor Cámpora”. Aquella carrera “en tren de excursión” (pelotones de ciclistas) que se hizo entre Villa Urquiza y San Fernando, clasificaría a José para las Olimpíadas de Londres, aunque por razones económicas y falta de sponsor, no viajaría.
José abrió su primera bicicletería en 1944, sobre la calle Jorge Newbery. Y de ahí se mudaría a otro negocio, también alquilado, en la esquina de Giribone y Gregoria Perez. “A sólo treinta metros de acá”, señala José. En 1969, ya casado con su esposa de toda la vida, Beba, y con sus tres hijos, adquirieron el actual negocio, donde también tienen la casa (en el primer piso). Hasta hace no tantos años atrás, el hombre salía a pedalear a las seis de la mañana, volvía a casa, desayunaba, y caprichosamente puntual, a las ocho, subía la persiana del negocio. Beba, después de las carreras de su marido, le curaba las heridas, ponía un trapo húmedo en su frente cuando le subía la fiebre, o le bajaba los decibeles con alguna palabra tranquilizadora cuando al Tano le saltaban los tapones. En el Rastrojero familiar recorrieron juntos el país, y cuando hizo falta emparchó con sus propias manos las cámaras de las bicicletas que traían los clientes. “Ahora me ocupo de la administración”, confiesa ella. “¿Se puede hablar de estos años como los más fructíferos de Rodados Busato?”, arriesga Miradas al Sur. “Sí, nene, tenemos tanto trabajo que hay que rechazar parte de los pedidos. No damos abasto”. Beba viste un equipo de gimnasia del color del vino tinto, y usa lentes. “¿Cómo lo conociste a José?” Se ríe, y sonroja. En 1950, un Busato buen mozo y decidido le tiraba piropos cuando pasaba en bicicleta frente a su negocio. Se casaron, y en pocos años tuvieron tres hijos: Claudia, Dante y Gabriel. Sólo el del medio esquivó el legado familiar para dedicarse a la administración de empresas. “Ahora lo tengo arriba –cuenta Beba–, ya que vendió la casa del country y se compró algo por la zona.”
Los años dorados de la carrera de José son los años dorados de la Argentina de mitad del siglo pasado: el primer peronismo. Bienestar general y mucha obra pública. José cuenta con un orgullo inocultable la proeza que metió en uno de los parciales de una carrera que se realizó en 1945 sobre la General Paz. Entre Liniers y Villa Pueyrredón (en la bajada funcionaba la fábrica textil Grafa, demolida en 1994 para construir un Wall Mart), metió un promedio de 61 kilómetros por hora, un número todavía hoy admirable. Otro hecho crucial en su carrera fue la clasificación para la Carrera de los Seis Días, en el mítico Luna Park, acondicionado como velódromo, con pista de madera.
Gabriel heredó la cultura del trabajo de su padre. Le gusta la mecánica y también el ciclismo. Tiene las manos tan engrasadas como las de José. Estuvo federado y corrió en primera desde los diez hasta los veinte años, momento en el que empezó a ponerle el cuerpo a la pyme de la familia. “Yo amo mi profesión –dice–, pero no sé qué hubiera hecho si nacía en otro ámbito.” Cuenta que dentro de su casa, que está frente al negocio, “tengo tres sillones y cuatro banquetas de distintas formas hechos con ruedas, manubrios, llantas y rayos de bicicleta, aparte de tres mesas, una reposera y una hamaca. Cuando me jubile quiero largar todo y dedicarme a recorrer la Argentina en bicicleta”, confiesa. Hay una foto suya en una de las paredes del pasillo. En blanco y negro, vestido con un equipo oscuro de lycra, se entrega a la cámara con la pureza de los diez años, la sonrisa plena y una mirada llena de satisfacción.
Gabriel trabaja de pie, como su padre, en un rincón del taller, rodeado de herramientas. La llave fija, por ejemplo. “Si me falta una de éstas me pongo loco”, dice. “Y estas dos son irreemplazables: la llave de cono y la pulseana. Ni inglesa ni francesa: pulseana, por el pulso.” También tiene una morsa y otras herramientas construidas por él mismo.
Claudia, la hija del matrimonio, atiende a la clientela. Se autodefine como la profesora de los chicos y grandes que quieren aprender a andar en bicicleta, uno de los actos de iniciación, quizá, más importantes de la vida. “Los pies en el suelo –dice, y grafica sentándose sobre una bicicleta que agarra de un costado– y la vista puesta en el frente porque ahí radica el equilibro. Así, de a poco, vas dando pasitos, hasta ganar confianza.”
No hay mujeres en las fotografías de los años ’50 y ’60. Sólo los varones posan junto a sus bicicletas. Claudia confiesa que el ambiente era declaradamente machista, y que recién en los últimos años se produjo una apertura. Cuenta que ella y sus hijas se suman, los domingos a la mañana, a los grandes pelotones de ciclistas que pedalean alrededor del parque General Paz, a metros del barrio 17 de Octubre, construido por el general Perón en 1949. Muchas de las fotos de la pared tienen el mismo fondo: la Basílica de Luján. “Es un lugar tradicional donde los ciclistas se juntaban cuando arrancaba la temporada de ruta”, explica Beba, y agrega que sus hijos aprendieron a caminar en el circuito KDT. “Cuando íbamos a las carreras yo llevaba la escoba para barrer el verdín de las curvas”, recuerda. “¡Ninguna madre hacía eso por sus hijos! –se entona–, las demás se sentaban en las banquetas a tomar mate y comer facturas”.

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