viernes, 30 de abril de 2010

"NO ES MOMENTO DE ESTAR SOLOS EN LA CALLE"


Anticapitalistas, autónomos, mantienen una férrea distancia de partidos y punteros. Los piqueteros de la Verón cuentan los golpes recibidos, las historias de militancia y el momento que vive un grupo fundado por catequistas y laicos.


Por Laura Vales


Los primeros piqueteros de la Coordinadora Aníbal Verón en Solano no fueron militantes radicalizados, como creyó el Gobierno, ni punteros de barrio, como podría apuntar el prejuicio más fácil. Tampoco eran obreros expulsados de las fábricas en mitad de la vida, como ocurrió en otras organizaciones de desocupados. Los fundadores del movimiento piquetero que se hizo conocido cortando rutas con las caras tapadas por pasamontañas y pañuelos, negándose a tener dirigentes, fue un grupo de catequistas y laicos de una parroquia católica de Quilmes. Casi todos mujeres.


Tanto es así que convocaron a la primera asamblea de vecinos durante una misa d
e domingo. Fue en agosto de 1997; tres meses más tarde salían a cortar la ruta. Ellas siempre más que ellos. Los hombres se fueron incorporando de a poco, con el tiempo, por diferentes caminos. “Porque pareciera que al hombre le cuesta más, su primera reacción es ocultar que está sin trabajo.”

“Tenemos un compañero –cuentan en Solano–, que vino para rescatar a la mujer. La mujer le decía ‘voy a la iglesia’ y marchaba al piquete. Un día ella se va, el hombre prende el televisor para entretenerse y la ve en el corte, entre el humo de las gomas quemándose, con el cura, con la policía apostada enfrente. Y ella, al volver, como si nada: ‘¿dónde anduviste vos?’, le preguntaba él; ‘en la iglesia’, decía ella. Así que empezó a venir para sacarla, y terminó quedándose.”


Neka Jara estuvo entre las fundadoras del MTD. Roberto López se integró un poco más tarde.


–¿Por qué ese vínculo entre la parroquia y la organización de los desocupados?
–Porque acá –dice Jara– en los ‘80 funcionaron de manera muy fuerte las comunidades eclesiales de base. Había una experiencia en los vecinos de Solano organizados en torno a la parroquia, todas estas tierras fueron ocupadas a partir de las comunidades de base. Los vecinos teníamos incorporada la actitud de buscar soluciones colectivas cuando aparecía un problema que nos afectaba a todos.


–¿Qué fue lo primero que hicieron frente a la desocupación?
–Convocamos a una asamblea, elegimos dos delegados para que averiguaran en el Ministerio de Trabajo cómo era el trámite para los planes de empleo. Enseguida vimos que el sistema estaba muy manejado por los punteros. Así que discutimos el tema del asistencialismo, qué es lo que genera, cómo funciona la pasividad, los riesgos de que te aplasten la cabeza sin que puedas reaccionar y entonces uno de los primeros acuerdos fue que íbamos a conseguir todo a través de la lucha, de salir unidos a la calle.


–Cuando comenzaron a organizarse ¿participaban en las asambleas militantes de partidos políticos?
–En las asambleas no. Eran casi todos vecinos sin militancia partidaria, a lo sumo con experiencia previa gremial en alguna fábrica. Cuando comenzamos a crecer un poco, ahí sí se acercaron los partidos para proponernos hacer algo en conjunto. Esas fueron las primeras experiencias negativas que tuvimos.


–¿Por qué?
–Porque lo que comenzó como algo solidario, como un acuerdo de luchar juntos terminó en oportunismo. Hay muchos partidos que con tal de llevarse algunos militantes no les importa romper una organización popular.


–¿Y resolvieron esa relación?
–Fuimos dándonos un debate, buscando criterios internos de organización. Uno de los acuerdos fue que si bien al Movimiento podía sumarse cualquiera, incluidos los militantes de los partidos, la reflexión y el análisis político pasaría por nosotros, no por el partido. No queremos que las ideas vengan como una imposición desde afuera, que sedecida en otro lado lo que tenemos que hacer. Otro acuerdo fue que ante la primera pauta o signo de que se estaba rompiendo ese criterio se pediría a los compañeros que se retiraran. Un tercer acuerdo fue que no trabajaríamos por cuestiones electorales. Cuando los enviados al Ministerio de Trabajo volvieron con las novedades sobre los planes de empleo y quedó claro que para acceder a ellos la vía eran los punteros políticos, se decidió hacer una marcha al municipio. Consiguieron unos pocos subsidios, junto con la promesa de que les darían 500 planes que nunca llegaron. Entonces empezaron los cortes de ruta. Y en menos de dos meses los piqueteros se encontraron en el centro de un fuerte conflicto con el obispado.


Jara: –(Eduardo) Duhalde le estaba dando alrededor de un millón de dólares para sostener el tema de Cáritas y bueno, vino el apriete de Duhalde al obispado, que si no se cortaba con las protestas retiraba el apoyo. Y el obispado pidió a su vez al cura (Alberto Spagnuolo) que se echara a los desocupados de la parroquia. Que la iglesia se dedicara a los sacramentos. O de lo contrario que los desocupados se organizaran, estuvieran organizados únicamente por cristianos y según las normas de la iglesia.


Para la comunidad debió haber sido una sorpresa, sobre todo si venían de la experiencia de las tomas de tierra.
–Sí. Hubo una reacción colectiva, general, de no permitir esa imposición, de que los desocupados no se iban a retirar. Hicimos asambleas, reuniones. Cuando ya el obispado se dio cuenta de que no iba a haber marcha atrás decidieron trasladar al cura.


–¿Eso en qué año pasó?
–En el ‘97, a los dos meses de la creación del MTD.


–Fue enseguida.
–Enseguida. Y un domingo en donde más o menos mil personas participaron de una misa se convocó para charlar ese problema específico y ahí decidimos tomar la parroquia y no permitir que mandaran a otro cura o que desarmaran el movimiento. Cuando el obispo decidió imponer otro cura y vinieron con una caravana de 30 sacerdotes cerramos las puertas y ahí comenzó una toma de la parroquia. La ocupación duró años, hasta que vino el ultimátum. El desalojo llegó en junio de 2000, cuando ya estábamos trabajando también en otros barrios de Solano.


–El paso de estar desocupado a ser piquetero ¿es un tránsito fácil, que la gente da rápido?
Jara: –En estos momentos hay una referencia fuerte, una buena referencia nuestra en el barrio, pero hasta hace poco tiempo atrás no pasaba, costaba que los vecinos se integraran. Estaba muy instalado en el imaginario social que éramos violentos, nos veían como rebeldes sin causa.


López: –Es que nosotros hablábamos de la autonomía, de que no dependemos de ningún partido político, de cambio social y a mucha gente le resultaba como poco creíble, desconfiaban de lo que decíamos. Nosotros vemos que la primera reacción que tienen los que se acercan es la de sospechar que detrás hay algún partido escondido, algo. A medida que pasan los meses se dicen “ahora me voy a dar cuenta”, “ahora van a saltar”.


–¿Por qué creen que fueron estigmatizados como violentos?
Jara: –Yo creo que es el mismo Gobierno, el mismo Estado que busca sus propias defensas. Y después se utiliza a fuerzas políticas, a funcionarios, a punteros, a los medios y a algunas organizaciones que se prestan para decir qué características tiene que tener la lucha. Aquellas organizaciones que salieron a decir “nosotros somos los piqueteros buenos y ellos son los malos” se prestaron al juego del Gobierno, eso también influyó. En este tiempo vemos que están muy fuertes algunos discursos y vocabularios propios de la dictadura militar. Eso es peligroso para nosotros.


–La decisión de cortar las rutas con las caras tapadas les jugó en contra, porque ratificó esa imagen.
–La capucha y los palos no son lo fundamental de nuestra organización, como tampoco lo son los piquetes. Yo creo que detrás de todo eso está la verdadera esencia de lo que es el movimiento de desocupados, al menos el de Solano, y la verdadera esencia es que somos personas que hemos decidido organizarnos y luchar por dignidad, por tener mejores condiciones de vida, entendiendo que para tener mejores condiciones de vida esta sociedad tiene que cambiar. Por eso trabajamos. Todo lo demás son herramientas, elementos que se van tomando como medios de protección, de defensa o de resistencia. Justamente cuando se intenta poner en el centro todos esos elementos es para ponerte una etiqueta.


López: –Nuestra peligrosidad, para el Gobierno, no es la de los palos y las capuchas. Lo peligroso es los principios organizativos que tenemos, la horizontalidad, la autonomía, el objetivo de querer cambiar el mundo, pero de raíz, la democracia directa.


–¿Qué coincidencias y qué diferencias tienen con los militantes de Quebracho, que también integran la Coordinadora Aníbal Verón?
Jara: –Yo puedo decir cómo lo vemos en Solano: creemos que es una de las contradicciones que tenemos. Cuando discutimos el tema de la autonomía entendemos que hay una parte de la Aníbal Verón que no es tan autónoma. La diferencia es política... para nosotros lo prioritario es la práctica, nuestra consolidación interna. Pero hay otras organizaciones que se mueven para generar hechos políticos, hechos mediáticos.


–¿Hay otras líneas en la Aníbal Verón además de ustedes y de Quebracho?
–No, esas son las dos vertientes.


–¿Qué cambió acá, en este MTD, después de la represión en Avellaneda?
–La pérdida de Darío (Santillán) y Maxi (Kosteki) ha provocado una angustia muy grande. Pero el objetivo del Gobierno, que fue desorganizar, creo que no lo lograron. Aquí no se han ido compañeros prácticamente del MTD. Si se han ido han sido compañeros muy nuevos, que se habían integrado hacia muy poquito. Se discute mucho lo que pasó, todos los días se discute el tema, sale constantemente en las conversaciones, en los cursos de formación.


–¿Hicieron alguna autocrítica sobre lo que pasó?
–Por ahí lo que tenemos que cambiar es más que nada el tema de la seguridad. Estamos viendo qué otras formas de seguridad podemos encontrar para salir más fortalecidos a la ruta.


–¿Qué creen que podrían hacer?
–Pensamos fundamentalmente que en estos momentos la represión golpea a toda la sociedad. Si bien tenemos muchas diferencias políticas, en cuanto a criterios organizativos y prácticas concretas con otros sectores, queremos unificar la lucha ante un sistema represivo que golpea a todos. Una de las herramientas defensivas más fuertes es ésa, unificar la lucha, acordar con otros. No es momento para estar solos en la calle. Y, fundamentalmente, ir rompiendo con los sectarismos. Creemos que eso nunca hace bien. Para nosotros la fortaleza pasa por eso, por la capacidad de organizarse y de unirse para luchar.

EL ROSTRO


La cara, esa la del espejo, “responde a la aventura personal de cada uno, pero lo social y lo cultural modelan su forma y sus movimientos”, advierte el autor, que muestra cómo el rostro es una construcción históricamente fechada y también explica por qué la cara de la madre, que estuvo al principio, estará en el final.


Por David Le Breton *


“Desde que los rostros de los hombres se volvieron hacia fuera, éstos se tornaron incapaces de verse a sí mismos. Y esa es
nuestra gran debilidad. Al no
poder vernos, nos imaginamos.
Y cada uno, al soñarse
a sí mismo y ante los demás,
queda solo detrás de su rostro.”
René Daumal


El sentimiento acerca del rostro, a lo largo de las peripecias de la historia occidental, es objeto de una construcción cultural y está determinado por el estatus social otorgado a la persona. En las civilizaciones medievales y renacentistas de Europa occidental, el hombre no se siente diferente de los otros. Se confunde en la multitud de sus semejantes, sin que su singularidad haga de él un individuo en el sentido moderno de la palabra. La vida medieval es siempre gregaria, implica la presencia permanente de los otros. El espacio no prevé la intimidad, los hombres sólo pueden vivir juntos. El cuerpo humano es el signo de una inclusión del hombre en el mundo y no el motivo de una ruptura, de una diferencia. En ese contexto, aunque sea útil para reconocer más fácilmente al otro, el rostro no es objeto de un valor específico.


A fines del Renacimiento, se considera cada vez más el cuerpo humano como exterior al mundo que lo rodea, ya no tejido con la misma materia que da consistencia al cosmos, sino como estructura de carne y hueso, marcador de la presencia de un individuo de cuya soberanía traza los límites. El individualismo, por largo tiempo confinado a ciertas capas sociales privilegiadas, a ciertas zonas geográficas, a las ciudades, amplía poco a poco sus bases para abarcar, en el transcurso de los siglos siguientes, el conjunto de las sociedades occidentales. La valorización de la biografía, la aparición de un arte de la ironía y de la broma son indicios de la importancia que adquiere el individuo, acentuada por el desarrollo económico y social a través de las figuras del comerciante y del banquero. La afirmación del “yo” se vuelve una forma superior a la del “nosotros”. El individuo ya no está en una fórmula de vasallaje al grupo: afirma su singularidad, su independencia de pensamiento; se siente el responsable de su historia. El cuerpo permite la afirmación de la diferencia individual, coronada por el rostro. El rostro se vuelve cada vez más “el espejo de los movimientos del alma”. Los cada vez más numerosos adjetivos a este respecto implican, a nivel de la lengua, la psicologización que afecta al individuo y que define su rostro, otorgándole una supremacía especial.


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El rostro único del hombre responde a la unicidad de su aventura personal. No obstante, lo social y lo cultural modelan su forma y sus movimientos. El rostro que se ofrece al mundo es un compromiso entre las orientaciones colectivas y la manera personal en que cada actor se acomoda a ellas. Las mímicas y las emociones que lo atraviesan, las puestas en escena de su apariencia (peinado, maquillaje, etcétera) revelan una simbología social de la que el sujeto se sirve con su estilo particular.


El “niño salvaje”, el autista o el ciego de nacimiento dan cuenta de un rostro mudo que sólo la intervención de un entorno atento puede socializar. El rostro es pues el lugar del otro, nace en el corazón del lazo social, desde el cara a cara original del niño y de su madre (el primer rostro), y durante los innumerables contactos que la vida cotidiana entabla y desentabla.


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Para el propio hombre, el rostro a menudo es un lugar problemático, ambiguo. En ese sentido, podría decirse que el “yo es otro” de Rimbaud encuentra su expresión corporal más sorprendente en el hecho de que el rostro es Otro. En él nace la pregunta: ¿por qué estos rasgos?, ¿qué relación tienen conmigo? Y son pocos los individuos que aceptan sin resistencia ser filmados o captados en video. Algunas sociedades erigen tabúes ante cualquier retrato, rechazan las fotografías. Temen que la imagen sea el propio hombre y otorgue al que se lo apropia un poder mortal o malintencionado sobre el ingenuo que se deja atrapar por el ojo del objetivo.


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Toda aparición de un rostro es la de signos de reconocimiento. Cierta manera de organizar la puesta en escena (maquillaje, bigote, barba, corte de cabello), de producir mímicas, de posar la mirada en los otros, hace del rostro el lugar de la evidencia familiar que permite atribuirle, de entrada, una serie de significaciones. Jamás es una naturaleza, sino una composición. Es la materia básica para un trabajo sobre sí, al mismo tiempo que para una influencia social y cultural sutil. La socialización modela la intimidad corporal más secreta del hombre, y no deja de lado su rostro.


A través del rostro se lee la humanidad del hombre y se impone con toda certeza la diferencia que distingue a uno de otro. Al mismo tiempo, los movimientos que lo atraviesan, los rasgos que lo dibujan, los sentimientos que emanan de él, recuerdan que el lazo social es la matriz sobre la cual cada sujeto, según su propia historia, forja la singularidad de sus rasgos y expresiones. Todo rostro entrecruza lo íntimo y lo público. Todos los hombres se asemejan pero ninguno es parecido a otro.


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Nuestro rostro nos posee al menos tanto como nosotros lo hacemos nuestro. Nos posee en el sentido de que nos engaña, de alguna manera se burla de nosotros. Nos encierra en él y nos condena a una ambivalencia con respecto a él. Tiene un peso a veces difícil de soportar, pues es el signo más expresivo de la presencia ante el otro, la marca donde el envejecimiento, la precariedad, incluso la fealdad (más bien el sentimiento de fealdad, pues ésta nunca es un hecho en sí sino un juicio), inscriben con total evidencia una huella que el hombre occidental desearía más discreta, a causa del sistema de valores de nuestras sociedades, llenas de terror ante el envejecimiento o la muerte.


En lo que nos identifica, el rostro también nos limita, produce destellos en negativo de todos los rostros que no somos. Eso explica la atracción del disfraz, la máscara, y la tendencia que lleva a muchos sujetos a cierta denigración de su rostro. El “yo es otro” toma con facilidad los aspectos de la reticencia ante el propio rostro, colmado de una perturbadora extrañeza. La figura humana alberga lo inasible del Otro en el centro del yo.


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La sonrisa o la risa son expresiones que no se transparentan jamás en el rostro de un niño aislado originariamente de todos los lazos sociales, como lo recuerda la historia de algunos niños “salvajes”, observados de cerca en su época por testigos atentos. A pesar de su amplia difusión cultural, no se trata de automatismos inscriptos de una vez y para siempre en la naturaleza del hombre y llamados a desplegarse un día, a su tiempo, a modo de las flores japonesas al contacto del agua. La sonrisa o la risa son las expresiones de una ritualidad, que proviene de una simbología corporal adquirida con la presencia de los otros y que se renueva permanentemente por los innumerables lazos que se anudan a cada instante entre los actores. Pertenecen a un universo de significaciones. No sólo modelan los rasgos, sino también las manifestaciones corporales propias (expresión verbal, gestual, dirección de la mirada, etcétera), sobre un modelo unánimemente reconocible por los actores de un mismo grupo social. Del mismo modo, su aparición no depende del azar, sino que se basa en condiciones sociales y culturales precisas. La risa o la sonrisa son los elementos de una simbología, del mismo modo que el hombre triste o disgustado ha aprendido de larga data las figuraciones que se le imponen en ciertas condiciones y se le hacen carne. El niño llamado “salvaje”, mantenido por mucho tiempo fuera del contacto social –que, sin embargo, debió conocer al menos en los primeros años de su existencia–, ofrece un rostro indescifrable a los testigos, un rostro que ignora la sonrisa y la risa, del mismo modo que ignora las lágrimas.


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Una de las causas del ostracismo del que son víctimas los ciegos es la dificultad de descifrar su rostro enigmático, que todavía se está haciendo, inacabado o modelado torpemente, rostro sin el Otro, que turba en proporción a su ausencia de movilidad. En el transcurso de la interacción, cada actor está en posición de espejo ante su copartícipe, puede identificarse con él, reconocer sus movimientos, sus mímicas: gracias a esos signos está suficientemente informado acerca del otro como para que el intercambio se desarrolle de un modo familiar, con toda la seguridad significante. Pero los rasgos poco móviles del ciego congénito no dicen nada, no dibujan ninguna de las mímicas codificadas que deberían marcar el desarrollo del encuentro; no acentúan ni atenúan la palabra o la presencia. Pueden encarnar, en ese sentido, algo ominoso: aparentemente, son familiares en sus trazos, sus componentes, pero inasibles por la ausencia de brillo en los ojos, por su falta de movilidad y de gesticulaciones significativas. El movimiento de reciprocidad –la congruencia de las expectativas mutuas que fundan la interacción– está roto. El ciego remite brutalmente a la densidad de un cuerpo cuya presencia el hombre occidental, a lo largo de su vida cotidiana, quiere olvidar.


La falta de estimulación visual impide al niño ciego imitar a los miembros de su entorno e identificarse con ellos. Su aprendizaje motor está considerablemente afectado. Si esas dificultades no son consideradas por un entorno observador, disponible y afectuoso, el niño se muestra torpe por mucho tiempo, no recibe ningún aliento para modelar los rasgos de su rostro ni los movimientos de su cuerpo de una manera socialmente conforme a los sentimientos que experimenta.


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Parece que cada hombre lleva en él un rostro de referencia con el cual compara su rostro presente. Un rostro interior que ya no reproduce la realidad actual de los rasgos. El rostro de referencia aparece en la juventud. Innumerables frases lo revelan. Mantiene una especie de existencia fantasmal en la memoria del sujeto. Marca una imposible coincidencia consigo mismo para quien contempla su retrato en una fotografía o se mira en un espejo. El desajuste con el rostro de referencia puede ser experimentado como una conmoción, incluso una destrucción del sentimiento de identidad.


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El envejecimiento, en la sociedad occidental, se vive a modo de un afeamiento y un desposeimiento. En otras sociedades, el envejecimiento que marca los rasgos y blanquea los cabellos aumenta el prestigio y la dignidad, pero no es el caso en las nuestras, marcadas por un imperativo de juventud, vitalidad, salud y seducción, donde la vejez es casi siempre objeto de una poderosa negación. Envejecer, para muchos, tiene todas las apariencias de la desfiguración. Enfermedad venenosa cuyo avance no se puede detener, y ante la cual el sujeto comprueba su impotencia a pesar de todos sus esfuerzos. El rostro de referencia se aleja poco a poco. Algo de sagrado y de íntimo se deshace en el trascurso del tiempo.


El rostro es la juventud en el imaginario social del mundo occidental. Son pocos los hombres, y menos aún las mujeres, que se miran de frente en el espejo o en su fotografía y se reconocen sin nostalgia, aceptando la inscripción del paso del tiempo en sus rasgos. La percepción del rostro del hombre anciano no depende de la naturaleza, sino de una evaluación social y cultural a la cual cada uno adhiere a su manera. Se toma del intercambio mutuo de los valores de una época. El rostro de referencia traduce, en ese sentido, la resistencia interior del actor ante un envejecimiento ineluctable que los valores occidentales le enseñaron a temer. El recurso a la cirugía estética es un modo voluntario de rehacer el rostro de referencia o lo que todavía queda de él, el último intento de oponer una voluntad de control en un rostro que amenaza cada vez más con escapar a los valores sociales y con no poder sostener de manera satisfactoria el sentimiento de identidad.


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Del mismo modo que el nombre que lo designa, todo individuo, incluso el más humilde, lleva su rostro como el mayor signo de su diferencia. Así como el rostro es el hogar secreto del ser, la desfiguración se vive como una privación del ser, una experiencia del desmantelamiento de uno mismo. Eso explica el drama que atraviesan los accidentados o quemados en el rostro. Esas heridas afectan las raíces de su identidad al mismo tiempo que su carne. Además, de quien tiene el rostro arruinado por una enfermedad o accidente, se murmura que ya no tiene aspecto humano.


Una de las características de la violencia simbólica que ejerce el racista consiste en la negación del rostro en el otro. Al tratarse del signo del hombre, el más alto valor que éste encarna, el desprecio del rostro ajeno pasa por su animalización o degradación: el otro tiene jeta, trompa, cara de culo, es descarado. El odio conlleva la desfiguración del otro odiado; le niega la dignidad de su rostro.


Los campos de la muerte, que organizaron de manera sistemática la destrucción del hombre, se esforzaron en eliminar su rostro, en erradicar esa infinitesimal diferencia que hace a cada hombre único, para unificar a todos los detenidos bajo una figura idéntica, hecha de insignificancia a los ojos de los verdugos: “Muy pocas veces los percibí como individuos –dijo F. Stangl, comandante del campo de Sobibor y luego del de Treblinka–, siempre era una enorme masa”. En los campos, hay que ser sin rostro, sin mirada, uniforme bajo la delgadez; hay que combatir en uno cualquier detalle llamativo del rostro, toda señal que instaure un suplemento de sentido en el que se pueda percibir una individualidad. Borrar el propio rostro, empañar los rasgos, eliminar la condición de hombre singular, fundirse en la masa anónima de los otros, sin el relieve de un ser, disuelto en la misma ausencia. “Hay que ser plano. Cada uno lleva sus ojos como una amenaza”, escribió Robert Antelme (La especie humana, sobre su experiencia en campos de concentración nazis). Pero, ante un trozo de espejo recogido en el camino o recuperado de las ruinas, los deportados van desfilando y se maravillan. El fragmento de espejo pasa de mano en mano, hace vivir al deportado el recuerdo de una identidad que, de pronto, descubre que todavía está allí. El esfuerzo por eliminar el rostro no puede contra él cuando todavía se lo puede mirar de frente. El rostro es el lugar más humano del hombre. Quizás el lugar de donde nace el sentimiento de lo sagrado.


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En las situaciones extremas en que el desmantelamiento del hombre es llevado al límite, en las que su existencia depende sólo de un hilo, parece que las capas geológicas del rostro se disuelven, expurgando los rasgos singulares del individuo, para dar lugar a una especie de rostro originario. Por ejemplo, Nicholas Ray, al momento de morir en Nick’s movie, la película de W. Wenders, cuando se ve en un espejo cree reconocer el rostro de su madre. En cercanías de la muerte, o en medio de la derrota, el hombre encuentra en sus rasgos una filiación simbólica que lo remite a su nacimiento y al primer rostro. Evgenia Guinzbourg (El vértigo) dejó un testimonio conmovedor de sus años de deportación en los campos soviéticos. Confrontada a la humillación, al hambre, al agotamiento, evoca un momento en que, con sus compañeras de infortunio, se encuentra ante el tesoro inaudito de un gran espejo en un vestidor: “El espejo azulado devuelve cientos de ojos llenos de amargura, de angustia, en busca de su imagen. No es sino por el parecido con mi madre que me encuentro en medio de las demás. Pavotchka, mira tú, sólo me reconocí al recordar el rostro de mi madre, me parezco más a ella que a mí misma”. Parecerse es aquí una esperanza, comprueba que el desmantelamiento del ser no ha afectado lo esencial. Es el recuerdo de la dignidad y del amor, aunque la identidad ya no sea más que un soplo. Y puede ser una promesa de renacimiento cuando se trata de ancianos o enfermos graves que llaman a su madre, la sueñan o la ven de pronto ante ellos. Es el final de un camino circular en el cual la madre que recibió al niño es ahora aquella cuyo rostro vela su entrada pacífica en la muerte.


* Miembro del Instituto Universitario de Francia. Texto extractado de Rostros, cuya traducción al español se presenta en estos días (ed. Letra Viva).


LOS RELATOS DEL MIEDO Y LA CRISPACIÓN


Por Ricardo Forster*

1 No deja de ser llamativo el modo como se sobreexpone lo que recurrentemente desde ciertos grupos comunicacionales se denomina la “crispación”. Se lo hace focalizándola con exclusividad en lo que dice o deja de decir el Gobierno. Es el oficialismo, según esta visión parcial e interesada, el portador del virus de la violencia verbal e icónica que hoy se despliega por el país acechando la vida del conjunto de la sociedad. La radicalidad del mal está entre nosotros y su lugar de enunciación no es otro que el maléfico kirchnerismo. Toda relación con él supone, a los ojos de ciertos medios de comunicación y de ciertos políticos opositores muy propensos al uso de metáforas escatológicas y a adjetivar estomacalmente con palabras escabrosas y siempre denigratorias, quedar irremediablemente contaminado por el veneno que emana de quienes han llegado para instalar entre nosotros una suerte de dictadura (no deja de ser llamativo el uso espurio y prostibulario que se le da a una experiencia tan brutal y criminal para la memoria colectiva como lo ha sido la dictadura genocida para calificar a un gobierno democrático).


Cualquiera que ose utilizar argumentos en sintonía favorable con mucho de lo realizado en estos años cae inmediatamente bajo la sospecha de “la caja” (¿cuánto le pagan para escribir o decir lo que no debe ser escrito ni dicho sin caer en la peor de las corrupciones espirituales?), de ser un cómplice del autoritarismo y de estar al servicio de los intereses más oscuros y ruines. Lo llamativo, tal vez lo insólito, es que aquellos que esgrimen estos argumentos sofisticados siempre aclaran que la crispación y la violencia verbal provienen de los “rabiosos” kirchneristas o de sus intelectuales “a sueldo”. Basura retórica que siempre elude discutir lo que deberíamos discutir con libertad y altura argumentativa: ¿qué país desean? ¿Qué modelo de sociedad y de Estado defienden? ¿Qué piensan de la distribución más equitativa de la riqueza y de la apropiación de rentas extraordinarias? ¿Qué políticas económicas están dispuestos a implementar para “salvar a la República” del populismo? ¿Qué política de derechos humanos piensan sostener y qué piensan de los juicios contra los militares genocidas? ¿Qué piensan de jueces procesistas que impiden la aplicación de la ley de medios manteniendo, de ese modo, la heredada de la dictadura? ¿Cómo lograrán, si asumen una posición progresista, tocar los intereses de las corporaciones económicas sin “crispar” al establishment y sin poder recorrer, como lo hacen ahora a destajo, los programas de televisión que suelen representar esos intereses? Silencio. Después, claro, agresiones verbales de todo tipo que, eso sí, son virtuosas y virginales de acuerdo al parámetro de los grandes medios de comunicación. Lilita Carrió, Pino Solanas y Gerardo Morales, para citar apenas a estos tres referentes que circulan masivamente por el éter mediático, son maestros en el uso de metáforas catastrofistas y lapidadoras de cualquier acción oficialista sin que a sus interlocutores, siempre preocupados por la “crispación gubernamental”, se les ocurra señalar la sobredosis de violencia y de desprecio que emanan de tan ilustres retóricos del republicanismo argentino.


Todas las baterías se descargan para convencer a la opinión pública de que estamos delante de quienes buscan reducir la democracia a una suerte de monarquía patagónica al mismo tiempo que vacían las instituciones y hacen proliferar una lógica cada vez más autoritaria y corrupta. Vivimos, según estos cronistas del Apocalipsis, en la antesala del infierno signado por la influencia del chavismo, para los que se colocan en la derecha, o de la impostura neomenemista para los que se ponen supuestamente a la izquierda, y Argentina sería una suerte de caldera que acumula vapores y que está pronta para estallar. Su deseo manifiesto se inscribe en esta visión del fin del mundo que se asocia con “una rebelión cívica” que nos libere de la maldad congénita del matrimonio presidencial.


No importa comprobar que la mayoría abrumadora de los medios de comunicación está en manos de empresas que buscan horadar y deslegitimar al Gobierno; tampoco importa que el Congreso de la Nación funcione con una mayoría opositora que no tiene inconvenientes en transgredir el texto de la Constitución de acuerdo con sus necesidades y que desde el Poder Judicial se ejerza, como pocas veces se recuerda en la historia contemporánea, una acción independiente y, en muchos casos, claramente opuesta a las decisiones del Poder Ejecutivo; menos importa todavía que hayan sido primero el gobierno de Néstor Kirchner y ahora el de Cristina Fernández los que desterraron de plazas y calles del país la inclinación siempre represiva del establishment de turno y de las fuerzas policiales impidiendo, desde hace años, que cualquier protesta social sea reprimida. Todo eso no es suficiente a la hora de construir un relato inverosímil que habla de una Argentina atravesada por “el miedo”, “la censura” y la “crispación oficialista”. Bastan unos afiches sin firma con los rostros de algunos periodistas para hablar de persecución y de impunidad.


2 La palabra se repite y se repite desde las pantallas, desde las radios y desde la gráfica: “miedo”. Lo dice una senadora formoseña que en sus piruetas acaba de presentar una propuesta de modificación de la ley de servicios audiovisuales que nos retrotrae al espíritu de aquella que fue derogada y que huele a defensa de los monopolios y a neoliberalismo (pero a ningún periodista de esos que fijan opinión se le ocurre hablar de borocotización de la senadora que, viniendo del Frente para la Victoria, salta sin prejuicios hacia la oposición). Lo dice la anfitriona televisiva bien apoltronada en su eterna mesa de almuerzos pluralistas desde siempre imbuidos y atravesados por el “fervor democrático” (record de quien ha podido seguir almorzando con entera libertad bajo todos los gobiernos, dictatoriales y democráticos). Lo repiten algunos periodistas que parecen disfrutar de ese extraño lugar de víctimas en el que han sido colocados por unos afiches sin firma y por una lógica del escrache que no resiste el menor análisis y que constituye una herramienta nada democrática y utilizable para lo peor. Lo dicen y lo vuelven a repetir con ánimo de ofrecer una imagen de país atemorizado y gobernado por violentos y corruptos dispuestos a desnutrir democracia e instituciones con tal de “perpetuarse en el poder”.


Cada semana una descarga de artillería pesada cae sobre los argentinos abriendo cráteres que buscan producir un efecto de crisis e ingobernabilidad o mostrando una escena cotidiana en la que la violencia discursiva del oficialismo amenaza con volverse violencia física. “Crispación”, “autoritarismo”, “dictadura”, “impunidad institucional”, “violencia”, “fascismo”, “manipulación y censura”, “corrupción escandalosa” son las palabras más pronunciadas por la oposición política y mediática; su traducción a sentido común es obvia y brutal: vivimos en una democracia simulada que esconde un proceso autoritario y cuasi dictatorial en el que vida y bienes están amenazados por la impunidad de los Kirchner. Sacar las conclusiones también es de sentido común: defender la democracia contra sus sepultureros, ese parece ser el grito de guerra de los retóricos del miedo.


Lo dice con total impunidad e impudicia la revista Noticias que no tiene ningún inconveniente en caricaturizar a Néstor Kirchner con la figura de Adolf Hitler y de hablar de “fachosprogresistas” como un modo de inhabilitar a quienes no piensan como ellos. Lo dicen apelando al amarillismo más vergonzoso y a la ignorancia de quienes ni siquiera se toman la molestia de reflexionar lo que están escribiendo o de preocuparse por averiguar lo que supuestamente denuncian. Para ellos, citar a Carl Schmitt, jurista de derecha, católico y compañero de ruta del nacionalsocialismo en los años ’30, supone ser neonazi o algo por el estilo (ilustres escritores, ensayistas, políticos y filósofos del siglo XX quedarían inmediatamente bajo esa sospecha: entre nosotros podría citar a Pancho Aricó, fundador del grupo Pasado y Presente y uno de los más refinados intelectuales de la izquierda, que editó y prologó un libro del jurista alemán; o a Jorge Dotti, profesor de filosofía moderna, autor de un voluminoso y erudito libro sobre la recepción de Carl Schmitt en Argentina y él mismo un confeso admirador del jurista sin por eso abandonar sus perspectivas democráticas; lo han citado liberales, conservadores y marxistas, de la misma manera que Jacques Derrida le dedicó un libro, Políticas de la amistad, para analizar sus ideas, o, más lejos en el tiempo, el filósofo judeo-alemán Walter Benjamin elogió sus escritos tempranos como un material sin el cual él no hubiera podido avanzar en sus reflexiones sobre la modernidad, la violencia y la soberanía y, muy cerca nuestro, el filósofo italiano Giorgio Agamben no ha dejado de citarlo para intentar pensar el “estado de excepción” y la problemática del poder).


Para la revista Noticias, Chantal Mouffé, quien retoma algunos rasgos de la concepción schmittiana de la pareja “amigo-enemigo”, cae dentro de la clasificación de “fachoprogresista” y, por derivación directa, también lo hace Cristina Fernández que ha tenido la osadía de citar En torno a lo político, libro maldito en el que la autora, compañera de Ernesto Laclau, se detiene en el pensamiento schmittiano como una estrategia argumentativa que busca pensar críticamente la dimensión contemporánea de lo político destacando los límites de los discursos consensualistas y neutralizadores de matriz liberal y socialdemocrática, discursos que han sido funcionales, según Mouffé, al capitalismo neoliberal. ¿Qué decir de la operación de Noticias? ¿Acaso aquellos que se rasgan las vestiduras para defender a los “periodistas independientes” dicen algo de esta impudicia que vacía de todo contenido al propio nazismo? ¿No hay violencia y crispación en esa lógica de la calumnia que acusa de cómplices del peor y más cruel régimen de opresión del siglo XX a quienes tuvieron el atrevimiento de pensar de otro modo la problemática del conflicto en el interior de las sociedades democráticas? Más allá de la provocación, lo que muestran algunos periodistas es el crudo analfabetismo con el que suelen construir sus “investigaciones”. Para ellos leer es un trabajo descomunal. Más sencillo es repetir una y otra vez que estamos viviendo bajo un régimen antidemocrático que avanza hacia el fascismo. Así de simple y salvaje, así de pacífica, consensualista y virtuosa es la retórica de quienes anuncian a los cuatro vientos que la violencia y el miedo se han instalado en la Argentina de la mano de la voluntad autoritaria y omnipotente de los Kirchner. Cada quien sabrá sacar sus conclusiones y sabrá comprender qué se guarda bajo la retórica del miedo y bajo la impunidad argumentativa. Mientras tanto, cuidado con banalizar el sufrimiento de las víctimas reales de la historia; el límite de lo que no debe ni puede trivializarse termina cuando se enseñorea la impudicia, esa que intenta instalar nuevamente el miedo entre nosotros.


* Doctor en Filosofía, profesor de la UBA y la UNC.




MÉXICO CONTRA LA LEY ANTIINMIGRANTE DE ARIZONA


En medio de las protestas de la comunidad hispana, la ley que se aprobó la semana pasada en Estados Unidos logró lo que pocos en los últimos años: unificar a la dividida opinión pública y política en México.


Por Gerardo Albarrán de Alba

Desde México, D. F.

Cuando el pasado fin de semana la prensa local le preguntó a la gobernadora Jan Brewer qué criterios utilizará la policía de Arizona para decidir quién es un sospechoso de ser un extranjero indocumentado, ella no supo qué contestar y eludió el tema. Pero no hace falta especular demasiado para conocer la respuesta: el componente racial será determinante para que cualquier persona no caucásica se convierta inmediatamente en un ilegal en potencia. Lo que se viene es el apartheid.


En medio de las protestas de la comunidad mexicana en Arizona (ver recuadro), la ley antiinmigrante SB 1070 que criminaliza la inmigración ilegal, aprobada el viernes pasado por la gobernadora Brewer, logró lo que pocos en los últimos años: unificar a la dividida opinión pública y política en México para condenar el potencial de violaciones de derechos humanos implícito en esa legislación local estadounidense.


La ley antiinmigrante “es persecutoria y racista, de espíritu francamente fascista”, aseguró el dirigente histórico de la izquierda mexicana Cuauhtémoc Cárdenas, quien resumió en esa frase la postura de todos los partidos políticos y de los principales actores nacionales, sin importar su signo. Incluso el propio presidente de Estados Unidos, Barack Obama, calificó a la ley antiinmigrante como “irresponsable” e instruyó a sus asesores para que monitoreen y examinen los efectos en materia de derechos civiles de esa legislación.


Al margen de que esta ley tiene pocas probabilidades de sobrevivir, considerando que en Estados Unidos el tema migratorio es materia exclusiva del ámbito federal, el temor de la comunidad latinoamericana residente en aquel país es que al convertir a cualquier policía en un agente de migración se multipliquen las violaciones a los derechos humanos de este sector de la población.


La alarma no es gratuita, particularmente en Arizona, donde en más de un condado la policía se ha excedido en tratos discriminatorios y violentos contra personas latinas. Los abusos ahora estarían amparados en la ley.


En México, el presidente Felipe Calderón dijo que su administración actuará en contra de lo que llamó la “absurda” e “inhumana” ley antiinmigrante en Arizona para defender los derechos de los mexicanos en Estados Unidos, y anunció la creación de una red de abogados en el país vecino del norte “para defender con la ley en la mano, con la propia Constitución estadounidense, los derechos de los migrantes”.


Según Calderón, “toda regulación que se asiente en criminalizar el fenómeno migratorio abre la puerta a abusos, la intolerancia y el odio. Vamos a actuar contra una ley absurda que abre la puerta a una inaceptable discriminación racial”, dijo durante un encuentro por el migrante organizado en el XI Consejo Consultivo del Instituto de los Mexicanos en el Exterior, organismo de la Cancillería mexicana que básicamente funciona solamente en Estados Unidos.


Sin embargo, para Cuauhtémoc Cárdenas y buena parte de la oposición en México, no basta con una actitud reactiva del gobierno mexicano para defender los derechos humanos de los migrantes mexicanos en Estados Unidos, y llamó a Calderón a que haga una propuesta de Estado que permita resolver de fondo los problemas de la migración irregular de México hacia Estados Unidos.


“Es el momento de proponer un adendum al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Tlcan), que considere la creación de fondos de compensación para reducir las asimetrías económicas” entre México, Estados Unidos y Canadá, así como un compromiso para fijar condiciones laborales en los tres países “que garantice el respeto y ejercicio de los derechos de los trabajadores donde quiera que realicen su actividad, y que prevea los plazos en los cuales, así como ya sucede con las mercancías, se dé también la libre circulación de personas”.


Para muchos, la ley antiinmigrante en Arizona abre una caja de Pandora que vuelve a poner en el centro de la discusión política estadounidense el tema de la migración. La administración del presidente George W. Bush fracasó en su intento de una reforma integral, mientras que el gobierno de Obama ha relegado el tema –que fue uno de los pilares de su campaña para llegar a la Casa Blanca–, sometido a las presiones de la crisis económica que heredó.


De hecho, la ley SB 1070 no pretende controlar la inmigración ilegal en Arizona, sino posicionar electoralmente a la gobernadora Brewer y al senador John McCain: ambos enfrentan problemas para reelegirse en sus cargos y buscan un chivo expiatorio. Y la inmigración indocumentada es la víctima ideal, coinciden varios analistas.


Brewer y McCain apoyaron una legislación ilegal que pone en peligro los derechos humanos de toda la población latina en Arizona, pero parecen haber olvidado el creciente peso electoral de esta comunidad. Así, aun cuando ganen simpatías inmediatas entre los anglosajones, estarían cometiendo un suicidio político en el mediano plazo.

"LOS MEXICANOS LLEVAN LA SOLIDARIDAD EN SU ADN"


¿Por qué México recibió a los exiliados argentinos? ¿Qué contradicciones internas generó esa solidaridad con su propia guerra sucia? ¿De dónde viene la tradición de asilo político? ¿Por qué México fue siempre tierra de confabulación? ¿Cómo vivió, qué produjo y qué debatió el exilio argentino en México? El historiador Pablo Yankelevich acaba de editar el libro Ráfagas de un exilio. Aquí cuenta algunos resultados de su investigación.


Por Martín Granovsky

Doctor en Estudios Latinoamericanos de la Universidad de México, el historiador argentino Pablo Yankelevich acaba de escribir un libro del que podría haber sido protagonista: Ráfagas de un exilio. Argentinos en México, 1974-1983, coeditado por Fondo de Cultura Económica y El Colegio de México. Yankelevich dejó forzadamente la Argentina y vive en México. Pero su libro no es una autobiografía sino una minuciosa investigación.


–¿Por qué tantos exiliados eligieron México?


–Hay una cuestión interesante. Los más grandes en edad tenían referencias de la solidaridad mexicana durante el cardenismo para con los republicanos españoles. Para ellos México como destino ya flotaba en el aire.


–Pero Lázaro Cárdenas fue presidente entre 1934 y 1949 y la Guerra Civil había terminado en 1939. ¿No había referencias más recientes?


–Sí. Ya muerto Juan Perón, en julio del ’74, el presidente Luis Echeverría visitó la Argentina en septiembre. Viajó con un enorme contingente de intelectuales mexicanos. Y su discurso fue muy en línea con el discurso tercermundista, de No Alineados. No olvidemos que ese mismo año México rompió relaciones con Chile por el golpe de Augusto Pinochet de 1973. Los primeros exiliados se fueron a México en septiembre del ’74. Sobre todo Rodolfo Puiggrós, que se empleó en el diario El Día como encargado de la sección internacional. Ya había trabajado ahí en los años ’60, durante otro exilio.


–Y en el ’74 volvía luego de ser echado como rector de la Universidad de Buenos Aires.


–Sí. Una vez que se instaló en México, las noticias que el propio Puiggrós transmitía por la prensa daban la idea de un país con enorme apertura y solidaridad, con un clima de libertades para con los extranjeros.


–Pero México estaba en plena guerra sucia. En su guerra sucia.


–Esa es una de las enormes paradojas del sistema político mexicano, que conoció sus momentos más autoritarios en los años ’60. Fue creciendo la insurgencia urbana y rural, descabezada a mediados de los ’70 a través de una guerra que nada tiene que envidiarle a la nuestra, sólo que con menores proporciones. El grueso de los argentinos llegó en 1976, justo el año en que Echeverría terminaba su mandato. Son varios rostros. Si uno le dice a un chileno que Echeverría es un genocida, el chileno pensará que está hablando con un loco. El gesto de Echeverría para con los perseguidos y las víctimas de Pinochet fue impresionante. Hasta montó un puente aéreo por donde llegaron a transitar más de mil exiliados. Y además dio instrucciones precisas para salvar vidas. Pero México también fue muy generoso con los argentinos, y eso que era una situación más complicada de entender.


–¿Por qué?


–Si para los argentinos era difícil comprender que un gobierno peronista matase peronistas, eso era directamente ininteligible en México. En el mundo los chilenos, luego del derrocamiento de Salvador Allende, un socialista, recibieron la inmediata solidaridad de la Internacional Socialista. La pertenencia estaba clara.


–¿Y México no necesitaba esa identidad previa?


–Hay una tradición de asilo muy internalizada en el servicio exterior mexicano. Un ejemplo para agregar una paradoja, o para entender cuán internalizada estaba esa tradición: en octubre de 1968, dos semanas después de la masacre de Tlatelolco en México, el servicio exterior dio asilo político a dirigentes estudiantiles brasileños perseguidos por el AI5. Gobernaba Gustavo Díaz Ordaz. Una vez le pregunté por su historia a un brasileño que se asiló alrededor del 20 de octubre de 1968. “Ustedes estaban locos, ¿cómo se les ocurrió?”, le dije. Y me contestó: “Sabíamos perfectamente bien lo que estaba pasando, pero la verdad es que la historia fue más larga. En Brasil lo primero que hice fue ir a la embajada de Chile. Eramos varios. El embajador nos dijo: ‘Si no se van inmediatamente llamo a la policía’. En la embajada argentina dijeron lo mismo. Entonces llegamos a la de México. El embajador nos recibió y contestó esto: ‘Sí, cómo no, pero nunca digan que son estudiantes’”. Bueno, Echeverría caminó sobre esa inercia. En el caso de Chile desplegó algo que intentó ser parecido a la experiencia de Cárdenas con España.


–¿Qué hizo?


–Además de romper relaciones, dio facilidades extraordinarias en términos normativos al exilio (no tenían que exhibir títulos académicos para el ejercicio de profesiones porque habían salido escapados). Tengamos en cuenta que el chileno era un gobierno entero saliendo al exilio, y muchos de sus seguidores. La clase política argentina se queda en la Argentina, salvo algún peronista como el dirigente sindical Casildo Herreras. En Chile salieron el Ejecutivo, la familia del presidente, senadores, diputados... Parecía una reedición del exilio republicano. La Casa de España fundada entonces terminó siendo un organismo académico prestigioso, El Colegio de México. Echeverría les creó la Casa de Chile. Además, México era visto como un país de política exterior progresista proclive a las izquierdas. Claro que hay versiones que sostienen que no era más que una mascarada, un velo, para esconder el autoritarismo interno. Pero la cosa es tan compleja que el mismo echeverrismo recupera parte de la generación del ‘68 para trabajar en sus equipos propios. México fue en un momento de su historia profundamente represor hacia la izquierda, y sobre todo la izquierda armada, pero la historia revela que por México pasaron desde el Che Guevara y Fidel hasta la guerrilla centroamericana.


–En el libro aparecen referencias de que el Estado mexicano siempre conoció los movimientos de los exiliados.


–Sí. Siempre. Incluso una parte de la llamada contraofensiva montonera salió de México. Los servicios de inteligencia sabían perfectamente bien que Mario Firmenich y otros personajotes estaban tramando ese plan. El Ministerio del Interior también lo sabía.


–¿Y cómo lo puede saber un historiador?


–Mirando los archivos de la Dirección Federal de Seguridad, que vendría a ser algo así como una policía política. Por eso en el libro puedo contar seguimientos precisos. Puiggrós tenía un informante diario que era su secretario particular. Y lo quería mucho. Hay constancia detallada de reuniones entre autoridades del Ministerio del Interior y Firmenich.


–¿La libertad en relación con el país de origen era la misma para hacer política en México?


–Ni modo. Eso es central. El chiste es que los extranjeros tienen y tenían prohibido inmiscuirse en asuntos políticos de México. Y menos operar militarmente. Hubo un grupo del ERP que lo intentó. Duró segundos. Se les ocurrió secuestrar a una señorita de familia prominente. A las horas, nomás, fueron descabezados. Y fue encarcelado el mismo Roberto Guevara, hermano del Che. El caso centroamericano es aún más evidente, por la cercanía o por fronteras. Desde los años ’20 México fue territorio de confabulaciones.


–Toleradas.


–Toleradas, sí. Llegaban muchos refugiados y muchos asilados. Pero llegaban para tratar de volver lo antes posible. Se tejieron muchas confabulaciones. La mayoría fracasó. Una de las que triunfaron fue la revolución cubana. Fidel no hubiera salido de México sin el aval del gobierno mexicano. Del ’26 al ’28 México fue la retaguardia de Sandino y luego, en los ’70, fue la retaguardia de los sandinistas.


–Volviendo al exilio argentino, el libro habla del ejercicio académico, del teatro, del periodismo. Pareciera que el exilio era obviamente argentino, y el libro documenta las discusiones sobre la Argentina y las acciones de solidaridad, pero el trabajo era con mexicanos.


–Es que la vinculación cotidiana con México se da en los ejercicios profesionales. Los espacios eran obviamente mexicanos. Y los vínculos son con mexicanos. Otro lugar de anclaje son los hijos. Los mexicanos argentinos que nacieron en México o que llegaron muy chicos. Las redes de los hijos anclaron pertenencias. Lo interesante es el encuentro. Hay una manera de entender el mundo y de comportarse en ese mundo que causó muchísimo conflicto en la vida cotidiana. Pero hubo muchísima paciencia por parte de los mexicanos, y los argentinos de a poco fueron comprendiendo que también existía otra forma de vivir la vida. Los que rompieron el ghetto ataron solidaridades muy fuertes. La vida de ghetto es mítica. Ahí hago referencias al mito de la Villa Olímpica. Había muchos argentinos, sí, pero no más de 50 o 60 familias en un exilio de centenares. Allí vivían mayoritariamente mexicanos. La vida política de ese exilio tenía que transcurrir en sociabilidades argentinas, y probablemente también las opciones afectivas. El mundo laboral fue donde se descubrió la solidaridad, que los mexicanos llevan en el ADN. Octavio Paz dice que “más que el brillo de la victoria, nos conmueve la entereza ante la adversidad”. Los mexicanos descubrieron esta sobrevivencia frente a la adversidad de la dictadura y desplegaron solidaridades inauditas: en trabajos, casas, escuelas, dando alimentos, cuidando niños, falsificando papeles para que los niños que no los tenían porque sus padres estaban desaparecidos aparecieran como mexicanos... Digo que está en el ADN porque recibieron solidaridad los argentinos, los chilenos, los españoles, los salvadoreños. El propio pueblo mexicano está construido desde la adversidad y la solidaridad. Hablo del vecino que cuidaba a los chicos, no sólo del gobierno.


–¿A pesar de los argentinos?


–Los mexicanos suelen decir que los argentinos son muy buenos tipos siempre y cuando vengan de a uno, porque en el montón suelen ser insoportables. Pero, en serio, en la cotidianidad de la vida de las personas ese estereotipo convivió con otras formas de solidaridad. Y los argentinos hicimos nuestro autoaprendizaje, que se fue dando a lo largo de los años. Es una diferencia étnica, para empezar. Por supuesto, lo peor del racismo argentino afloró en sus momentos más o menos estelares. El aprendizaje fue lento, pero quienes lo consiguieron descubrieron que hay maneras distintas y más agradables de vivir la vida.


–¿Qué aprendieron de los mexicanos?


–Los argentinos no sabemos manejar la incertidumbre, y México es un país de incertidumbres. Dicen: “¡Pos quién sabe, manito!”. Esa es una forma de vivir la vida sin demasiadas certezas o sin las cosas que los argentinos creen que son certezas. En México todo puede salir muy bien, o no, trabajando a cualquier hora o siendo muy impuntual. La gente que aprendió los dos lenguajes la pasó razonablemente bien. Si no, no se entendería la nostalgia de la pérdida de México al regreso.


–Es una nostalgia que llama la atención, por la profundidad y por el cariño que trasunta.


–La gente no se fue de turismo al exilio. El exilio de por sí es una fractura profundísima: te vas porque estás en riesgo de perder tu vida o tu libertad, o la perdieron ya familiares tuyos, y te echaron de una u otra manera. Llegás y no tenés ninguna referencia de tu vida cotidiana. Por supuesto querés regresar a la primera de cambio. Entonces, ¿por qué la nostalgia? Quizá por el descubrimiento de una cultura distinta que a la vez es propia. Eramos muy latinoamericanos, pero todos carapálidas. Están las oportunidades laborales, la solidaridad inconmensurable y está la posibilidad de hacer tuya una cultura que termina cultivando chiles en Buenos Aires o preparando y comiendo moles. Están los que nacieron así y viven un segundo exilio cuando los padres los llevan de regreso a su tierra, gente que tiene la edad de sus padres cuando se fueron para el exilio: entre 20 y 30 años. Esos son los verdaderos argenmex. Van y vienen. Son los que más vínculos mantuvieron. Su primera sociabilidad fue mexicana.


–En el libro aparece muy destacado Gregorio Selser. Fue un gran periodista y hoy casi nadie lo recuerda en la Argentina.


–En México también fue profesor universitario. Se suicidó en 1991. Yo coordinaba una colección de libros sobre problemas claves de América latina. Le habíamos pedido a Don Gregorio que preparase un libro sobre el narcotráfico en América latina. Es lo último en que estaba trabajando. La última vez que lo vi fue en su casa. Me dijo que estaba muy enfermo, y que no creía que pudiera cumplir.


–¿Y cómo fue la relación con Puiggrós?


–No tuve ninguna relación personal. Tomé algunas clases con él en la Facultad de Ciencias Políticas. Puiggrós fue un viejo extremadamente generoso. Un auténtico patriarca. Un hombre de firmísimas convicciones políticas, equivocadas o no, pero que murió en la trinchera. No desertó. México en aquellos años fue lugar de exilio de uruguayos, chilenos, bolivianos, haitianos, centroamericanos, venezolanos, etcétera. La universidad nacional aprovechó ese capital humano y apostó a crear o potenciar centros de estudios latinoamericanos. Buena parte de ese exilio fue a parar al Centro de Estudios Latinoamericanos en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Puiggrós tiene un libro bastante bueno, una América latina en la crisis de 1930. También estuvieron allí Sergio Bagú, Selser, Theotonio dos Santos, Ruy Mauro Marini. Toda la teoría de la dependencia. Los argentinos se latinoamericanizan conociendo a otros exilios. México fue un lugar de encuentro de una intelectualidad exiliada, de izquierda o de izquierda radical. Algunos de estos sectores comienzan la reflexión en torno de la democracia y de la apuesta a procesos de redemocratización. México ayudó en mucho a pensar este tipo de cosas. Se discutió mucho la experiencia chilena. También la autocrítica sobre la experiencia armada. Leer hoy la revista Lucha armada en la Argentina es una continuidad. Sergio Bufano comenzó con esto en 1978, antes de la contraofensiva montonera. Lo mismo sobre la cuestión de la universalidad de los derechos humanos. Cuando el “Toto” Héctor Schmucler escribe o pregunta si los familiares de los militares no tienen derechos humanos, hay que imaginarse hoy la que se armó...


–La investigación revela que además Schmucler fue uno de los primeros en introducir el peso de la derrota política en las reflexiones y la práctica.


–Es que mientras teníamos la consigna “Con vida los llevaron, con vida los queremos”, políticamente no podías decir que estaban muertos. Cuando empiezan a aparecer los sobrevivientes de la ESMA se da una enorme discusión. Hay muchas polémicas interesantes. El grupo que de alguna manera fue heredero de la revista Pasado y Presente, que se encuentra en México con un peronismo de izquierda, es un núcleo de reflexión de temas que siguen estando vigentes. Y la revista Controversia también. No es lo mismo discutir hoy el “No matarás” que formular o prefigurar esto en medio de la dictadura, cuando no había llegado 1979 con el paso por la Argentina de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Pero hay temas que todavía se conservan en la jerga, de la agenda pública. Y en México los intelectuales participaron de la reflexión internacional sobre los modos de repensar el marxismo, lo que algunos retoman luego, ya en democracia, en la revista La Ciudad Futura o en el Club de Cultura Socialista, con implicaciones o cercanías o no con el alfonsinato. Fue muy rico. Aparecían no sólo los temas de la denuncia. También la reflexión, por ejemplo sobre el eurocomunismo, el propio exilio, sobre los de adentro y los de afuera, sobre los derechos humanos, sobre pensar o no pensar en un Nüremberg o en otra forma de juzgar a los militares. Fue muy fuerte cuando el Toto escribió desde la derrota y pidió asumir un proyecto de izquierda violentamente derrotado y ver qué hacer. Fueron muy interesantes las reflexiones de Juan Carlos Portantiero sobre la democracia y las de José “Pancho” Aricó con la revisión del marxismo desde horizontes gramscianos, pero sobre todo de un marxismo latinoamericano. La plataforma común empezaba a ser: “Perdimos, vamos a ver qué hacemos de ahora en adelante”.


–Situándonos en el 2010, ¿qué tono tiene el Bicentenario en México?


–Hay programada una enorme cantidad de eventos y monumentos. Es el Bicentenario de la revolución americana y el centenario de la Revolución Mexicana. Aquí hay otra paradoja. El partido de gobierno, el PAN, se constituye en el ‘39 en contra de la Revolución, que es tan poderosa en la mitología que no pudo ser reemplazada. De modo que el próximo 18 de abril el presidente Felipe Calderón, del PAN, conmemorará un nuevo aniversario de la muerte de Emiliano Zapata. En la mitología es tan poderosa que no ha podido ser reemplazada. La transición a la democracia amplió el panteón de héroes pero no bajó a ninguno. Cuando algunas revoluciones cayeron, cayó también parte de sus ídolos. Eso no ocurrió con la Revolución Mexicana, que sigue siendo constitutiva de la identidad, a punto que Zapata y Pancho Villa siguen cabalgando aun en un gobierno que no viene de ellos. Sí se está viendo cierta apertura a nuevos temas y nuevas reflexiones, y a revisitar procesos con otros ojos. La pluralidad que vive México, la enorme libertad de expresión, absoluta, abrió temas nuevos o temas viejos de otra manera, sin “censura historiográfica”. Hay mesas redondas sobre viejos caudillos pero aparecen temas nuevos, como la “guerra cristera”, la que libran entre 1926 y 1929 el Estado mexicano y un sector muy importante que se levanta al grito de “¡Viva Cristo rey!”.


–¿La que sirve de ambiente a Graham Greene en la novela El poder y la gloria?


–Sí, la misma. Hay una enorme pluralidad de discusión. Se habla hoy de racismo, discriminación, xenofobia, homofobia y ambigüedades en la política mexicana. La Historia se está haciendo más plural y mucho más tolerante.


–¿También más latinoamericana?


–Yo estudié América latina en México. Después los procesos de democratización en América latina marcaron el retorno de muchos profesores a sus países, o el fallecimiento de muchos otros por edad. Eso lamentablemente se cortó. En la sociedad argentina, brasileña o uruguaya hay más latinaomericanólogos académicos de los que hay actualmente en México. Los ‘90 marcan un corte brutal y una mirada más fuerte hacia Estados Unidos. América latina desapareció entre los expertos internacionalistas. Hablamos de historia contemporánea, que era la meca en los ‘70 y los ‘80. Los chilenos Luis Maira, que acaba de ser embajador en la Argentina, o Miguel Insulza, el secretario general de la OEA, daban clases de Chile. Después, la correa de transmisión no fue lo suficientemente poderosa para gestar una generación nueva de discípulos. Quizá porque los períodos fueron cortos. Los exilios argentino o uruguayo duraron ocho o nueve años. Es poco en términos académicos. México perdió el territorio del conocimiento. Y los países latinoamericanos redemocratizados ganaron, porque los colegas y profesores aplicaron su experiencia a los países de retorno. México, creo, se quedó atrás. Es una visión muy personal, pero es difícil encontrar en México un buen experto sobre, por ejemplo, Mercosur. O sobre Brasil. O sobre Honduras.

jueves, 29 de abril de 2010

"MI ROCK SE REFLEJA EN LOS REDONDOS Y LAMENTABLEMENTE LO SIENTO ASI"


“Pará un segundo que me estoy sirviendo un café y charlamos tranquilos”, dice Skay a La Capital desde el cómodo living de su casa. Tomarse un tiempo para todo es una constante en cada paso que da el ex guitarrista ricotero, que se presentará junto a Los Seguidores de la Diosa Kali en dos funciones, hoy y mañana, a las 22, en Willie Dixon (Suipacha y Güemes). Un reloj de arena viste el frente de su cuarto disco solista “¿Dónde vas?” en una muestra inequívoca de que el paso del tiempo es inflexible para todos. “En realidad sólo estamos de paso por aquí”, afirma Eduardo Skay Beilinson.


¿Hacia dónde apunta la pregunta del título de tu nuevo disco?

De movida “¿Dónde vas?” tiene un par de propuestas. Por un lado es una invitación a un recorrido por diferentes territorios, cada tema es un territorio, es un lugar físico-mental-espiritual. Y por otro lado la pregunta apunta a qué estás haciendo con tu tiempo, qué estás haciendo con tu vida. El reloj de arena en la tapa como símbolo del tiempo es para hacernos recordar que estamos de paso por aquí.


En “Territorio caníbal” hacés hincapié especialmente sobre esta idea.

Tenemos una cultura que nos enfoca todo el tiempo una mirada materialista, parecería que en esa mirada solamente somos cuerpos, olvidando que quizás somos partículas del universo, somos pensamiento, emociones. Y esta cultura nos remite a mirar todo desde esa materialidad que es el cuerpo en el marco de una sociedad de consumo.


En este contexto, tu propuesta es cada vez más rockera y genuina. ¿Es una forma de afirmar de dónde venís y adónde vas?

Sí, me siento más cómodo y más seguro cantando y la banda está impecable. Creo que el tiempo a las bandas les hace muy bien, se va consolidando un sonido y hay cada vez más entendimiento.

¿Sentís que es un disco muy ricotero?

Yo no hago ese análisis, creo que de alguna manera tengo una forma de sentir la música, de expresarla y de llevarla adelante, que seguramente está reflejada en la idea Redondos y lamentablemente es parte de mi manera de sentir.


¿Por qué dijiste “lamentablemente”?

Porque uno a veces queda sujeto a su propio estilo, a su propio pulso, qué se yo, por más que yo quiera tocar como Pink Floyd no me va a salir, me va a salir como Skay.


¿Hay veces en que te gustaría despegarte de ese estilo, de ese sonido que te marca? Qué se yo, hay géneros que yo no puedo tocar, y sin embargo lo disfruto muchísimo, el jazz y el tango, por ejemplo, son cosas que me encanta escuchar pero no las puedo tocar porque no tengo ese feeling, ese pulso.


¿La música que mejor sabés tocar está asociada a tu momento más placentero?

Es que yo hago el rock que me gusta. Cuando empiezo a componer no tengo muy en claro hacia dónde ir. La música me va llevando a lugares donde encuentro un lenguaje y un significado propio, y ahí sí encuentro un lugar de placer.


¿A qué atribuís los años sabáticos o separaciones de los grandes grupos de rock de la Argentina y los regresos de otros súper grupos?

En realidad no tengo una explicación muy clara, pero a mí lo que más me seduce es la posibilidad de encontrar esas nuevas canciones que todavía no vieron la luz. Los revivals mucho no me entusiasman, supongo que tendrán sus razones.


¿Qué es lo que más te cuesta a la hora de componer?

Lo musical me sale bastante fácil, no tengo demasiado rollos, lo que más me cuesta trabajo es el tema de las letras, que para mi es un complemento de la música. Siempre las letras obedecen a cuestiones internas, muchas veces salen de conversaciones que tenemos con Poly (su pareja y mánager), de alguna lectura.


En “La lengua popular” Andrés Calamaro convoca a “desenvainar las espadas del texto”, en alusión a la carencia de letras interesantes en el rock nacional. ¿Pensás igual?

No soy quién para juzgar esto porque escucho bastante poco. Pero uno debería mirar un proceso más largo, los que recién empiezan seguramente están experimentando y buscando su propio lenguaje, así que en ese tiempo vale equivocarse todo lo posible para ir corrigiendo sus errores. En la medida en que uno se hace más grande, que va encontrando su propio estilo, uno se hace un poco más fino, se exige un poco más y sabe cómo sacarle más el jugo a una frase o a una idea.
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EGOS FUERTES QUE SEPARAN


La pregunta es ineludible. Cada vez que un periodista establece un diálogo con Skay es inevitable preguntarle por Patricio Rey y los Redonditos de Ricota y su líder, el Indio Solari. Y esta no fue la excepción. Es que en cada show el pedido "sólo te pido que se vuelvan a juntar" no falta. Aunque Skay hace su lectura. "Cada vez menos nos gritan eso, la gente ya sabe que Los Redondos fue una gran banda y pertenecen a una época que ya fue, ya pasó, hoy en día la realidad es otra, el mundo es otro, los desafíos son otros, las respuestas que necesitamos son otras". Skay se mostró abierto a un posible diálogo con el Indio: "Todo puede volver, se puede dar un encuentro, aunque en este momento estamos distanciados".


Cuando se le preguntó si había egos fuertes que defender en el marco del citado distanciamiento, indicó: "Hay egos fuertes, pero fundamentalmente yo lo veo como que fueron casi treinta años de trabajar juntos, y creo que había cosas que cada uno necesitaba desarrollar por su propio lado".

"SONIA BRAGUETTI ESTARÍA ENAMORADA DE CRISTINA, AL BORDE DEL LESBIANISMO, QUISIERA SER SU AMIGA"


Por Julia Mengolini


Está grabando Folkloreando y Otras Yerbas y acaba de escribir Cero humanos, un libro con reflexiones y monólogos de animales, quienes, según Horacio Fontova “nos llevan mucha ventaja en este mundo”, básicamente, por no atribuirse “el sistema animal de vida”. Tal vez por este amor por los bichos, sigue al Perro Santillán (cuack) en el Movimiento Social y Cultural Tupaj Katari de Jujuy, o tal vez, porque en el fondo sigue apostando a la humanidad. El Negro es uno de esos tipos que habría que clonar para poder llevar a todos los asados, como quien lleva un vino. Con él está asegurado el buen clima, la carcajada y una buena conversación.


- ¿Cómo definirías tu humor?-

El humor es algo necesario, yo siempre digo que el humor es un fenómeno vasodilatador en contraposición de todo lo vasoconstrictor que nos brinda este delicioso sistema en que vivimos. O sea, que es como me dijo un gaucho alguna vez: “Si no te reís, te morís”. Y el tipo de humor fue cambiando a medida que fui creciendo.


- ¿Fue evolucionando?
- No, se fue haciendo cada vez más agrio y más reactivo.


- ¿Y eso tiene que ver con una visión sobre el mundo?
- No, porque el mundo fue cambiando para la mierda y encima ahora mi humor se fue mezclando con algo que me fue creciendo, que es una creciente antropofobia, estoy muy enojado con el genero humano y como verás (el Negro Fontova tiene cinco gatos dando vueltas) amo a los bichos. Me parece que los animales nos llevan una gran ventaja en todo este asunto de vivir sobre la tierra: por empezar nacen sin nombres, los perros ladran igual en Bolivia que en Alemania y no tienen la soberbia de atribuirse el sistema “animal de vida”. Y me parece que los hombres se están mandando muchas cagadas.


- ¿Hay algo en la condición humana que nos hace hacer cagadas?
- Es el sistema que nos hemos impuesto y que nos han impuesto para vivir, el sistema capitalista occidental. El otro día estaba leyendo -me encanta hurguetear en esas páginas tremendas como Cabildo- que criticaban a los Mayas y a todos esos que hacían sacrificios, después lo ligué con algo que estaba leyendo de un chabón que admiro que es (Jean) Baudrillard. El tipo decía que antes esos sacrificios significaban poder agradecer algo a la naturaleza o a quien sea. Se condenó tanto que nos quedamos sin eso, o sea, que el sistema nos va empachando, ni siquiera le damos las gracias a nadie de todo esto. Yo soy muy asiduo al noroeste argentino y ahí de repente vos estas chupando una birra y tiran un chorrito para la Pachamama, pero a grandes rasgos los que vivimos la vida citadina estamos completamente empachados de nosotros mismos.


- ¿Hay una diferencia en el humor de acuerdo a las geografías o hay algo permanente en todos los lugares del planeta?

Yo creo que tipos de humor hay miles: humores de países, provincias, hasta humores individuales, hay cosas que le causan gracia nada más que a uno solo. Es bastante difícil hablar del humor porque ni siquiera el humor esta catalogado como algo serio, no existe la historia o la teoría del humor. A lo mejor en Palermo Hollywood te puedan vender pelotudeces como Finas terapias del humor con virtudes de sabidurías orientales, pero la historia del humor en sí mismo no existe. El humor está en la historia, de algo se habrán cagado de risa hasta los sumerios.


- ¿No te gustaría escribir esa historia?
- Hice un ciclo para Café Cultura y mi charla se basaba en el sistema y el humor, y más o menos hablaba de eso.


- ¿Cuál era la tesis principal?
- El humor como necesidad, fíjate que los animales no necesitan del humor, otra de las cosas por las cuales nos llevan ventaja. Existe la alegría de los bichos pero el humor es un proceso absolutamente intelectual, el humor es estar fuera del orden de las cosas, yo pienso que cuando algo nos causa gracia en el sistema neuronal se debe armar un quilombo, como un “piedra libre”, por eso me parece que la gente que no tiene humor, está pre muerta.


- ¿Por qué necesitamos del humor?
- Para paliar tanta mierda, tanto sufrimiento, desde siempre. Yo me crié en el colegio Lasalle, ya uno de los errores de partida de los curas es que al pasaje por esta tierra lo llaman “el valle de lagrimas”, o sea, que ya empezamos como el culo, ya para la historia de la Iglesia Católica vivir es una mierda, a tal punto es así que hay que sentir culpa, remordimiento, las pelotas, no sirve para nada.


- En Semana Santa te habrás hecho unos asaditos…
- La historia de la Iglesia Católica es tremenda, comenzando por las Cruzadas que no eran tan heroicas si no más bien genocidios espantosos. Es muy fabulesca toda la teoría católica. Jesús debe haber existido pero que estos señores ataviados con oropeles y dueños del Banco Ambrosiano se erijan en representantes de este tipo… Yo pienso que si Jesús volviera vomita sobre sus capelinas.


-Alguna vez te definiste como un anarco. ¿Cómo es ser anarco oficialista? ¿O es que ahora ser oficialista es de lo más anarco que puede haber?
- Yo soy oficialista pero creo que las cosas no son blanco o negro. En este momento lo menos peor es el oficialismo, pero con una gran diferencia, porque lo peor de lo peor es todo lo demás que es realmente una mierda insoportable. Desde siempre fui anarquista pero basado en el verdadero anarquismo, el anarquismo de (Piotr) Kropotkin, de (Mijaíl) Bakunin, de (Severino) Di Giovanni. El inicio del anarquismo era una cuestión bastante utópica, fueron como los primeros hippones que hubo, era una cuestión de vivir sin gobierno, de cooperativismo. Tienen un lema los anarcos de la primera hora que me encanta: “El anarquista colabora pero no obedece”. O sea, en este momento me gusta colaborar con todas las cuestiones urgentes del oficialismo y me gustaría tener tiempo para criticar muchas cosas que por tanta pelotudez no se pueden profundizar como son por ejemplo la cuestión de la soja, de las minas, que son cosas muy grossas, y no hay tiempo de ocuparse.


- Vos decís que bancas en oposición a lo que es toda la otra mierda. ¿Hay algo que de verdad te entusiasme intrínsecamente del oficialismo?
- Lo que entusiasma por empezar es que es gente muy cojonuda, a Cristina la voté y me parece una tipa admirable a nivel rendimiento, no sé cómo hace, qué croqueta tiene, se banca lo que sea, me parece una tipa de lo más admirable y por eso le tienen tanto odio, porque le tienen miedo.


- ¿Qué opina Sonia Braguetti de Cristina?
- Sonia Braguetti debe estar enamorada al borde del lesbianismo, quisiera ser su amiga, pintarle las uñas, hacerle masajes, pasarle aloe vera por la espalda.


- ¿Sentís que hay como una proscripción del kirchnerismo? ¿Levantaste odios por bancar explícitamente al Gobierno? Sabés que no vas a volver a trabajar en canal 13, ¿no?
- ¿Odios hacia mí? Me imagino que sí, todavía nunca me enfrente con nadie que me puteara ni nada, pero veo que mucha gente me mira mal. Vos viste que encima ahora hay toda una especie de alergia al oficialismo, que si vos apoyas aunque sea un centímetro de todo esto, ya sos un montonero, un sanguinario terrorista, etcétera, pero bueno, esa es la tibia historia de la clase media -como huevo de rengo, de un lado para el otro- odian y después mataron al que amaban y después vuelven a amar al que mataron, es toda una cosa incomprensible. Estoy seguro de que si los echan a los Kirchner, van a ir todos a la Plaza para que no los echen, la clase media nuestra es muy pelotuda pobre.


- ¿Y por qué pensás que es así?
- Los de arriba no tienen ningún problema desde siempre, los de abajo están jugados desde siempre y los que están en el medio son los que están para el cachetazo siempre, son los que consumen la tele. La gente está aterrorizada. La inseguridad es una cosa inherente al ser humano, yo no vi nunca ninguna variación, pero ocurre un crimen y te lo pasan 15 veces, entonces la gente computa que hubo 15 crímenes. Si nos tienen aterrorizados es mucho mejor manejarnos, la gente triste es más fácil.


- ¿Cómo pensás que vos te saliste de la matriz? ¿De eso que la tele te dice que tenés que pensar?
- Por haberme criado en el Lasalle, de ahí salen Fontovas y Grondonas, ahí me di cuenta que me querían educar de una forma perversa, entonces dije “hay que disimular” y trate de estudiar lo más bien. Sabía que esta gente que no quería a nadie, solamente a ese ser imaginario, barbudo y contranatura. Después tuve que hacer la colimba y conocí a sus eternos socios. Ahí me di cuenta de que era cada vez peor y entonces dije “prepárate para vivir, Negro”. A partir de los 20 años empecé a desconfiar de todo. Pero por ejemplo, confío en este Gobierno, más que nada por todo lo que se hace por castigar a los que hicieron cagadas.


- ¿Qué aprendiste en la colimba?
- Como manejarme en un ambiente hostil. Te ordenaban cosas bastante denigrantes como arrastrarte entre cardos, o ir a limpiar todo el playón bajo el rayo del sol con 35 grados. Si te resistías un poco, la actitud de los tipos era peor, entonces dije “acá les voy a hacer más de lo que me pidan”. Pedían en general cosas pelotudas como carrera march y entonces yo salía como el Correcaminos y me tenían que parar “bueno, bueno, ¡basta, pare!”. Hasta logré hacer una revista adentro del cuartel y un día pasó algo tremendo: no había desayuno y nos llevaron hacia una de las compañías donde se veían muchas ambulancias, le sacaban medio litro de sangre a todo el regimiento que éramos como 2 mil y nunca nadie dio una explicación. Yo escribo en detalle todo lo que había pasado, cuento que nos vamos de licencia y que cuando volvemos el tejado del cuartel estaba “pintado de un rojo perfecto, diría de un rojo sangre”. ¡Nos habían sacado sangre y sin decirnos para qué! Los tipos nunca me quisieron. Encima tuve la desgracia de escuchar una noche cómo festejaban la muerte del Che Guevara en el Casino de Oficiales, mientras todos los soldados dormíamos.


- ¿Había camaradería entre los soldados?
- Era análogo al afuera, estaban los ortivas, los buchones, de todo… Estaba el grupo de amigos también. El día de la jura de la bandera había que responder “Sí, juro”, y se hacían ensayos solamente para decir eso. Me acuerdo que con Félix, con quien todavía somos amigos, el 20 de enero, en medio de toda la mala onda dijimos “¡Sí, Culo!”. O sea, todavía me falta jurar la bandera.


- Vos peronista no sos, ¿no?
- No, pero el peronismo me parece que es el movimiento fundamental, nunca fui peronista porque qué sé yo… desde que nos echaron de la Plaza y desde que estuvo un tipo como López Rega, por ejemplo -que me toco el huevo izquierdo si lo menciono-, me parece repugnante.


- Te sentís más montonero capaz.

- Sí, algo así, pero el peronismo es el movimiento por antonomasia argentino, no hay otra cosa.


- ¿En qué andabas en los 70’s? ¿Eras un hippie?
- Si, todavía sigo siéndolo.


- ¿No te dio por militar?
- Siempre fui desconfiado, en el 76, cuando hacíamos la revista El Expreso Imaginario, que comenzó al mismo tiempo que la dictadura militar y tratábamos de brindar información alternativa que estos pelotudos no entendían, veía que amigos militantes se estaban jugando por algo en lo que yo no creía demasiado, y fíjate vos que después saltó la papa y estaban manejados por algunos traidores también. Creo que voy a seguir siendo anarco, voy a colaborar y no voy a obedecer a nadie, porque ser traicionado me parece lo peor y en este momento hay tantos Judas por ahí…


- ¿Qué le dirías a Cleto si te lo cruzaras?
- Me parece que es un tarado, un tarado muy peligroso, prefiero a los peligrosos jugados, prefiero por ejemplo a Aldo Rico, con él me enfrentaría y le diría “Hijo de puta, con sumo respeto, volvamos a como eran las dignas, antiguas guerras, batámonos a duelo, me saco el sombrero: el que gana sigue vivo”. Me dan mucho más miedo estos inseguros tontos que no sé para qué lado van a disparar.


- ¿Cómo te imaginas el país de Cleto?
- Una mierda, como no podría manejar la cosa lo llamaría a Gran Hermano; al de Orwell, no al de Tinelli.


- ¿Hay alguna cosa que digas “En esto soy un campeón”?
- En el humor, tengo la virtud de poder cagarme de risa hasta de lo más siniestro, eso no significa que sea un pelotudo que me estoy riendo todo el tiempo porque sufro mucho, pero mi paliativo es ese, me gusta cagarme de risa, enfrentarme a las cosas malas con una risotada. Si me vienen a agredir me parece mucho más potente una risa para desconcertar a un agresor que una actitud de defensa, me encanta ser un caradura, en eso no me gana nadie.


-¿A qué le decís Ni a palos?
-A ser un traidor, creo que es lo peor de todos los errores que puede cometer un ser humano. Ni a palos seria un traidor, me tendrían que matar.

A VEINTE AÑOS DE LA LICITACIÓN QUE LA ABRIÓ LA PUERTA A LA NUEVA TV


Fue el primer paso del menemismo, el primer ladrillo de los multimedios concentrados. Dos décadas después de la “Ley Dromi”, un recuento de cómo se fue modificando la TV.


Por Emanuel Respighi


Hace poco más de veinte años, período que para algunos puede ser una eternidad y para otros apenas un ratito, la TV argentina evidenciaba uno de los hechos más significativos de sus 59 años de historia. Mucho más influyente que la elección de la norma Pal-N para la transmisión en color, en el verano de 1990 los canales 11 y 13 dejaban de ser propiedad del Estado para pasar a manos privadas. Ese hecho, si bien no afectó directamente el bolsillo de los ciudadanos argentinos como las privatizaciones de los servicios públicos que impulsaría luego el gobierno de Carlos Menem, probablemente haya sido uno de los acontecimientos que más condicionaron a la opinión pública. El Estado argentino, con excepción del por entonces ATC, dejaba librados los contenidos televisivos a empresas. A dos décadas de aquella licitación que marcó un antes y un después en la industria televisiva local, Página/12 hizo un breve repaso sobre aquella convulsionada licitación y sobre la manera en que esa decisión afectó al medio en los años siguientes.


Hubo un tiempo no muy lejano en el que el mapa televisivo distaba mucho del actual. La estructura de propiedad de las emisoras era muy diferente. Hasta los últimos días de 1989, el panorama de la TV abierta en la región del AMBA tenía tres canales en manos del Estado (ATC, el 11 y el 13) y dos de propiedad privada (el 9 de Alejandro Romay y el 2 de Héctor Ricardo García). En medio de una hiperinflación galopante, la disparada del dólar y una crisis energética que llegó a limitar la programación a cuatro horas diarias, hacia fines de los ‘80 la industria atravesaba uno de sus peores momentos económicos. En ese contexto, el 11 y el 13 eran los que más sentían la crisis: con 570 empleados, el primero poseía un déficit operativo cercano a los 27 millones de pesos; el segundo tenía más empleados (871) y una deuda cercana a los 20 millones.


Apenas asumió la presidencia, Menem hizo pública su idea de cerrar ambos canales por el déficit que ocasionaban. Las voces que desde la cultura se levantaron en rechazo de esa intención hicieron rever la decisión y, previo acuerdo con los sindicatos, a través del decreto 578 el gobierno convocó a licitación para privatizar los canales 11 y 13 antes de fin de año. Previamente, Menem consiguió que el Congreso derogara el artículo 45 de la vieja Ley de Radiodifusión, que prohibía a los propietarios de medios gráficos tener participación accionaria en medios audiovisuales. El camino para la conformación de grandes multimedios estaba allanado.


En este punto, más que tratarse de una consecuencia de la falta de política comunicacional, la del menemismo tuvo una clara dirección. Así como el llamado a licitación de tres nuevos canales por el gobierno de Aramburu en 1957, más que a definir un sistema comunicacional estuvo destinado a revertir el sistema de propiedad de los medios del depuesto gobierno peronista, la política menemista sentó las bases para favorecer la concentración mediática y la creación de multimedios, flexibilizando restricciones y limitaciones que favorecieron al capital extranjero y a las empresas de medios gráficos.


El decreto 578, de fines de 1989, estipuló las condiciones de la adjudicación, que no eran demasiadas. La licitación disponía que los oferentes pagasen un 40 por ciento al contado, mientras que para el restante 60 por ciento proponía una financiación en cuotas semestrales, o que el Estado se iba a hacer cargo de los déficit de los canales. Ante esas laxas condiciones, buena parte de los hombres de negocios y empresarios periodísticos se presentaron para incrementar su poder. La licitación –que cosechó sospechas de favoritismo– ya estaba en marcha. De los 16 pliegos que el Comfer vendió, sólo 10 propuestas terminaron presentándose: el 11 recibió seis intenciones de compra, el 13 cuatro. Luego de la evaluación de un cuarteto designado oportunamente, Artear (Grupo Clarín) ganó la licitación, tanto para el 13 como para el 11. Por 7 millones de dólares, el grupo encabezado por Ernestina Herrera de Noble decidió quedarse con el 13, canal que deseaba desde hacía tiempo y en el que mantiene su propiedad hasta el día de hoy.


Por el 11, en tanto, tuvieron que desempatar Tevemac (de la familia Macri) y Telefe (encabezado por Editorial Atlántida y un conglomerado de canales del interior), ya que ambas propuestas habían sido calificadas con 170 puntos. Finalmente, a sobre cerrado, Telefe se quedó con la emisora por 16 millones de dólares, cinco más que la oferta de los Macri y más del doble que la que le bastó a Clarín para hacerse del 13. Destrozadas quedaron las ilusiones de otros oferentes, que no por perdedores eran menos poderosos, como Argentevé (Julio Ramos, Palito Ortega y Gerardo Sofovich), o Imagen Visión (Daniel Vila). El 22 de diciembre, en la Casa Rosada, Menem formalizó la entrega a los nuevos dueños, que se hicieron cargo durante el verano de 1990. El comienzo de una nueva era televisiva.


El nuevo panorama agitó el funcionamiento de la industria desde el primer día de 1990. Las expectativas que la privatización trajo tenían que ver, por un lado, con la necesidad de que el sector privado le brindara un fuerte impulso a la renovación tecnológica, y por otro, con la conformación de una competencia que redundara en contenidos variados y de mayor calidad. Algo así como la política neoliberal del libre mercado aplicada al circuito televisivo. La expectativa tecnológica fue satisfecha: los canales supieron reequiparse y nunca dejaron de mantenerse acordes con los últimos requerimientos técnicos. El incipiente negocio globalizado que los nuevos dueños buscaban era imposible sin soportes de última tecnología.


En cuanto a los contenidos, si bien los canales siguieron de cerca las tendencias, incorporando nuevos géneros y lenguajes, eso no significó necesariamente una televisión de mayor calidad. El aspecto cultural y educativo, por ejemplo, fue cediendo lugar en la TV privada. La máxima de que la TV debe informar, educar y entretener fue derivando en un proceso en el que la TV privada se limitó cada vez más a posicionarse como una mera fuente de entretenimiento.


Acorde con la lógica impuesta por el poder, la “nueva TV” tendió a contenidos livianos, provocando en los primeros ’90 el auge de las comedias blancas al estilo Grande pá! y Amigos son los amigos, programas con los que Telefe pasó a liderar la audiencia después de un largo reinado del 9 a pura telenovela. A medida que la década avanzaba, la discusión política y periodística fue dejando lugar a la cotidiana, en la que el público comenzó a tomar protagonismo a partir de los talk shows, primero, y los reality shows después. En materia periodística, las bases dejadas en el periodismo de investigación como Edición plus y Telenoche investiga derivaron, años más tarde, en un estilo más amarillista, en el que las cámaras ocultas se convirtieron en la principal herramienta, ya no para deschavar al poderoso sino a delincuentes de poca monta.


El género que más se desarrolló y sofisticó en estos 20 años fue el de la ficción. El surgimiento de un nuevo jugador en la industria fue imprescindible para revitalizar al género: las productoras independientes. El arribo de productores por fuera de las estructuras y cosmovisiones del mundo de los canales pluralizó estética y temáticamente las ficciones. Los canales festejaron su llegada por una simple razón: derivaron el alto costo y riesgo económico de las ficciones en las productoras. Los nuevos players, además, se beneficiaron con los avances tecnológicos, sofisticando la posproducción y facilitando la producción en exteriores.


Como todo lo que funciona, con el tiempo algunas independientes fueron adquiridas por las emisoras (Pol-Ka e Ideas del Sur por el 13), o por grandes grupos mediáticos (GP Media por la BBC, Cuatro Cabezas por Eyeworks, Underground por Endemol). La calidad estética y los bajos costos relativos de producir en el país llevaron a que, tras la crisis de 2001, las latas de programas o formatos argentinos inundaran las televisiones del mundo, aun en culturas muy distantes.


En cuanto a la audiencia, la década del ‘90 marcó el fin del reinado del 9, que con holgura sostuvo durante los ‘80, cuando era el único privado. La nueva estructura resultó un duro golpe para el canal de Romay, que desde la salida del productor nunca pudo crear un perfil de programación. La gran cantidad de veces que cambió de dueños (en 1997 lo compró la australiana Prime, luego Telefónica, más tarde una sociedad encabezada por Daniel Hadad, y desde hace algunos años el mexicano Angel González) no favoreció que la pantalla consolidara una programación coherente. En la misma línea se puede situar a América, que cambió de manos no menos de tres veces (Héctor Ricardo García, Eduardo Eurnekian, Carlos Avila, el Grupo Vila) y su pantalla fue sensible a esos movimientos. Aun así, en estas décadas se destacó por su perfil periodístico, casi lo único que pudo mantener en el tiempo (sin entrar en detalles de calidad). No es casualidad que los canales que más modificaciones societarias tuvieron sean los únicos que tuvieron que presentarse a convocatoria de acreedores.


Desde los ’90, la audiencia fue disputada masivamente entre Telefe y El Trece, con predominio general del primero. La década menemista enfrentó dos modelos: por un lado, Telefe, que privilegió posicionarse como la emisora líder (con una programación popular y familiera) a tener equilibradas sus cuentas; por otro, Canal 13, que persiguió con costos controlados apuntar al target ABC1. Entrado el siglo XXI, esa diferenciación ya no es tan clara y, combinando perfiles de programación, ambos canales pelean por la audiencia con programas que, salvo excepciones, no difieren mucho en sus contenidos.


La única señal pública, Canal 7, sin una política comunicacional consensuada por los diferentes actores del arco político-cultural argentino, pasó estas dos décadas a la deriva, entre gestiones que se perdieron en buenas intenciones (Leonardo Bechini), otras que fueron devastadoras (Gerardo Sofovich) y unas pocas que intentaron imprimirle un sello estatal no atado al gobierno de turno. Recién a partir de la gestión encabezada por Rosario Lufrano y en la actual continuidad de Tristán Bauer el canal parece haberse encolumnado detrás de un proyecto artístico definido. Incluso, durante estos años, pasó de tener un equipamiento obsoleto a encabezar la renovación tecnológica de cara al apagón analógico. Que el Estado haya tomado la iniciativa comunicacional es un cambio de paradigma para la historia del sector.


Esas no fueron las únicas cosas que pasaron. La irrupción masiva del cable a mediados de los ’90 renovó hábitos televisivos y llevó a que la programación deportiva, la infantil y la informativa quedaran relegadas en los canales de aire. El zapping, casi como signo instintivo de la época, democratizó la audiencia y les otorgó mayor libertad de elección a los televidentes. Además, mientras los guionistas fueron reemplazados por numerosos equipos, los directores artísticos perdieron el bajo perfil y, con estrategias de programación que hicieron imposible seguir la continuidad de los programas, tomaron status de celebridades.


A veinte años de las privatizaciones, la TV argentina se convirtió en una industria consolidada, equipada con la última tecnología e inserta en el mundo como nunca antes. La cuenta pendiente, sin embargo, es la tendencia hacia el escándalo, la fórmula probada y el morbo que invade a los canales privados. El rating y el dinero no sólo siguen mandando: ahora parecen ser las únicas cuestiones que importan.