lunes, 19 de julio de 2010

EL SUEÑO DEL ETERNAUTA


Es el protagonista del libro sagrado de la ciencia ficción argentina. Su creador, el guionista Héctor G. Oesterheld, cobró un anticipo por llevarlo de la historieta a la novela convencional. Pero devolvió la plata cuando pasó a la clandestinidad antes de ser "desaparecido". Aquí, toda su historia.




Por: Diego Marinelli


Dentro del amplio abanico de calamidades que de­jó como legado la última dictadura militar se halla la de haber cercenado de forma brutal a la escena cultural argentina. En los campos de concentración de la década del 70 desaparecieron escritores, poetas, músicos y ar­tistas plásticos –algunos de ellos ya consagrados, otros en vías de lograrlo– quienes, junto con aque­llos que tomaron la ruta del exilio, conforman una especie de genera­ción ausente, un eslabón roto en la cadena de la identidad cultural de este país.

¿Cuáles habrían sido sus apor­tes al paisaje actual de la literatura, la música o el arte? ¿Qué caminos expresivos hubieran decidido transitar de haber continuado con vida? ¿Cuál habría sido su influen­cia sobre las nuevas camadas de creadores?

Estas son preguntas que re­verberan con especial intensidad en torno a la figura de Héctor G. Oesterheld, creador de El Eternau­ta , el libro sagrado de la historieta argentina. Al momento de ser se­cuestrado, en abril de 1977, Oes­terheld ya había hecho méritos suficientes para que se lo recor­dara como a uno de los grandes autores de la historia del género. Durante la década de 1950 había conformado con el italiano Hugo Pratt un dueto explosivo, un Len­non-McCartney de la historieta, que dio vida a series míticas como Sargento Kirk , Ernie Pike y Ticon­deroga , consideradas clásicos de la "literatura dibujada", al igual que El Eternauta , su obra maestra.
Antes de que lo alcanzara el fa­tal otoño del 77, el derrotero crea­tivo de Oesterheld avanzaba hacia dos horizontes diferentes, no ne­cesariamente contrapuestos. Por un lado, continuar adelante con obras de fuerte compromiso polí­tico, en la línea de las biografías del Che y Evita que realizó junto a Alberto Breccia o las historietas que publicaba en revistas de la iz­quierda peronista. Por el otro, con­cretar una vieja deuda pendiente: la de convertirse definitivamente en escritor, una idea que se sos­tenía sobre un importante cuerpo de relatos que fue construyendo desde mediados de los años 50 y proyectos que intentaba concre­tar al momento de su muerte. El más ambicioso de todos era una versión novelada de su historieta más famosa, en la que las peri­pecias del personaje Juan Salvo funcionarían como hilo conduc­tor de una revisión de la historia argentina, que Oesterheld preten­día contar desde el punto de vista de los postulados de la izquierda revolucionaria, tal como había es­bozado en la segunda parte de El Eternauta .

En torno a este proyecto trun­cado, cuya existencia es apenas conocida por su familia y sus alle­gados más cercanos, se despliega un anecdotario que da cuenta no sólo de la voluntad de Oesterheld de dar el salto hacia la literatura, sino también de la naturaleza de su sistema de valores. Corría el año 1974 cuando Oesterheld se dejó caer por las oficinas que Edi­ciones de la Flor tenía en la calle Lavalle y le propuso a Daniel Di­vinsky la idea de hacer la novela de El Eternauta . "Sí, por supues­to", le respondió exultante Di­vinsky, y le extendió un adelanto de 25.000 pesos de la época para que pudiera dedicarse de lleno a escribir. Entre tanto, la situación política de la Argentina comen­zaba a precipitarse y, con ella, el destino de la familia Oesterheld. Animado por sus cuatro hijas, que también desaparecieron durante la dictadura, marchó a Ezeiza pa­ra recibir a Perón y poco a poco se fue integrando dentro de la estructura de Montoneros, hasta ocupar un rol relevante en su área de prensa. Enfrascado en objetivos mucho más urgentes y en un es­tado de semiclandestinidad –con todos los apremios del caso–, Oesterheld envió a su mujer Elsa para que devolviera a Divinsky el adelanto que había recibido por el libro, consciente, muy probable­mente, de que ya no iba a escri­birlo nunca.

"Héctor se había formado co­mo geólogo y tenía una cultura fuera de serie", recuerda Elsa, mientras cierra las ventanas de su departamento para que no entren las ráfagas de una tormenta de primavera. "Gracias a la historie­ta descubrió que su verdadera vo­cación era ser escritor, y hacia ahí se dirigía. Pero, lamentablemente, se dio cuenta de esto demasiado tarde".


Diálogos con Borges

El legado del Oesterheld escritor es bastante más abundante de lo que podría suponerse y se nutre principalmente de relatos cortos que fueron publicados en revistas de circulación masiva, lo que lo emparenta con la tradición folle­tinesca y con los escritores-articu­listas estadounidenses del género pulp fiction .

Sus primeros pininos los hizo en el marco de la literatura para chicos, ámbito en el que produjo una gran cantidad de cuentos que suelen partir desde el universo clá­sico de las fábulas infantiles, pero que siempre ofrecen una vuelta de tuerca fantástica, un subtexto que encierra una lectura más adulta, reflexiva, donde se hace evidente el toque Oesterheld. Uno de ellos es Eran tres amigos , una pieza en­trañable que narra la amistad en­tre una niña, un conejo y un árbol que fue publicada el año pasado por Planta Editora, en una edición preciosista, ilustrada por Mariano Grassi. "El empezó haciendo tex­tos de divulgación científica para chicos y luego fue creando toda una serie de personajes mara­villosos, mucho más literarios", evoca Elsa, y menciona también los encuentros entre su marido y María Elena Walsh, a finales de los años 60, en los que debatían acerca de las nuevas formas de la literatura infantil y fantaseaban con colaboraciones que no llega­ron a concretarse.

Otros encuentros, mucho más impensados por las afinidades ideológicas de los protagonistas, son los que mantuvieron Oester­held y Jorge Luis Borges. La sede era la casa del autor de El Aleph y los cónclaves se extendían has­ta bien entrada la noche, con un temario presidido por pasiones comunes como la ciencia, la filo­sofía y la literatura fantástica. "Se pasaban tardes enteras reunidos, hasta que mi abuela lo llamaba para que volviera a cenar", cuenta Martín, uno de los dos nietos de Oesterheld. "Aunque había una diferencia de edad de casi veinte años, tenían muchos gustos com­partidos y yo intuyo que de aque­llas conversaciones surgieron ele­mentos que luego formarían parte del guión de Invasión ". Martín se refiere a la película de Hugo Santiago, estrenada en 1969, con guión de Borges y Bioy Casares, que presenta a una Buenos Aires metafórica, llamada Aquilea, a punto de ser invadida por un mis­terioso ejército. En la trama del fil­me, considerado como una de las expresiones más conceptuales y vanguardistas del cine argentino, se mezclan influencias de la Ilíada y de El Eternauta.


Maestro del relato breve

La sistematización de la obra na­rrativa de Oesterheld se debe en gran parte al esfuerzo de Juan Sas­turain, quien recopiló un sinfín de textos dispersos, atesorados en el archivo familiar, y les dio forma de colección. Según Sasturain, ha­bía material suficiente como para dar vida a una serie de entre 14 y 16 títulos, de los que finalmente sólo ocho acabaron saliendo a la calle, editados por Colihue y que actualmente se consiguen en li­brerías. La mayor parte de estos libros están protagonizados por personajes míticos de Oesterhled (el Sargento Kirk, Ernie Pike y Bull Rocket) y el restante reúne un relato basado en El Eternauta y un grupo de cuentos de ciencia ficción, algunos de ellos verdade­ramente magníficos.

"El cuerpo principal de la obra narrativa de Oesterheld son nueve novelas del Sargento Kirk y nueve de Bull Rocket", señala Sasturain. "Se trata de libritos de género de quiosco, historias de aventuras, que fueron publicadas durante la década del 50 y son, en su ma­yoría, versiones noveladas y más desarrolladas de historietas ya publicadas en la revista Misterix". Orgullosos representantes de lo mejor del género folletinesco, es­tos relatos abordan temas bélicos y westerns que se desarrollan a tra­vés de adictivas aventuras con mo­raleja, protagonizadas por héroes de principios sencillos e inque­brantables, como el Sargento Kirk, un alter ego del Martín Fierro en el Lejano Oeste. En sí mismas re­presentan la Edad de Oro de la "li­teratura de quiosco", cuando estas ficciones populares (al igual que la novela negra en Estados Unidos) se vendían como pan caliente en los puestos de diarios.

"La voluntad de Oesterheld por convertirse en escritor se ve a las claras cuando funda su propia edi­torial, Frontera, y lo primero que hace es comenzar a publicar sus trabajos más literarios. En mu­chos de ellos se hace evidente que era un gran maestro del relato bre­ve y que manejaba a la perfección los elementos característicos de la ciencia ficción. Eso se ve especial­mente en piezas como 'Sondas' o 'El Arbol de la Buena Muerte'". Estos dos relatos que menciona Sasturain forman parte del libro El Eternauta y otros cuentos de ciencia-ficción , de la colección de Colihue. "Sondas" apareció origi­nalmente en Los argentinos en la Luna , una antología de literatura fantástica publicada por De la Flor en 1969, en la que también parti­ciparon escritores como Manuel Mujica Lainez y Angélica Goro­discher. Y no es técnicamente un cuento, sino un conjunto de textos brevísimos, poéticos, de extraña musicalidad, que utilizan el ima­ginario de la ciencia ficción para adentrarse en situaciones metafí­sicas. Por su parte, "El Arbol de la Buena Muerte" es otra pieza deli­ciosa y extraña, un relato inscripto dentro de un género inexistente que podría denominarse "costum­brismo marciano".

La colonización de Marte, el futuro paisaje de la Humanidad y los secretos aún no revelados del Universo constituyen la materia narrativa de los relatos compilados en ese libro, en el que la figura del Oesterheld escritor brilla con ma­yor intensidad. Se trata de la veta más clásica y pura de la literatura de ciencia ficción, explotada por autores de la talla de Bradbury, Asimov y Philip K. Dick, pero que en la Argentina apenas si ha teni­do cultores. Los escasos pero ma­ravillosos relatos que Oesterheld realizó dentro de este ámbito ha­cen pensar que habría sido capaz de abrir ese camino, marcar una huella para que luego sea segui­da por otros, aunque eso no sea más que una intuición, una mera elucubración sobre lo que podría haber sido. Y no fue.

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