martes, 22 de junio de 2010

UNA NUEVA BIOGRAFÍA DE FOUCAULT


Amigo personal del autor de "Las palabras y las cosas", Paul Veyne analiza vida y obra de Michel Foucault, un filósofo inclinado a lo específico, nada intoxicado de universales, la droga preferida de esa profesión.


Por José Fernández Vega.


Paul Veyne conoció a Michel Foucault en un instituto de elite parisino, la École Normale Supérieure, donde éste, cuatro años mayor, fue su tutor a mediados del siglo pasado. La École forma a los futuros intelectuales, científicos y dirigentes de alto nivel de Francia, quienes, tras egresar, se comprometen a trabajar por la gloria del país, algo que terminan haciendo de un modo u otro. Ambos "normalistas" culminaron sus respectivas carreras en el otro extremo del sistema oficial de consagraciones universitarias, el Collège de France, una institución en la que los profesores practican la enseñanza libre y no se entregan diplomas. Foucault dictó clases allí desde 1970 hasta su muerte en 1984 y Veyne fue titular de la cátedra Historia de Roma hasta su retiro en 1999.

Estas trayectorias, signadas por instituciones estatales de inmenso prestigio, generarían teorías que desafiaban la noción de Estado junto con la metafísica de la verdad en la que éste, de manera abierta o tácita, tiende siempre a buscar respaldo.

Hacia el final de su vida Foucault se entregó al estudio del mundo clásico, en especial a su concepción de la sexualidad, orientándose luego al desarrollo de lo que llamó una estética de la existencia. La asistencia erudita de Veyne le resultó inestimable. Este clasicista, con una amplitud de miras infrecuente entre los especialistas, terminó valorando a Foucault como el mejor historiador de la Antigüedad por su capacidad para inventar conceptos.

Dicho talento se volvió esencial para el oficio de historiador, explicó Veyne. Porque lo que nos resta por descubrir del mundo antiguo será menos el producto de la compulsa de documentos que de la inspiración para formular nuevos esquemas interpretativos. Y la imaginación teórica de Foucault era, en este punto, insuperable.

Con todo, lo distintivo en Foucault era su apego a los hechos y su aversión a las verdades generales, afirma una y otra vez Veyne en su libro Foucault. Pensamiento y vida, un ensayo personal que es casi una biografía intelectual de su admirado amigo. Desde su perspectiva, Foucault era el más historiador de los filósofos y –agrega– el menos revolucionario de los intelectuales parisinos en un período que no careció de ellos. La revolución, al fin de cuentas, es también una idea general.

He aquí, entonces, a un filósofo francés inclinado a lo específico, nada intoxicado de universales, la droga preferida de la profesión. Veyne parece celebrar que también de este lado del Canal de la Mancha alguien se atreviera a afirmar que la verdad no es una y universal ni rige el devenir histórico, sino que resulta relativa a un régimen de poder determinado en el tiempo, cuyo surgimiento es contingente.

Las cosas humanas carecen de fundamento o necesidad, digan lo que digan las muchas teorías que pretenden rellenar el vacío en el que nos movemos. No hay trascendencia alguna; nos vemos obligados a tomar decisiones sin la asistencia del cielo. Nuestra manera de pensar está sometida al estilo de una era. Lo que llamamos verdad no es un término absoluto. Foucault se propuso analizar las transformaciones históricas de la verdad desde una posición escéptica, que no busca ni cree en vigencias eternas.

Pero quien habla de la verdad se refiere también al poder, su correlato necesario. El poder se definiría, para Veyne, como la "capacidad de conducir no físicamente la conducta del prójimo". Foucault despreciaba la tendencia a considerar el poder desde un órgano central, el Estado. La perspectiva clásica de la filosofía política no le interesaba. Las grandes instituciones –el Estado, pero también la cárcel o la escuela– no existirían sin las pequeñas sumisiones que fabrican un sistema desde abajo.

La verdad, le comentó Foucault a Veyne en cierta ocasión, es muy poco verdadera si no se encuentra en los detalles. También la revolución debería consistir en reformas parciales. Los idealismos filosóficos, de los que se nutren los revolucionarios, sirven de consuelo o estimulan la fantasía, pero tienen poca eficacia práctica.

Por cierto, Veyne pasa un poco rápidamente por el curioso apoyo de Foucault a la revolución iraní de 1979, en la que veía algo que lo fascinó: el ingreso de la espiritualidad en la política. Mientras Simone de Beauvoir se alzaba indignada por las concepciones retrógradas de los ayatolás sobre la mujer, Foucault escribía artículos apoyando el sorpresivo resurgimiento político del islam, un fenómeno que no hizo sino ganar influencia desde entonces.

Foucault, asegura Veyne, fue también un militante, pero sería vano buscar en él una concepción política definida, puesto que se resistió siempre a darle a las posiciones públicas un valor de verdad. Su lema era: "En política decidan lo que quieran, pero no hagan disertaciones". En su visión, el intelectual debía renunciar al papel de orientador de la acción social o de las conciencias; sus convicciones son nada más que personales, su aporte debería restringirse a su ámbito de competencia, sin pretensiones de abarcar lo universal.

Focault "no creía ni en Marx ni en Freud ni en la Revolución ni en Mao, se burlaba en privado de los buenos sentimientos progresistas, y no le conocí declaración de principios sobre los grandes problemas", escribe Veyne. En el plano político, creía que era imposible justificar que uno tiene razón.

Quizá tampoco en el plano filosófico, después de todo. A pesar de su aversión a las generalidades, Foucault no pudo resistirse a las periodizaciones triádicas, tan frecuentes en las visiones idealistas de la historia de las que abominaba. Así, caracterizó tres grandes fases de la historia de la sexualidad: los placeres de la Antigüedad, la carne de los medievales, el sexo de los modernos. En esta clasificación (general), una sexualidad estilizada y sin culpa cede su lugar a la condena al cuerpo como fuente de pecado, la que, a su vez, terminará desplazada en nuestra época por un discurso de inspiración típicamente técnica: entre médico y charlatán, productista y acrobático.


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