sábado, 12 de junio de 2010

LA CONSTRUCCIÓN DE LA INSEGURIDAD


No buscan informar sino transmitir estados de ánimo.


Muchas ironías y descalificaciones les fueron dedicadas en los últimos tiempos a quienes intentan diferenciar “inseguridad real” de “sensación de inseguridad”. Sin embargo, se trata de un tema complejo en el que las ironías sólo son posibles a partir de burdas simplificaciones.
Solemos identificar la realidad con lo que podemos vivir o percibir, pero es evidente que en sociedades complejas y extensas como la nuestra es mucho más lo que percibimos a través de mediaciones que lo que experimentamos directamente. Así entonces lo que sabemos, o creemos saber, de la sociedad en que vivimos proviene en su mayor parte de las diversas fuentes de información a las que estamos expuestos, incluyendo en estas fuentes desde los vecinos o compañeros de trabajo hasta los medios de comunicación.


La “realidad”, incluso la “realidad” de la inseguridad, no será entonces para nosotros sino lo que podamos construir a partir de ese entramado de percepciones. Percepciones entre las que tienen particular peso las provenientes de los medios masivos de comunicación.


No obstante, es obvio que lo que transmiten los medios tampoco es “la realidad en sí” sino un relato, una construcción discursiva sujeta, más allá de toda pretensión de objetividad, a múltiples distorsiones. Distorsiones que tienen su origen tanto en la propia subjetividad del que construye el relato como en los intereses económicos y políticos del medio.


Intereses económicos porque existiendo, por parte de lectores y audiencias, un auténtico y fuerte interés en el tema seguridad, los medios, al fin de cuentas empresas con fines lucrativos que deben competir con otras empresas similares para obtener ganancias, intentarán sin dudas ganar porciones significativas del mercado satisfaciendo esa demanda en la forma más amplia posible.


Intereses políticos cuando, como en el presente, los medios más concentrados, que son parte del gran capital y por tanto cómplices de los tradicionales dueños del poder, apuestan decididamente al desgaste de un gobierno al que rechazan porque intenta, en medio de sus desaciertos, encarnar un proyecto que provea un mínimo de equidad social. Para este empeño la acentuación de la sensación de inseguridad y el correlativo aumento del miedo, especialmente en las capas medias de la sociedad, resulta de invalorable utilidad.


Los recursos para lograr este fin son conocidos. La retórica sensacionalista, que ha dejado de ser propia de medios marginales para legitimarse en los medios “serios”, el uso de adjetivos –“espeluznante”, “shockeante”, “humillante”– que no buscan informar sino transmitir estados de ánimo de víctimas y testigos, la calificación de los delincuentes –“depravado”, “feroz”, “hiena”, “chacal”–, la cita de fuentes que no se identifican, la entrevista a testigos que no vieron nada pero que aportan su dolor y su odio, el repetir cuatro o cinco veces la misma noticia en un solo noticiero o el machacar durante días sobre el mismo caso aunque no haya nada nuevo que decir de él.


A pesar de la muy lamentable ausencia de estadísticas oficiales parece bastante poco razonable negar hoy un aumento en la cantidad de ilícitos. Sin embargo a la hora de tratar de hacer una evaluación propia será necesario tener en cuenta los factores que condicionan y sesgan grave e intencionadamente la construcción de la “realidad de la inseguridad” que, salvo excepciones, intentan los medios más importantes.

Rodolfo Brardinelli
Sociólogo. Universidad Nacional de Quilmes

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