viernes, 11 de junio de 2010

INVISIBLE A LOS OJOS: EL TRABAJO INFANTIL ATACA LA SALUD DE LOS PIBES


En zonas agrícolas, los banderilleros señalan dónde fumigar y reciben baños de pesticidas.


Por Graciela Pérez

Todos recuerdan aquella frase del Zorro a El Principito, en la célebre obra de Antoine de Saint Exupéry: “Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible a los ojos”. En nuestro país hay una realidad que duele. “El trabajo infantil crece con la pobreza”, señala el último informe publicado por Unicef-Argentina bajo el título “Los niños que trabajan”.

En las zonas urbanas, la mayoría trabaja con la basura, vende en la vía pública o limpia los vidrios de los autos, entre otros múltiples oficios. En el campo son utilizados como banderas humanas para señalizar los lugares que deben ser rociados con pesticidas.


La primera encuesta nacional sobre el trabajo de niños, niñas y adolescentes fue realizada en 2004. Del relevamiento surge que poco más de 400 mil chicos de 5 a 13 años tienen algún trabajo. A su vez, cerca de 530 mil de entre 14 y 17 años, lo hicieron alguna vez en tareas rurales, domésticas o en la vía pública. El 62 por ciento de ellos abandonaron la escuela secundaria.

Además, los datos de la cartera laboral señalan que el 25 por ciento de los chicos que trabajan lo hacen en una situación clara de riesgo personal, ya que es realizado en la vía pública y en los medios de transporte. Y uno de cada cuatro lo hace en tareas nocturnas.

Juan tiene 12 años y abre puertas de taxis en Once: “El riesgo mayor es para los pibes chiquitos. Cualquiera viene y los pueden convencer, les pueden hacer la cabeza, y usarlos para la prostitución, para robar. Manipularlos como quieran”. Juan apunta que su tarea le reporta no más de 15 pesos diarios. Otro caso es el de Osmar, quien tiene 14 años y cuida los autos en Jerónimo Salguero y Avenida Santa Fe. “Vengo al caer la tarde con toda mi familia desde José León Suárez.



Aproximadamente a las 19 empiezo y me quedo hasta las 24. Los fines de semana sigo de largo hasta las 4 de la mañana . Cuido los autos y después busco la comida que dejan de los restaurantes”, apunta con tristeza. Osmar tiene cuatro hermanos que están a pocos metros de él.



Ellos aún son muy chicos para trabajar pero Osmar reconoce que lo deberán hacer en muy poco tiempo.

Patricio Gómez es cartonero, tiene 37 años y desde 2001 recorre las calles del barrio de Caballito. “Mi esposa va tirando del carro conmigo y como no hay un peso para mandar a los chicos a estudiar también los llevamos a juntar cartones y criujear. ¿Sino con quién los vamos a dejar?”. Las cifras dicen que hacia el 2005 unos 10.000 cartoneros y cartoneras, la mitad de esa cifra niños, niñas y adolescentes entre tres y catorce años, ingresan a diario a la Capital Federal provenientes de la provincia de Buenos Aires.


Trabajo doméstico. Familias pobres que no pueden mantener a sus hijos envían a sus chicos a hogares donde les prometen manutención a cambio de tareas domésticas. Son niños muy vulnerables por encontrarse lejos de su entorno familiar. El 90 por ciento de las trabajadoras domésticos son niñas, según el último relevamiento realizado por el Ministerio de Trabajo. Según detalla la cartera laboral, también esa situación incide significativamente en la deserción, repitencia o bajo rendimiento escolar.


Trabajo agrícola. En los ámbitos rurales, los niños se incorporan a realizar actividades desde edad muy temprana (ver nota La mayor cantidad de chicos que trabajan están en el campo. Pág. 19). Primero a través del cuidado de los más pequeños del núcleo familiar y luego, desde los seis años, colaboran en las cosechas, sobre todo en las zonas aptas para el crecimiento de tomates y frutillas como la provincia de Mendoza. A los once o doce años comienzan a manipular agroquímicos. Los datos surgen del trabajo de la investigadora del Conicet Susana Aparicio, que también registró muchos chicos que van con sus padres a las cosechas, para “ayudar a la familia”, un argumento con el que usualmente se naturaliza al trabajo infantil. En el trabajo de Aparicio se detalla la labor de los banderilleros, chicos utilizados por las avionetas que sobrevuelan cultivos para rociarlos con plaguicidas. Gracias a estos niños, los pilotos saben dónde deben fumigar. “Recorremos muchas hectáreas por día. Hubo una época en que me dolía la cabeza y temblaba todo. Fui al médico y me dijo que era por el trabajo que hacía, que estaba enfermo por eso”, remarca uno de los niños consultados para el informe de Aparicio. “Hace tres o cuatro años que trabajamos en el campo. Los días de calor hay que aguantarlos bajo el rayo del sol y encima el olor de ese líquido te revienta. A veces me agarra dolor de cabeza en medio del campo. Siempre llevamos remera con cuello alto para taparnos la cara”, testimonian los pibes en el informe al que accedió Miradas al Sur.

El olor al que se refieren son los insecticidas y fertilizantes tóxicos que deben padecer.
Su jornada laboral comienza al amanecer y termina durante el crepúsculo. Sólo se interrumpe durante unos breves minutos al mediodía para almorzar, y su remuneración se fija en relación a la productividad. Los banderilleros son alcanzados por el Roundup y el 2-4 D, herbicidas usados para cultivar soja. “Por su trabajo cobran entre veinte y veinticinco centavos la hectárea y cincuenta centavos cuando el plaguicida se esparce desde un tractor.” El trabajo de Aparicio agrega que “en el campo, el porcentaje de chicos que trabajan llega a duplicar la cantidad de pibes que son empleados en las ciudades”. Las cifras nacionales son imprecisas debido a la dificultad que encierra el relevamiento en los ámbitos rurales. Sin embargo, el promedio a nivel mundial señala que el 70 por ciento del total de la explotación infantil se produce en el campo y absorben a 132 millones de niños y niñas de 5 a 13 años de edad. Una realidad invisible para quienes viven en la ciudad.

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