lunes, 12 de abril de 2010

"PARA HABLAR DEL BARRO HAY QUE METER LOS PIES"


Con fuentes directas en la hinchada de Boca, el periodista Gustavo Grabia retrató a la banda más violenta del fútbol argentino y denunció los contactos políticos del ex líder Rafael Di Zeo


“Tan necesario es que los hinchas de un equipo se asocien para defenderse de las pateaduras de otros hinchas que son como escuadrones rufianescos, brigadas bandoleras, quintos malandrinos, barras que como expediciones punitivas siembran el terror en los stadiums con la artillería de sus botellas y las incesantes bombas de sus naranjazos.
“Esas barras son las que invaden la cancha para darle el pesto a los contrarios y en determinados barrios han llegado a constituir una mafia, algo así como una camorra, con sus instituciones, sus broncas a manos armada y las cascarillas monumentales que le dan nombre, prestigio y honra”. La cita es de Roberto Arlt. Ochenta años después, el periodista Gustavo Grabia la usó en su último libro La Doce. La verdadera historia de la barra brava de Boca, no sólo para darle crédito de adivino al escritor, sino para ofrecerla como un precepto que guarda su genealogía en frases como: “La violencia es herencia, herencia, herencia”. Legado que el ex líder de la barra brava de Boca, Rafael Di Zeo, supo formular ante el periodista del diario deportivo Olé cuando todavía gozaba de libertad e impunidad.

—¿Por qué escribió exclusivamente sobre la barra de Boca?
—Porque un libro sobre todas las barras argentinas hubiera sido una enciclopedia. El sinónimo de las barras bravas en la historia del fútbol argentino es potestad de Boca Juniors. Cualquier mayor de cuarenta años reconoce como ícono de los barras a El Abuelo. Y los menores de 40 nombran a Rafael Di Zeo. No conocí ninguna otra barra que tenga los contactos políticos de La 12.

—¿Cómo es tener como base de consulta y pesquisa a un barrabrava?
—Hay una clave dentro del periodismo, el trabajo diario. Más allá de las fuentes informales que uno puede tener, barras bravas y personas allegadas del entorno del fútbol, el libro tiene un trabajo muy preciso sobre las fuentes “formales”, a través de las causas judiciales en las que participaron los cabecillas de la hinchada de Boca. Ese fue el trabajo más arduo. Abriendo causas dormidas en despachos de todo el país descubrí que el abogado de José Barrita, alias El Abuelo, era el mismo que había defendido a Monzer Al Kassar.

—Cubrir el juicio a Barrita, en 1997, ¿le permitió entrar al mundo de La 12?
—Digamos que sí. Para el juicio contacté a Héctor Ruiz Núñez, abogado y periodista especialista en temas legales para que me diera una mano, mientras yo trataba de conseguir datos de los barras sobre qué iba a pasar. Era un momento histórico para el fútbol en general, pero mucho más para la barra de Boca. Con Barrita preso se inicia una lucha de distintas fracciones para ver quién ocupaba ese espacio de liderazgo. En ese momento entro en relación con quienes empezaban a gobernar la segunda bandeja de la Bombonera. Y Rafael Di Zeo surgía como el candidato más firme para convertirse en lo que terminó siendo.

—¿Tiene una fórmula para acercarse a ellos?
—Voy a la cancha todos los domingos. Soy de los que creen que para hablar del barro hay que meter los pies en el barro. Cuando se producen hechos de violencia en las canchas compruebo que muchos periodistas opinan como si estuvieran hablando de una tía que toma el té con amigas a la cinco de la tarde. Hablan desde la platea, mientras que los hechos ocurren en la tribuna. Aun a riesgo de tener problemas, mi lugar como periodista siempre es la popular.

—¿Recuerda algún problema?
—En el Mundial de Francia 1998, los barras de Independiente tuvieron una pelea tremenda con unos marroquíes a los que habían querido robar algo de una feria. Yo estaba en el medio de la pelea como si fuera un barra más observando todo. Cuando la policía se los llevaba, uno me dijo: “Gustavo, nos llevan detenidos”. Como hablaba francés, fui hasta donde estaba el policía a cargo del operativo, le presenté mi acreditación de prensa y le expliqué que podía oficiar de traductor. Me subí a un camión con Bebote, el líder de la barra roja, y nos llevaron a una especie de minipenal. Terminaron saliendo libres de culpa y cargo, pero los marroquíes estaban afuera esperando y yo era uno más, así que tuve que pedir un auto. Pero quería hacer la nota con los barras presos en Francia, y para eso debía estar cerca de ellos. Con Bebote hoy tenemos una mala relación, por las notas que publiqué, pero fui el único periodista al que le dio un reportaje en serio y sin convenios de por medio. Voy al corazón del quilombo para reflejarlo, y ellos lo respetan.

El Rafa Di Zeo



—¿De qué forma se relaciona con Rafael Di Zeo?
—Mi primer contacto fue cuando estaba prófugo, en un lugar que obviamente no puedo revelar. Estaba rodeado de personas que yo conocía pero que no eran del grupo selecto de sus barras más fieles. Fue un momento muy tenso. La nota fue durísima; llegué a decirle que me sentía sentado frente a un delincuente. A los dos días me mandó a decir por un conocido en común que me respetaba porque yo había tenido los huevos de ir a un lugar en el que no sabía qué iba a encontrar y sin ningún tipo de chance de escapatoria. A partir de ahí construimos una relación de mutuo respeto.

—¿Cómo se llega a estar en igualdad de condiciones con alguien considerado violento, más cuando esa charla se iba a publicar?

—Estaba preparado. Los datos sobre sus causas judiciales no le permitían salirse por la tangente. Nos encontramos varias veces y de esas historias de peleas y batallas que me contaba, yo las tenía que corroborar con otra gente de la barra, con quienes forman parte de la interna de la hinchada e inclusive, con jefes de otras hinchadas, que podían terminar contando todo lo contrario. Di Zeo es un gran encantador de serpientes. Si lo dejás hablar te vende un auto modelo ochenta diciéndote que es un cero kilómetro que sacó ayer de la agencia.

—De esos encuentros salió la frase “Tengo poder porque tengo los teléfonos del poder”...
—Alardeaba demasiado. Se jactaba de su fama y de que tenía una agenda pesada de contactos. Entonces le dije que me la mostrara para ver si era verdad lo que me decía. Me la dio en la mano y tomé nota de los teléfonos de un ministro de Gobierno, de un secretario de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, de un fiscal y de un juez. Me fui al diario y los chequeé con algunos periodistas, nadie tenía esos teléfonos. Así que llamé al del ministro. No había contestador automático ni filtro ni nada. Me atendió directamente. Luego probé con el secretario de Seguridad y pasó lo mismo. Realmente el tipo tenía teléfonos de altísimo nivel.

—¿Lo llamaron más barras después de la publicación del libro?
—Una persona que está muy nombrada en el libro estaba muy enojada. Así que me fui a tomar un café a media cuadra de su casa. El tipo se sorprendió cuando le dije “Voy hasta tu casa y charlamos lo que haya que charlar”. Cuando nos encontramos, le mostré las causas judiciales y le dije que si él no sabía sobre eso era porque sus abogados no se lo contaron. En el trato con ellos es clave hacerles frente, con el poder que te da la veracidad de la información. Lo insólito es que la queja de la mayoría de los barras para con el libro tiene que ver con que fulanito quedó más guapo que menganito en determinada pelea. “Eso que te dijo este es mentira, en realidad el que más se la aguantó ese día era yo”, me dijeron algunos. Pensé que iban a estar más preocupados por el sinfín de causas judiciales.

—¿Tuvo miedo alguna vez?
—Con los barras, no. La única vez que sentí amenazas reales fue cuando publiqué una investigación acerca de los policías que habían liberado la popular de Vélez para que la barra brava de River arreglara sus internas mediante una pelea feroz. La Comisión de Deportes pidió un informe mientras que Asuntos Internos de la Policía Federal separó de sus funciones a esos policías. Lo que yo no sabía es que me había metido con el recaudador de alguien mucho más poderoso. Tuve tres días muy complicados porque, además de llamarme a cualquier hora con amenazas o canciones de la marcha fúnebre y cosas así, empezaron a conseguir datos y teléfonos de personas cercanas a mí pero que ni siquiera tenían el mismo apellido. ¿Cómo sabían a qué colegio iban mis hijos? Pasados los días y luego de hablar con las autoridades de Clarín, los llamados cesaron de inmediato.

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