miércoles, 30 de diciembre de 2009

LA HISTORIA DEL PALO (Gloria Guerrero)


MI LIBRO DEL MES...



FINAL DE TEMPORADA, EL BIEN Y EL MAL DEFINE POR PENAL


Reencuentros, separaciones, conciertos maravillosos y otros signados por el caos y la muerte, la sensación de inequidad en el juicio por Cromañón, las limitaciones a los decibeles y las declaraciones de Abel Posse fueron los puntos salientes del año rockero.

Por Roque Casciero


En 2009, el rock no estuvo sólo arriba de los escenarios o en los estudios de grabación. También pasó por Tribunales, por hospitales, por sedes políticas, por comisarías, por televisión y hasta por la tapa de este diario, con las antediluvianas declaraciones del ex ministro de Educación de Mauricio Macri. Fue un año lleno de sensaciones encontradas para los espíritus rockeros: conciertos multitudinarios para guardar en la memoria y el corazón, visitas internacionales esperadas durante años, separaciones de bandas muy populares, entradas a precios ridículos, muertes absurdas, regresos geniales y otros fallidos, decibeles para abajo, Violencia Rivas, poca renovación en cuanto a sonidos e ideas, cancelaciones de festivales y cierre de lugares para shows grandes (además de los problemas para concretar los chicos, que venían de antes), la sensación de inequidad que dejó el juicio por Cromañón, lavadas de manos varias y la consolidación de algunos (pocos) artistas. Todo parte de un panorama enrarecido, en el que ni los mejores acordes ni la letra perfecta valdrán por las vidas de Rubén Carballo y Melisa La Torre, muertos en situaciones aún no explicadas durante shows de Viejas Locas y Las Pastillas del Abuelo, respectivamente. Ni servirán para zanjar el mar de odio y dolor impuesto por el dedo medio en alto de la madre de Patricio Santos Fontanet a otras madres que perdieron a sus hijos hace hoy cinco años, en la noche fatídica de Cromañón. Hubo bálsamos para el alma, sí, pero ante la magnitud trágica de estas situaciones, tuvieron gusto a poco.


Radiohead y los demás


Cuando los seis integrantes de Radiohead volvieron al escenario del club Ciudad para un bis fuera de programa, ya habían dado un concierto imposible de olvidar, no hacía falta más.


Pero hubo más y fue “Creep”, su primer hit, el que hacía años se negaban a reproducir en vivo. ¿Cómo no quebrarse con esa letra del tipo que se siente tan poca cosa? No en vano la canción fue (es) un himno para los “bichos raros” de varias generaciones... El show, con las estalactitas de luces, Jonny Greenwood convertido en multiprocesadora y Thom Yorke extrañamente sonriente, fue de lo mejor que se vio en estas tierras e hizo olvidar los quince años que hubo que esperar para vivirlo. Y además, fue el 24 de marzo, una fecha que la banda no pasó por alto: les dedicó “How to Disappear Completely” a los desaparecidos.


Aunque costará encontrar paralelos para ese show de Radiohead, afortunadamente no fue la única visita que brilló durante 2009. AC/DC volvió a enchufar a los argentinos a 380 durante tres noches en River y le hizo honor a su tradición de locomotora rockera. El quinteto australiano le da a su público lo que éste reclama, sin necesidad de renovarse ni de intentar caminos nuevos para sostener su vigencia: alcanza con que Angus Young salga a repartir agudos vestido de colegial, con que Brian Johnson se cuelgue de la campana en “Hell’s Bells” y con los cañonazos del final, mientras suena “For Those About to Rock (We Salute You)”. Los amantes del rock más duro ya habían tenido una panzada con el regreso de Iron Maiden, que en esta vez sí trajo toda la parafernalia con la que había girado por Europa, y el River a medio llenar de KISS. Por los festivales y estadios pasaron artistas de la talla de Depeche Mode (gran show en el Ciudad), The Prodigy, Pet Shop Boys, Die Toten Hosen (que reafirmó su romance con el público argentino), los reagrupados Faith No More (lección magistral del cantante Mike Patton), Kraftwerk (abrió para Radiohead), Manu Chao, los uruguayos La Vela Puerca y No Te Va Gustar y artistas ascendentes como The Ting Tings y Gogol Bordello. Claro que no todos pudieron tocar con el volumen adecuado. Pero ése es otro tema.


Estúpidos decibeles


Presencia desagradable en los festivales y shows grandes, si las hubo: los inspectores que, decibelímetro en mano, controlaban que el volumen estuviera dentro de los marcos legales.


Claro que, según los organizadores, los decibeles permitidos en la zona de Núñez (donde están el Ciudad y River) son sobrepasados sólo con el ruido del tránsito sobre Libertador. El gobierno de Macri decidió que los vecinos no podían ser molestados por esas catervas de “jóvenes estupidizados por el rock” y cerró GEBA antes de la realización de Creamfields, casi al tiempo que ordenaba bajar los decibeles en el Pepsi Music. Los músicos quisieron poner el grito en el cielo, pero no había caso, no se podían sobrepasar los 95 decibeles en la zona del mangrullo. ¿Alguna vez alguien imaginó escuchar a Divididos a volumen tan bajo como en el Pepsi?


Después, Macri recibió al productor Roberto Costa –justo antes de irse de Time For Fun–, Mario Pergolini y rockeros varios, quienes reclamaron sobre el tema. El “acuerdo” fue que se podría subir un poquito el volumen, pero que en 2010 ya no podrán hacerse shows en el Ciudad –del que Gustavo Cerati se despidió con los volúmenes al taco– y sólo habrá diez por año en River, que le aporten a la cultura porteña (¿según quién?). Si se tienen en cuenta los ya programados para Coldplay, Metallica y Guns N’Roses (a fines de marzo, con Jane’s Addiction como invitados), queda bastante poco para el resto de 2010. Las alternativas que presenta el gobierno PRO –el Parque de los Niños y el Parque Roca– son inviables para los productores por cuestiones de acceso y de... seguridad.


Si sólo se tratara de una disputa entre vecinos y productores, el gobierno porteño quedaría en medio, en la incómoda posición de tener que hacer consensuar a unos y a otros. Pero la elección por parte de Mauricio Macri de un ministro de Educación (¡nada menos!) que salió a opinar que el rock estupidizaba a los jóvenes hizo que la mirada de los rockeros se tornara más dura con el jefe de Gobierno. “Posse Music” fue el logo “adaptado” del Pepsi que Página/12 puso en su tapa del domingo 13 de diciembre, mientras todavía estaba en funciones el ministro que atacó al rock y, mucho más grave, defendió la dictadura y a Julio Argentino Roca. Lo que hizo el diario fue darles el micrófono a los rockeros, sin límites para los decibeles, y desde León Gieco hasta Andrés Calamaro, todos criticaron la visión retrógrada de Abel Posse. Walas, de Massacre, diferenció entre fascistas “amateurs y profesionales”, ubicó al ministro entre los segundos y rogó que “Abel no nos haga pasar las de Caín”. Dos días más tarde, Posse renunció.


Ca$hejeros


Casi diez millones de pesos. Eso es lo que le reclaman al Estado los integrantes de Callejeros, por lucro cesante, daño moral y el fallecimiento de sus familiares y allegados. Todo sucedió después de que se diera a conocer el fallo que absolvía a los músicos en la causa por la muerte de 193 personas en Cromañón. El manager de la banda, Diego Argañaraz, en cambio, fue condenado a 18 años de prisión como partícipe necesario en el incendio doloso calificado. Esa es la mayor contradicción que se señaló en la sentencia por parte de quienes saben cómo funciona una banda de rock –porque los Callejeros no son marionetas de un manager que los eligió en un reality– y de quienes vieron con profundo desagrado cómo los músicos jugaban a la obediencia debida para despegarse de su otrora amigo. Omar Chabán fue el que recibió la pena mayor: veinte años de prisión. Y su ayudante Raúl Villarreal, un año. El subcomisario Rubén Díaz fue condenado a 18 años y las ex funcionarias de Control Comunal Fabiana Fiszbin y Ana María Fernández, a dos más cuatro de inhabilitación. En la plaza de Tribunales, los fans de la banda festejaron la absolución de los ¿músicos? como si se tratara de un partido de fútbol.


Dentro de la sala, Susana, la madre de Fontanet, les hacía el gesto de fuck you a los padres de los chicos muertos en Cromañón. Hubo corridas, carros hidrantes, declaraciones fuertes. Y el dolor, que nunca tendrá fin, ni siquiera recibió un poco de consuelo.


Rubén y Melisa


Después de Cromañón, todo el mundo salió a mostrar lo bien que hacía las cosas, cuánto se preocupaba por la seguridad del público y demás. Una investigación del Suplemento NO de este diario demostró que, cinco años más tarde, la tragedia sólo sirve como excusa para cobrar coimas más caras. Pero la mayor demostración de lo poco que se aprendió con la muerte de 193 personas en un show de rock fue que otras dos murieran durante este año, aunque en circunstancias distintas. Las Pastillas del Abuelo dieron el 5 de diciembre su show más grande. Fue en Ferro, desde donde una ambulancia trasladó a Melisa La Torre, quien falleció más tarde en el Hospital Teodoro Alvarez, al parecer por el hundimiento de su caja torácica al ser aplastada contra una valla. La banda suspendió todas sus actividades hasta que se aclare qué sucedió. “Estamos muy golpeados y pasando momentos de mucho pesar”, dijeron. Casi al mismo tiempo, Callejeros confirmaba su participación en Cosquín Rock.


La supuesta “aclaración” de Pity Alvarez sobre el caótico regreso de Viejas Locas en Vélez carecía de la coherencia y de la profundidad que merecía el tema. El músico se lavó las manos; la productora hizo otro tanto, pero hubo montones de apaleados –por la brutal represión policial y por la hinchada de Vélez, que ese día parecía ser parte de la organización– y un muerto, Rubén Carballo, cuya autopsia desmiente la teoría de los uniformados sobre que se había caído tratando de colarse. Según el informe, el golpe en el occipital que le partió el cráneo fue “con un objeto romo”. Romo como, por poner un ejemplo al azar, un bastón policial. La causa sigue abierta. A Botafogo le saltó la térmica tras el caos por la vuelta de Viejas Locas y escribió una carta pasada de rosca en la cual, sin embargo, no cuesta demasiado encontrar verdades inapelables.


Hola. Chau


Para que volviera Viejas Locas, primero se desarmó Intoxicados: el último show ¿de la banda? fue sólo con Pity y el baterista Abel Mayer (quien también toca en VL), además de músicos invitados, en Cosquín Rock. Los Piojos no se separaron oficialmente porque anunciaron un “parate”, pero las tensiones entre los integrantes del grupo no hacen prever un regreso pronto. ¿A eso no se lo llama separación? Algo similar sucedió con Bersuit Vergarabat: por más que los discos de Juan Subirá, Gustavo Cordera y De Bueyes aparezcan “presentados” por la nave madre, se sabe que la mala onda campea en el frente interno. Y otros que volverán a desarmarse pronto son Los Fabulosos Cadillacs, quienes regresarán a sus caminos individuales tras el exitoso Satánico Pop Tour.


La cara opuesta de la moneda fueron los regresos. O los no-regresos: el fin de año encuentra a Divididos con su disco listo, pero sin una discográfica que le ponga el moño. Sí hubo retornos de bandas como Peligrosos Gorriones, pero sobre todo de un tipo que volvió al ruedo en gran escala: Charly García. Su show en Vélez, bautizado como “subacuático” para su edición en DVD y Blu-Ray, fue un reencuentro esperadísimo con el público después de la internación para rehabilitarse de sus adicciones. Con la ayuda del trío de músicos chilenos que lo acompañó en los últimos años, más Hilda Lizarazu, el Negro García López y el Zorrito Von Quintiero, García fue recuperando la confianza mientras avanzaba el concierto, pese a que no se pudo usar todo el andamiaje previsto debido al temporal de esa noche. Y el momento cumbre fue el encuentro con Luis Alberto Spinetta (“mi maestro”, dijo Charly) para compartir “Rezo por vos” justo cuando arrancaba el diluvio.


El cruce se repitió el 4 de diciembre, en el mismo lugar, en el concierto que los músicos argentinos votaron como el más importante de la década en la encuesta del Suplemento NO: el show de Luis Alberto Spinetta y Las Bandas Eternas. Las (cortas) cinco horas en que el Flaco repasó parte de su riquísima historia les permitieron a varias generaciones reencontrarse o encontrarse por primera vez con Almendra, Invisible y Pescado Rabioso. Nada menos. Como si en la misma noche se hubieran reunido Los Beatles, King Crimson y Led Zeppelin, todos liderados por un tipo del Bajo Belgrano que en cuarenta años de trayectoria se dedicó a esparcir ruido de magia. Fue maravilloso, sublime, monumental. ¿Unico? Ojalá que no. ¿Será mucho pedirles a los Reyes Magos un concierto de cada banda por separado?

EDITORIALISTAS APOCALÍPTICOS


Por Ricardo Foster


La violencia ha recorrido como un hilo rojo gran parte de la historia argentina. Su presencia espectral entre nosotros sigue marcando a fuego cuerpos y memorias como si quisiera recordarnos que la amenaza perdura, que no ha sido clausurada en la noche de épocas que han quedado detrás de nosotros. Bajo la forma de oscuras predicciones, y modificando con astucia el lugar de víctimas y victimarios, pareciera querer instalarse como si la sombra de Facundo o la de tantos arrasados por otros fuegos asesinos estuvieran danzando en medio de las pesadillas que pueblan nuestras noches. Escuchamos y vemos a ciertos profetas del Apocalipsis anunciar la llegada de ríos de sangre; nos despertamos por las mañanas mirando furtivamente hacia todas las direcciones imaginando que el día ha llegado y que masas vandálicas, que hordas de piqueteros armados, infectan con sus presencias violentas las zonas decentes de las ciudades.Emboscados, así los nombra la sacerdotisa de la oposición más virulenta, se preparan –los movimientos sociales armados por el Gobierno– para tomar por asalto a los honestos ciudadanos que buscan manifestar sus convicciones democráticas y republicanas subidos a tractores emblemáticos de una Argentina productiva y virtuosa que sufre las continuas agresiones de la canalla inclasificable, de esa que se gesta entre las ordalías clientelísticas y a las que prepara maquiavélicamente el kirchnerismo para lanzarlas, cual mazorqueros, contra las instituciones, la propiedad y la santa virgen María. Locura de las palabras que se arremolinan para desatar, si eso pudieran, una incontenible tempestad purificadora, esa que cada tanto aparece en las anunciaciones proféticas de la sacerdotisa platinada y tostada por soles beatíficos. Aunque lejos de quedarse atadas en el interior de una retórica alucinada, esas palabras de horror y espanto son prolijamente retomadas, como si fuera una suerte de cadena nacional, por gran parte de los medios de comunicación que no paran de replicar, una y mil veces, esas torvas denuncias como si fuesen la expresión de una llamarada que se extiende a lo largo y ancho del país.“La espiral de la violencia”, así titula el editorial de La Nación del domingo 25 de octubre, relatándonos con lenguaje “reflexivo” que la Argentina, “su” Argentina, corre un serio riesgo allí donde ha ido, el Gobierno, prohijando al hijo del demonio bajo la forma de pandillas de piqueteros, de usurpadores del papel del Estado que alimentados por “el oro de Moscú” (¿así se decía antes, no? ¿Ahora será el petróleo de Chávez?), se han ido pertrechando para tomar por asalto el poder y lograr que nuestra bendita patria gire hacia la órbita del satanismo igualitario-populista. Claro, La Nación tiene una retórica diferente, más cuidadosa y medida, que la que suele salir de la garganta de la pitonisa del Apocalipsis.Leamos con atención lo que nos dice el diario de Mitre: “Hay procesos en la vida colectiva que no se inauguran en un momento preciso (hay que estar atentos y vigilantes para cortar a tiempo la cabeza de la Hydra antes de que se reproduzca y sea demasiado tarde; esto, estimado lector, lo agrega este cronista entusiasmado por la potencia anticipadora del editorialista). La sociedad (¿Cuál? ¿La corporación mediática? ¿La mesa de enlace? ¿El taxista que escucha Radio 10 y recuerda, junto con su pasajero que desciende en algún barrio elegante, toda la genealogía del racismo, el prejuicio y la reacción heredada durante generaciones y bien amasada por el resentimiento? ¿La fecunda y sutil oposición de los Macri y los De Narváez? ¿Quién es la sociedad, señor editorialista? ¿Acaso la representa el doctor Grondona con su jerga etimologizante, paqueta y siempre asociada a momentos infaustos para la democracia, o el elocuente Morales Solá con sus indisimulados juegos retóricos de elocuencia “destituyente”? ¿Son los gerentes de Kraft Foods o los campechanos miembros de la Sociedad Rural? Sería útil, para los lectores, que de vez en cuando se aclaren algunos conceptos) los reconoce una vez que, sorprendida, advierte estar instalada en un estadio distinto del que no sabe cómo llegó.


Con la irrupción de la violencia política en la Argentina está ocurriendo eso (así, sin anestesia ni rubor, como quien da un parte meteorológico, lo dice La Nación). No tuvo una fecha de bautismo. Sin embargo, en los últimos días, las noticias sobre personas o grupos que se manifiestan usando la agresión física se han multiplicado hasta crear entre nosotros una nueva y peligrosa atmósfera (perdón, hay algo que no entiendo, ¿eso mismo escribían de los piquetes ruralistas que cortaron durante semanas gran parte de las rutas de la pampa húmeda? ¿Sus gritos amenazantes, su jerga de alcantarilla convertida en retórica republicana, sus cuadrillas que hacían las veces de policía aduanera, qué eran para el virtuoso editorialista? ¿Y los violentos escraches al diputado Agustín Rossi, acaso fueron expresión de diálogo democrático? ¿Será que los huevos que le arrojaron al senador Morales, hecho que repudio, fueron arrojados por manos negras y piqueteras mientras que los otros eran de gente bien y decente? Extraña la vara que usa para medir las conductas de unos y otros).Sigamos leyendo el imperdible relato que, ahora, nos hará la descripción detallada de esa “espiral de violencia”: “Algunos trabajadores de Kraft Foods tomaron de rehenes a directivos de la empresa y agredieron con facas y cortaplumas a otros empleados que no querían plegarse a su medida de fuerza.


Mientras sucedían esos episodios en Pacheco, una agrupación denominada Movimiento de Desocupados tomaba en Tartagal, Salta, una planta de gas de la empresa Panamerican y quemaba dentro de ella dos automóviles” (claro, esa es una violencia infinitamente mayor que arrojar miles de litros de leche, dejar que la comida se pudra para defender una renta extraordinaria o desalojar a cientos de pequeños campesinos para ampliar la frontera sojera).


Sigue largamente el editorialista haciendo la crónica de tanta violencia de abajo para desembocar en lo que le interesa particularmente, la demonización de la agrupación Túpac Amaru de Milagro Sala, a la que acusa de todos los males posibles: usurpar la función del Estado, hacer un uso discrecional de los fondos públicos, ejercer el clientelismo, convertirse, supuestamente (deja el condicional para mostrarse ecuánime) en una organización armada. El editorialista interpreta todos estos “acontecimientos” como parte de un plan político de ciertos grupos de piqueteros entusiasmados con radicalizar la situación argentina llevándola hacia la órbita de Venezuela o algo parecido. Se viene la insurrección y, eso parece querer decirnos tan prestigioso diario, hay que impedirla porque lo grave es que se viene con la anuencia del Gobierno. ¿Era sólo la pitonisa paranoica la responsable de tamaño delirio retórico o, más bien, casi una voz coloquial junto a estas otras expresiones revestidas de un lenguaje pausado y escrupuloso?Ya en el final, el editorialista busca conmovernos utilizando viejos argumentos que, al menos a mí, me hacen acordar a oscuras retóricas de la noche argentina: “De pronto, en distintos sectores de la esfera pública, y encarnada con distinta intensidad en actores diversos (piqueteros, villeros, estudiantes ultraizquierdistas, pueblos originarios, intelectuales alarmistas que hablan de ‘clima destituyente’, narcos –por supuesto, no podían faltar en este fiesta lumpen–, etcétera), apareció la violencia. Muchos la esperaban (¿Quiénes? ¿El editorialista, acaso?) con la escenografía dramática de un estallido. Pero llegó de otro modo: como el resultado de un sigiloso deslizamiento. Es una dinámica acaso más riesgosa, porque puede lograr que reaccionemos cuando ya sea tarde”. ¿Le queda algo de la antigua mesura de la que hacia gala el diario de los Mitre? Su lenguaje es el de quien desea ver cumplida su profecía apelando a giros que nos retrotraen a otras épocas y que buscan equiparar este tiempo argentino con los años setenta. Su intención es elocuente e indisimulada: llegó la hora de parar a los movimientos sociales del mismo modo que hay que terminar con la pendiente hacia el maximalismo (palabra que seguramente usaría un viejo editorialista de La Nación del primer centenario) al que nos conduce el desenfreno y la espiral de violencia desatada por el Gobierno. Los espectros de otra Argentina revolotean alrededor de este editorial que se complementa con un segundo y algo más acotado pero no menos virulento editorial de ese mismo domingo y que cierra tan virtuosa página de doctrina. Su tema y su título hacen que las palabras sobren: “Aborto e intolerancia”. Leerlo es entrar directamente en las argumentaciones más ultramontanas y reaccionarias poniendo del lado de miles de mujeres que se manifestaron pacíficamente en Tucumán nuevamente la emergencia de acciones violentas y antidemocráticas.Los dos editoriales expresan de maravilla la ideología de La Nación a la que habría que felicitar por tanta honestidad intelectual. Cada palabra fue escrita para que comprendamos qué está en juego y dónde debemos colocarnos.


Las sutilezas y los argumentos, el lector puede ir a buscarlos a la página siguiente donde podrá entretenerse con las columnas de sus dos periodistas estrella. Sigo, sin embargo, abrigando algunas dudas: ¿quién promueve la crispación? ¿Quiénes generan la “espiral de violencia? ¿Dónde están las armas y dónde los emboscados? ¿Cómo es posible, se alarma el editorialista, que una organización social que lleva el nombre de Túpac Amaru, un insurrecto, de alguien que ejerció la violencia contra las instituciones de su tiempo, tenga el tupé de expresar la voluntad política, cultural e igualitaria de miles de compatriotas despojados por los poderosos de siempre? ¿Acaso imaginan otro descuartizamiento, esta vez mediático, de Milagro Sala como aquel otro que los señores feudales hicieron con el inca? ¿Cómo puede ser, insisten esas plumas insignes, que una india ex presa organice a los pobres y desarrolle una acción extraordinaria de reparación social y de afirmación de los derechos? ¿Dónde está la prudencia y la mesura de ciertos políticos que utilizan una retórica incendiaria pero que son recibidos por los grandes medios de comunicación como si fueran la Madre Teresa de Calcuta? Preguntas, creo, cuyas respuestas no será posible encontrarlas en los editoriales de tan prestigioso diario.

SIN PALABRAS


Llegan a la escuela sin hablar castellano, pero les exigen que aprendan a leerlo y escribirlo. La ley que estipula la enseñanza intercultural y bilingüe no se cumple y hay pocos maestros que saben las dos lenguas. Retrato de una realidad que avergüenza.



Por Luciana Malamud


El sol cae lento sobre las calles de tierra y el día termina para las mujeres que vuelven del monte con ramas de chaguar. Son duros los días en Las Lomitas, pueblo formoseño ubicado a 300 kilómetros de la capital provincial. Y más aún en los ranchos que lo rodean, donde las comunidades wichí se niegan a dejar morir su cultura. Son los mismos indígenas que cortaron la ruta 81 a lo largo de 30 días para pedir mejores viviendas, mejores escuelas y que se cumpla su derecho a tener una educación bilingüe.A la vera de la ruta hay pequeños barrios de casitas humildes y un complejo de viviendas que se inauguró cuatro veces aunque sigue desocupado. Un largo boulevard lleva a una de las comunidades donde Avelino cuenta que las dos aulas de la escuela N° 509 no alcanzan para los más de 100 chicos que, en su mayoría, comienzan las clases sin hablar castellano. “Queremos que nuestros hijos sean mejores que nosotros –dice el hombre–. El gobierno tiene un petitorio sobre los maestros que necesitamos, los agentes sanitarios, las viviendas. Ellos no valorizan el derecho que tenemos.”El programa provincial de Educación Intercultural Bilingüe (EIB) existe en Formosa desde 2003, y se incorporó en la Constitución nacional en 2006, pero no se cumple cabalmente: los directores no siempre respetan el rol del Maestro de Educación de Modalidad Aborigen (Mema), un integrante de la comunidad que ayuda a los docentes criollos a explicar en wichí lo que los chicos no entienden en castellano, además de transmitir su propia cultura. Tampoco todos los Mema tienen la preparación adecuada: algunos eligen estudiar porque es una salida laboral entre pocas opciones, y muchas veces son elegidos sólo por simpatía política. Que esos dos puntos se solucionen es uno de los reclamos más importantes de las ocho comunidades que forman la red Interwichí desde 1992.“La escuela no garantiza que aprendan a leer y escribir –dice Tito, de la Asociación para la Cultura y el Desarrollo (APCD), que trabaja en la zona desde hace veinte años–. Los Mema, en general, no pueden ir a cursos de capacitación porque tienen que pedir premiso al director, que lo transmite al ministerio y la respuesta tarda tanto que no llegan a tiempo.”En el patio de la escuela, bajo un árbol, la cocinera revuelve la olla con los fideos del almuerzo; como todos los días, los chicos almorzarán ahí aunque no haya clases, al igual que en otras escuelas de las comunidades.Otra dificultad en la implementación de la educación bilingüe es la ausencia de una gramática wichí: “Hicimos materiales didácticos de historia y cultura wichí en idioma original, con partes en castellano. Pero no los usan”, acusa Mariano López, dirigente del barrio Lote 27. Para Tito, la explicación es que los docentes “no saben cómo usarlos o tienen miedo. Los maestros que lo intentan, son censurados. El sistema está pensado para que la historia wichí no enganche en la estructura formal”, afirma.Maestros, especialistas y pedagogos sostienen que el manejo de la lengua propia es fundamental para conformar la identidad y aprender. Pero Leo, de la APCD, señala que “la construcción de una gramática es una tarea participativa. Para eso, los Mema se tienen que capacitar en cómo escribir”.Naldo, un maestro criollo radicado en Las Lomitas hace veinte años, sugiere que “no hay política educativa. A nivel provincial se hacen cursos para docentes, pero no se supervisa lo que pasa después en las aulas, donde los Mema no pasan suficiente tiempo”. Y agrega que “se hicieron nuevas escuelas pero en algunas no hay baño ni agua, no tenemos muebles...


Pedimos por nota pero no nos dan bolilla. Depende del partido político con el que simpatice el director y de la fuerza de los padres y la comunidad”. Pero también ve las fallas de los docentes: “Parten del supuesto de que los chicos tienen menos neuronas que el resto, que son vagos. Siempre la culpa es de los padres o de los chicos, nunca de ellos”.Alejandra Vidal y Verónica Nercesian, lingüistas e investigadoras del Conicet, advierten que “quienes desde las instituciones educativas cuestionan la legitimidad de la enseñanza de las lenguas indígenas desconocen los derechos fundamentales de los pueblos e impiden que mantengan y refuercen sus instituciones, culturas y tradiciones”. Con la experiencia que les brinda el trabajo de campo, señalan que “la diversidad lingüística es percibida como un ‘problema’ para la escuela cuando no se es capaz de encontrar ‘soluciones’. Si el bilingüismo es una situación ‘normal’, ¿por qué se elige como único camino la alfabetización en castellano?”. Tienen una teoría en cuanto a la posible respuesta: “Para los economistas de la educación, la ecuación costo/beneficio va en contra de la alfabetización en lengua materna. Hay que elaborar un currículo adecuado y formar maestros e imprimir libros. Es necesario contar con alfabetos, gramáticas, diccionarios, colecciones de textos y escritores en esas lenguas. Las cifras oficiales exponen la urgencia de revisar el trabajo en las escuelas”.Los niños wichí saltan descalzos sobre los charcos de agua que deja la lluvia y conviven con la basura que nadie recoge. En Las Lomitas todavía llueve, en Ramón Lista –el último departamento al noroeste de Formosa, en el límite con Salta– hace más de cuatro meses que no cae una gota y la tierra se resquebraja de sólo mirar. “Usted está cruzando el Trópico de Capricornio”, avisa un cartel, rodeado de cactus y vacas flacas que no tienen dónde pastar. Allí son 50 las comunidades wichí, casi la mitad de las 120 que habitan en la provincia.En el barrio María Cristina, hace unos meses, los padres decidieron no mandar a sus hijos a la escuela en reclamo de mejoras.


“Parecen nuestras antiguas chozas”, dicen, y repiten que el año pasado hicieron numerosas notas a las autoridades que no tuvieron respuesta. Además de María Cristina, Campo del Hacha, Tres Palmas, San Miguel y Lote 1 cerraron sus escuelas durante una semana. Los padres construyen aulas de adobe con la ayuda de organizaciones civiles. “Comenzamos el año remendando las escuelas estropeadas, donde no tenemos baños, ni agua, donde las chapas están con agujeros. Los maestros también sufren porque no pueden dar bien las clases”, dice uno de los caciques y señala dos aulas que alojan a 250 chicos de primario.“No sé cómo es la educación común pero no estamos al mismo nivel –dice Olivar, un joven Mema de la escuela N° 419 y trabaja en la municipalidad–. Sarmiento dio clases debajo de un árbol, nos dicen, pero eso pasó hace muchos años. Tenemos derecho de acceder a lo mismo que todos los ciudadanos.”Ulises estudia el profesorado con una beca del Centro para Desarrollo, con algunas dificultades: “En la universidad el ritmo es más rápido y para nosotros es difícil aprender. Acá parece todo natural. Mi idea es venir a enseñar...”.La escuela ayuda a preservar la cultura y la lengua es uno de sus pilares. “Tengo cinco horas semanales pero no alcanza, porque hay que transmitir la cultura y enseñar las materias”, lamenta Olivar, y recuerda que por ley debería tener dos horas diarias.Entre un barrio y otro, frente a un largo descampado que en la zona señalan como la pista de aterrizaje del gobernador, se ve una escuela flamante de techos azules. Es una de “criollos”, a la que los wichí deciden no ir. Excepto Celsa Simón, que la eligió para Dina, su única hija de 7 años. “Pensé que si ella aprende más, puede ser maestra y enseñar en la comunidad”, explica convencida.La integración sin perder identidad es un equilibrio difícil de lograr. “No sabemos cómo hacer para que los chicos aprendan a intercambiar con otros –comenta Agapito López, debajo de un dibujo de indios con plumas, arcos y flechas–. Egresan y no pueden enseñar a los ancianos que no estudiaron.” Gregoria se acerca de a poquito a la ronda de varones. Es la única mujer que se anima a hablar, además de Celsa. Con sus 33 años, tiene 9 hijos, los más grandes en secundaria. “Los chicos llegan a cuarto grado sin saber leer ni escribir”, se queja en wichí y Celsa traduce. En Tres Palmas asisten 35 chicos a primaria y 15 a jardín. El delegado cree que los docentes “toman mucha licencia y no hay reemplazos. Hay una hora de recreo y los chicos se atrasan demasiado. Los más grandes estudian al aire libre, pero sufren mucho y al tiempo, algunos deciden no venir más”. El Mema va dos días por semana y por la tarde.La escuela 414 de barrio Lote 1 –un ranchito de un aula multigrado a la que se le vuela el techo de chapa– recibe 1.458 pesos mensuales para la comida de los 40 chicos que asisten. El comedor es la ronda en la tierra bajo techo de paja. “Los chicos no quieren comer en la mesa –reconoce un maestro–, pero también es función de la escuela enseñarles estas cosas.” Una de las alumnas se acerca con un hijo en brazos, mientras los otros tres corren por ahí. Tiene 25 años, está en quinto grado y comparte el aula con su hijo de 6 que está en primero.Aquella ciudad pujante que fue Ingeniero Juárez cuando pasaba el tren que iba de Bolivia a Santa Fe es hoy es un pueblo más en una provincia pobre, con 19.000 habitantes de los cuales 5.000 son aborígenes. En el barrio tomado, Wichi Loka Hunat (Tierra de Wichí), viven 50 familias desde hace dos años y medio. El lugar antes pertenecía al Instituto de Cultura Aborigen (ICA) y se utilizaba para festivales y ferias artesanales. Julio Flores, uno de los delegados, estudia en el Centro de Educación N° 3 de Barrio Obrero. “Ya veremos qué hacer después, porque no hay trabajo. Lo mejor de la escuela es descubrir nuevos horizontes y ser útil para mi comunidad. Hay muchos que van al secundario. Y está bueno que haya criollos. Si hablamos de unión es mejor hacerlo desde la escuela. Gracias a Dios convivimos sin problemas”, dice.A 10 kilómetros, en El Trébol, dan clase Néstor Martínez, maestro y director, y Liliana Díaz. Néstor creó la escuela como Sarmiento, bajo un árbol; cada mañana se levanta y recoge con la camioneta a los chicos que llegan del monte. Está orgulloso de los baños que levantaron con el aporte de una fundación, pero sigue esperando que el gobierno construya el aula para los de 5 años, que estudian todo el año bajo los árboles.En un cómodo café de la ciudad capital, María del Pilar de la Merced, coordinadora provincial de Educación Intercultural Bilingüe, tiene pocas respuestas para dar.


“Hace veinte años que venimos trabajando y se generaron cambios, aunque no todos los que quisiéramos. El sistema educativo no es flexible, y tampoco quienes están formados en él”, sostiene a modo de explicación. Y agrega que el programa no tiene partida propia en Formosa, con lo cual justifica que “los lugares elegidos para construir escuelas tienen que ver con la organización de las comunidades, los requisitos de los planes de gobierno y el momento en que se hacen los pedidos. Es responsabilidad del ministerio cambiar las cosas”.Marisa Díaz, directora nacional de gestión curricular del ministerio de Nación, responde que “hay políticas federales pero las decisiones son provinciales”, en tanto asegura que “con representantes provinciales del Consejo de Educación Autónoma de los Pueblos Indígenas estableceremos lineamientos generales para trabajar porque hay que abordar el cambio integralmente. Se están definiendo materiales para publicar desde el ministerio”.Luciano Delfin fue de la última camada del Centro Educativo Nivel Medio N° 3 con orientación para Mema. En 2001 lo convirtieron en EGB. Es un edificio enorme que contrasta con las casitas y las calles de tierra.


Ahora está terminando el magisterio. “Se entiende que la escuela es un espacio de cultura e intercambio. Los chicos ya no son tan cerrados y hablan con otros que no son de su comunidad. Se enseña wichí también a los criollos”, reflexiona. El magisterio incluye contenidos para trabajar con wichís y tobas y aumentaron la cantidad de horas de lengua wichí porque, dice Luciano, tienen “una directora muy buena que conoce la realidad. Y los chicos avanzan porque saben que si estudian pueden progresar. Esperan algo más que aprender a escribir y dibujar, que les exija, trato de hacerlos reflexionar”.

"MI IDEA NUNCA FUE TOCAR LA REALIDAD"

Alfredo Casero y su sueño de resucitar Cha Cha Cha. Después de más de diez años, recuperó a personajes míticos del programa y armó una nueva troupe. Defiende el humor surrealista y se enoja con “lo montoneril del Gobierno”. Peronismo, drogas y la biología de la risa.

Por Tomás Eliaschev


En la década del noventa, un hombre irrumpió en la televisión con un estilo surrealista de humor, estilo que llega hasta estos días: Alfredo Casero.La cabeza visible de Cha Cha Cha está de vuelta. Esta vez, no es para adentrarse en los senderos infinitos de la música japonesa, sino para llevar al teatro ND Ateneo a algunos de los míticos personajes del programa que compartió con Diego Capusotto y Fabio Alberti, entre otras personalidades del under. Juan Carlos Batman, el Ratón Juan Carlos y Rolando, el Mono Matemático, son parte de un laboratorio en vivo: Casero reunió una nueva troupe de cómicos por ahora desconocidos (un mecánico de aviones, un poeta, actores no profesionales) con la ilusión de desembarcar, el año próximo, en la televisión: “Me encuentro siempre con los técnicos de América, que se cagaban de la risa, y me dicen que tenemos que volver a hacerlo”, cuenta.


–¿Cómo armaste la nueva troupe?–

Es un secreto, un yeite de carpintero. Son personalidades que vengo siguiendo desde hace muchísimos años. Sé que tienen cosas muy específicas que a mí me dan mucha risa.Cae la tarde en la casa con jardín que acaba de alquilar en San Fernando. Las uñas comidas, el broncodilatador a mano y un nebulizador en la mesa de luz delatan ansiedad ante el nuevo espectáculo, una producción propia en la que se juega todas las fichas: “Hay que encontrar una biología, la forma de entrar en esos mecanismos nerviosos que tiene el espectador en el cerebro y producir una convulsión: la risa”, dice el actor, de 46 años, que suele interpretar personajes dramáticos: su última participación fue en Tratame bien, por Canal 13.


–¿La risa es un vehículo de seducción?–

Siempre. Quien comparte la risa está compartiendo alegría. La risa tiene un peso muy fuerte relacionado con las funciones de tu cuerpo, que es líquido. El líquido es todo: desde tu cerebro hasta tu función sexual. Somos agua en una bolsa de lujo, pero somos agua. Entonces el humor tiene que hacer que ese líquido cambie, camine, brote, se expanda. Tiene que ver con el surrealismo: todo aquello que está por sobre la línea del horizonte, que es imposible de entender. Es como que yo te espere acá, flotando: vos no lo vas a poder entender. Salvador Dalí propendía a la risa.


–¿Cómo se adaptan los personajes de Cha Cha Cha a esta época? ¿Cómo es ahora el Batman antiimperialista que enfrentaba a Superman y tocaba el bombo?–

Hay algo nuevo: nunca presenté personajes de Cha Cha Cha en el teatro. De Juan Carlos Batman, te puedo decir que es peronista. Nada en este país puede no ser peronista. La única realidad que hay es el peronismo. De Narváez es peronista (se ríe maléficamente). Si Perón fuera Buda, todos tendrían que actuar como él, por “el amor y la igualdad”, como dice la marcha. Ahora, los aconteceres políticos que hay para poder lograr eso... (suspira) son tan humanos que hacen naufragar todo.


–¿El peronismo es omnipresente?–

De lo único que vos podés hablar es de peronismo, porque radicalismo no hay más después del Chupete De la Rúa. Está Cobos, que es peor. Tengo una mala imagen de ese tipo que dice “mi voto no es positivo” en vez de “es negativo”. ¿Qué habrá querido ganar? Ponerle vaselina a la chota. Ya esa frase lo mató. ¿Qué político puede ser un tipo que dice esto? Está bien que en este país cualquiera puede ser presidente. Pero sería una pena que sea cualquiera de los que están dando vueltas.


–¿Qué te parece Cristina?–

Soy reticente a hablar de los presidentes. Vos podés no tener respeto por las instituciones. Pero no podés no respetar lo que el pueblo dictaminó. El pueblo dijo que esta es la presidente y no su marido, como si el país fuese una despensa y él sale a contestar en lugar de su mujer. Ahora, si vos te reís del presidente, como Tinelli, después termina gente muerta, porque voltean un gobierno si quieren.


–¿Algunos medios exceden esos límites?–

La política, y los medios, son como cuando en el barrio te quiere fajar uno: podés dar toda una vuelta para no encontrártelo o podés ir directamente a que te caguen a trompadas. Todo el mundo sabe por qué tal diario dice las cosas que dice. Pero llegar a eso entre nosotros le quita seriedad no solamente a la presidenta, sino al país.


–¿Vos no corriste ese peligro al hacer a Gilberto Manhattan Ruiz, la parodia de un ministro de Economía?–

No era una parodia, era él. No hice alusión a Cavallo, sino que hablaba exactamente como Cavallo. Lo que decía era muy claro: “Yo voy por la gloria, a mí no me importa la guita, ni chorear”. ¿Qué hizo el país en su momento? Cuando se armó el quilombo, cayó todo y dijeron “que se vayan todos”, y rajaron al que tenía que arreglar el quilombo.


–¿El tema “Bailando en la Sociedad Rural”, que volvés a cantar en el teatro, toma un nuevo significado a raíz del conflicto entre campo y gobierno?–

Ahora la gente opina de la Sociedad Rural, antes iba a ver vacas ahí, no tenía una potencialidad política. Yo iba y miraba vacas. Ahora voy y veo si hay algo barato para comprar.


–¿Sos productor rural?–

Tengo una chacra en San Luis de cien hectáreas en un lugar donde la tierra es muy barata. Produzco alfalfa para venderles a los chacareros.


–¿El conflicto te afectó?–

No sé de qué se trata. Lo que lamento es ver en muchos lugares la tierra hecha mierda: los agroquímicos son la muerte. Le sacan los nutrientes a la tierra.


–¿Te preocupa estar en armonía con la naturaleza?–

Primero con las personas. Si no, vas a terminar como esos hippies viejos tomando té y prendiendo sahumerios en tu casa cerrada. Primero tenés que ver la gente: mi compromiso tiene que ver, más que nada, con las personas.


–¿Qué era la revolución vaporesiana de la que hablaban en Cha Cha Cha?–

Una revolución pequeña y feliz: desde la nada, sin ningún interés en decir nada, apareció un nuevo tipo de humor, una forma diferente de conexión, que tiene que ver con lo que fue Cha Cha Cha.


–Hay varios mitos alrededor de las grabaciones del programa…

–Está el mito de que vivíamos de pastillas, o locos de faso: no lo podíamos hacer, no se estilaba, no nos daba el cuero. A mí, la marihuana me produce tranquilidad, alegría, y después caigo en una especie de momia: no me puedo mover y me como todo. O sea, no me serviría para trabajar. A los 12 años empecé a fumar. Después dejé porque me sentía mal. Y ahora fumo faso si me quiero tirar a rascarme las bolas. No me gusta el alcohol para nada. Tomé merca dos veces en mi vida. La primera no sentí nada. La segunda, me agarré una hepatitis fulminante. Estaba en una quinta. Llegué a mi casa y caí, pum, no me podía mover, hasta que vino la ambulancia.“Yo le presto mucha atención a mi cabeza –continúa–, y a lo que las drogas provocan en la química corporal. Ahora cualquier problema que tenés, no vas a un psicoanalista y lo hablás: vas a un psiquiatra, te recomienda un Prozac, y andá a tu casa. Y vos no sabés cómo va a funcionar dentro de un tiempo. La modernidad nos ha llenado de epidemias nuevas y también de remedios nuevos”. El peor costado de esa modernidad es lo que denomina “el nihilismo”.


–¿Por qué?–

El nihilista es aquel que destruye todo lo bello que el hombre haya hecho. El que, cuando aparece una chica muy linda en la tele, automáticamente dice que es puta, botinera, que se la cogen todos. Es un gran movimiento que tiene que ver con la ignorancia y la brutalidad berreta del país. Ni siquiera podemos ponernos todos de acuerdo para que gane Argentina: la mayoría está esperando a ver si se la ponen a Maradona porque le tienen bronca. Hoy, todos lo que tendrían que estar señalando esto, están muy encarajinados en hacerse los montoneros.


–¿A qué te referís?–

A esta cosa montoneril que tiene el Gobierno. Y yo sé lo que fue eso: la guerrilla era gente que chumbaba a los milicos. Y los milicos los hicieron mierda. Fue la locura más grande que existió. Gente joven que entregaba la vida porque creía en tipos que levantaban el dedo y decían “vamos, vamos”. Después, los terminaron matando.


–Tal vez encontraban una forma de belleza en entregar la vida por un ideal.–

La locura no es la belleza. Ahí es donde te comiste exactamente el póster del Che: la boina con la estrellita roja.


–¿Qué te provoca la idea del Palito Ortega montonero de Capusotto?–

¡Ja! Fue una época de mierda, pero la gente ahora se ríe de eso: es una forma de liberar. Me encanta el programa del “Capu”, me cago de la risa


Recuerdo un sketch donde vos hacías del empresario Ojete y Capusotto del delegado Antúnez...–¿A vos te parece que eso reflejaba una crítica social, o era un hijo de puta que se cagaba de la risa?–

Y, hay varios empresarios que se parecen a Ojete...–Era un chiste: mi idea nunca fue tocar la realidad. Eso podía ocurrir en cualquier parte del mundo. Es lo quiero decir con esto de los nihilistas y los montoneros: tiene que haber una realidad para adelante, no puede haber una realidad para atrás. Hay que inventar algo nuevo.

martes, 29 de diciembre de 2009

PADRE MARCIAL SERRANO, DESAPARECIDO EN EL SALVADOR


Sacerdote diocesano, párroco de Olocuilta, diócesis de San Vicente, El Salvador.



Es secuestrado el 28 de noviembre de 1980 cuando sale del cantón Chatita, Parroquia de Santo Tomás, para regresar a su casa.


Testigos presenciales le ven hacer el camino acompañado por efectivos de la Guardia Nacional. Es asesinado, según confesiones posteriores de sus captores, y su cadáver arrojado al Lago Llopango, con piedras atadas a sus pies.


El vehículo del sacerdote es encontrado cerca de un puesto de la Guardia Nacional salvadoreña. Su cuerpo no aparece. Marcial es el responsable de la Cooperativa Sacerdotal de El Salvador desarrollando toda su labor pastoral entre los campesinos más humildes.


GATILLO FÁCIL


Declararon a los crímenes de La Tablada de lesa humanidad. La Justicia determinó que los militantes apresados tras el intento de copamiento fueron vejados y ejecutados. Para la viuda de Burgos, uno de los muertos, “el fallo demuestra que reprimieron como en la dictadura”.



Por Carlos Romero



La “masacre” de La Tablada sucedió hace casi 21 años, pero la investigación para esclarecer lo ocurrido ese día interminable en el Regimiento de Infantería Mecanizada Nº III recién ahora comienza a perfilarse. La clave está en el fallo que el juez federal Germán Andrés Castelli acaba de dictar en la causa 5110, donde dispuso que los 13 activistas capturados tras la recuperación de los cuarteles fueron víctimas de crímenes de lesa humanidad, al ser sometidos a vejaciones y, en 9 casos, directamente fusilados. “Lo que se investigan son casos de ejecuciones sumarias y torturas”, determinó el magistrado en su dictamen.El intento de copamiento de La Tablada fue llevado adelante por un grupo de militantes del Movimiento Todos por la Patria (MTP), organización que entre sus principales figuras tenía al fallecido Enrique Gorriarán Merlo, que también había sido parte de la conducción del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). El saldo de la acción, que reprimieron militares y policías por orden del ex presidente Raúl Alfonsín, fue de 28 civiles muertos y otros 3 desaparecidos, junto a 11 caídos en las filas de las fuerzas de seguridad, comandadas por el general (R) Alfredo Manuel Arrillaga.En su momento, el grueso de la sociedad repudió lo hecho por el MTP, en tanto que sus militantes sostuvieron –y sostienen– que tomaron la decisión de avanzar sobre la unidad militar justamente para evitar un nuevo golpe de Estado.Tras un período de “oscurantismo” pericial, la investigación reveló la larga lista de violaciones a los derechos humanos cometidas por los uniformados. Para Martha Fernández Burgos, abogada querellante y viuda de Juan Manuel “Quito” Burgos –uno de los muertos en La Tablada– el dictamen confirma “que, tanto dentro como fuera de los cuarteles, reprimieron como en la época de la dictadura”.La resolución de Castelli, que fijó la imprescriptibilidad de estos delitos, también dispuso que se llame a prestar declaración indagatoria a Arrillaga –que cumple prisión domiciliaria en el marco de la causa por “La Noche de las Corbatas”, de junio de 1977, donde varios abogados fueron “desaparecidos” en Mar del Plata– y al mayor (R) Jorge Eduardo Varando, señalado como el último en tomar contacto con los activistas Iván Ruiz y José Alejandro Díaz, dos nombres clave para la Justicia. En los antecedentes de su escrito, Castelli recoge el informe elaborado en abril de 1997 por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, donde se sostuvo que Ruiz y Díaz “fueron capturados con vida y posteriormente ejecutados, luego de encontrarse bajo custodia y el control exclusivo de los agentes militares que recuperaron el cuartel”. La CIDH concluyó que “9 atacantes que sobrevivieron y fueron capturados por los militares (...), fueron ejecutados extrajudicialmente” y que “los 13 sobrevivientes (...), como otros cómplices aprehendidos fuera del cuartel, fueron torturados por agentes del Estado”.Al cierre de esta edición, Varando permanecía prófugo y el juez había dispuesto las actuaciones necesarias para que declare. Si bien el mayor ya lo había hecho en una etapa previa, Fernández Burgos especifica que el motivo fue “abuso de arma”, un delito menor.Por mucho tiempo, incluso después de que se conociera el informe de la CIDH, la versión oficial sobre el destino de Ruiz y Díaz fue que ambos habían logrado fugarse. Así fue hasta que el Cuerpo Médico Forense de la Justicia Nacional logró identificar, vía estudios de ADN, restos óseos pertenecientes a los dos militantes. No fue fácil. Sus cuerpos habían llegado a la morgue totalmente carbonizados.Como primera reacción, la defensa de Arrillaga apeló la decisión del juez, que ahora deberá elevar la causa a la Cámara Federal de San Martín, la misma que, en la causa Nº 1722 y basándose en la Ley de Protección de la Democracia, condenó a prisión a todos los miembros del MTP que participaron del intento de copamiento.Fernández Burgos, que tiene sus reparos sobre el futuro de la causa, recuerda que el cadáver de su esposo fue reconocido el 16 de diciembre de 1997, a ocho años del episodio.


En esa tarea, además del Cuerpo Médico Forense, que realizó los exámenes de ADN, también participó el prestigioso Equipo de Antropología Forense, que llevó adelante la exhumación.Fue un proceso largo y duro. Y cuando la abogada obtuvo el certificado de defunción de su esposo, además de que no consignaba estado civil ni profesión, como fecha de deceso figuraba el día en que se realizó la exhumación y no la fecha en que “Quito” Burgos perdió la vida. Justamente, un interminable y caluroso 23 de enero de 1989.

BELÉN, 2009 AÑOS DESPUÉS DE CRISTO


Cómo es la vida cotidiana en la ciudad, rodeada hoy por un muro que la separa de Jerusalén. Ya casi no quedan cristianos y la Navidad se festeja en tres fechas distintas.



Por Jorge Cicuttin(Desde Belén)



Amarillo y gris. Estos son los colores que predominan en Belén. El amarillo pálido de las rocas de las viejas casas del casco antiguo. El gris frío del concreto con que está hecho el muro que rodea la ciudad de manera serpenteante y que levantaron los israelíes para frenar los ataques de terroristas suicidas.¿Qué colores predominarían en el pueblo al que llegaron José y María 2009 años atrás? Quizás el de las rocas pálidas de las colinas, salpicadas por el verde de los olivos.Anochece temprano en Belén. Y los colores de esta tierra al sur de Jerusalén van cambiando. Son las cinco de la tarde de un día de diciembre, estoy parado frente a la Iglesia de la Natividad, y del sol quedan apenas algunos recuerdos en el horizonte. ¿A qué hora habrán llegado, a lomo de burro, hace poco más de dos mil años, al refugio del establo?Oscurece. Y la tranquilidad permite escuchar voces que llegan de una de las angostas calles que rodean la iglesia. Una tranquilidad extraña, pasajera, en lo que la historia marca como una de las zonas más conflictivas del mundo. Señalada por la geografía como la intersección de tres continentes –Asia, Europa y Africa–. Y por la religión, como el lugar en el que confluyen la Biblia, el Corán y la Torá.Belén está en Cisjordania, separada por apenas 9,5 kilómetros de Jerusalén. Hoy es una ciudad bajo control de la Autoridad Nacional Palestina, con poco más de 25.000 habitantes, y mayoría musulmana. La rodea un paisaje agreste, a orillas del desierto de Judea. Y está lejos de ser “la ciudad de la paz”. Como en muchos tramos de su milenaria historia, poco queda de aquella “casa de pan”, que quiere decir, en hebreo, Bethlehem.


Mil años antes del nacimiento de Jesús, Belén era conocida por ser la ciudad donde nació el rey David. Por cientos de años los judíos fueron mayoría en el lugar, hasta que los romanos los expulsaron en el primer siglo de esta era.Según el Nuevo Testamento, por ser descendiente del rey David, José debió dejar Nazaret –150 kilómetros al norte–, ya que César Augusto, el emperador romano de entonces, ordenó un censo que obligaba a todos los habitantes a regresar a su lugar de origen para empadronarse. Por eso José y su esposa María, aunque estaba próxima a dar a luz, llegaron a Belén ese diciembre.El Evangelio de Lucas lo relata así: “Y aconteció en aquellos días que salió un edicto de parte de Augusto César, que toda la tierra fuese empadronada. Este primer empadronamiento se hizo siendo Cirenio gobernador de Siria. E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad. Entonces subió José de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David, para ser empadronado con María, su mujer, esposada con él, la que estaba encinta. Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días en que ella había de dar a luz. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón”.Sobre ese pesebre, dice la tradición, se levantó la Iglesia de la Natividad.


No hay acuerdo en “la casa de pan”. No sólo entre israelíes y palestinos. La lucha por el territorio se traslada –de manera menos sangrienta, cierto–, a la propia Iglesia de la Natividad, donde los distintos sectores cristianos se disputan palmo a palmo, piedra a piedra, los sitios sagrados.La administración de la iglesia está compartida por los ortodoxos griegos –tienen a su cargo la sección principal, la basílica–, los católicos romanos –de la orden franciscana–, y los ortodoxos armenios. Pero esa coexistencia negociada tiene un punto de desacuerdo central: en la Iglesia de la Natividad se festeja la Navidad en tres fechas distintas.El servicio religioso de Nochebuena en Belén –que suele ser transmitido por TV a todo el mundo– se lleva a cabo en la Iglesia de Santa Catalina –levantada por el Vaticano al lado de la basílica principal–, en la noche del 24 de diciembre. Claro está, esa es la parte bajo control de los católicos romanos. Pero ocurre que los sacerdotes griegos se basan en el calendario juliano, por lo tanto su misa de Navidad es el día 6 de enero. El otro sector ortodoxo, los armenios, tiene su celebración en la parte que le corresponde de la iglesia doce días después, en la noche que va del 18 al 19 de enero.


En dos mil años de cristiandad, por primera vez Jerusalén y Belén están divididas. Un muro las separa. De un lado, los israelíes se sienten más seguros. Del otro, los palestinos se sienten asfixiados.Tan sólo diez minutos de auto desde Jerusalén y se llega al checkpoint –puesto de control–. Un cartel amarillo con letras negras advierte en tres idiomas –árabe, hebreo e inglés–: “Entrada al territorio de la Autoridad Palestina. No es un paso para ciudadanos israelíes”. Lo cruzo, caminando, e ingreso a un mundo de rejas, alambres de púas y muros de concreto.


Diariamente, cientos de hombres y mujeres se forman en el lado de Belén del muro. Van a trabajar en el Estado israelí. Pasan a pie por una larga jaula de metal, se los registra, se verifican sus huellas y se los pasa por el detector de metales. Es un trámite que puede durar quince minutos o dos horas. Pasar de Jerusalén a Belén es más rápido.El muro tiene unos siete metros de altura y es parte de una barrera entre Israel y Cisjordania de más 700 kilómetros de largo. La razón de su existencia, explica el gobierno israelí, es frenar el paso de los terroristas a Jerusalén. A partir de la segunda Intifada –en el año 2000–, los ataques suicidas en restaurantes y colectivos se volvieron una sangrienta realidad diaria en la capital israelí, así como los disparos contra los colonos. Dos años después comenzó la construcción del muro. Y el gobierno de Israel muestra sus resultados positivos: los ataques disminuyeron drásticamente, especialmente en Jerusalén.Los palestinos denuncian que la barrera ingresa diez kilómetros en territorio de la ANP y que se construye para crear nuevas fronteras israelíes. También que la disminución de los ataques suicidas tiene poco que ver con el muro y más con un cambio de estrategia del grupo Hamas.Los israelíes aseguran que la construcción de la barrera fue una necesidad para salvar vidas, que logró frenar los atentados y que tan pronto los palestinos acepten y cumplan con un acuerdo de paz el muro será destruido.


Después de andar unos treinta metros por un sendero de rejas, entro en Belén. Al final del camino me reciben vendedores ambulantes, chicos pidiendo monedas y varios taxistas a la caza de algún turista para llevarlo a recorrer el casco antiguo de la ciudad.Los autos son más viejos que los que se ven “del otro lado”. Las calles más abandonadas. Y muchos negocios, cercanos al muro, están cerrados y sucios. Un micro con turistas –españoles, en su mayoría– hace una última parada antes de pasar por el checkpoint, frente a un negocio de joyas. Bajan y suben todos juntos, en fila, con una corte de vendedores ambulantes que se esfuerzan por decir algunas palabras en español. Los precios son más bajos que “del otro lado”, pero se vende poco.La situación económica en Belén es difícil desde la última Intifada y la construcción del muro. El desempleo, se calcula, supera el 50 por ciento.“Los turistas apenas vienen por dos horas. Llegan en micros desde Jerusalén, se bajan en la iglesia, miran, se suben y listo. En Belén no dejan ni un dólar. Los operadores turísticos israelíes les meten miedo, les dicen que no hablen con la gente, que no se separen del grupo porque es un lugar peligroso.


Entonces acá los hoteles están ocupados en un veinte por ciento... y todo es mucho más barato que en Jerusalén”, se queja un comerciante de la calle Hebrón.Puedo comprobar las dos cosas. Pese a ser diciembre, el mes de la Navidad, casi no se ven turistas por las calles de Belén. Y el plato de hummus con ful, junto con el de faláfel, que tengo frente a mí en el “boliche” de Aftem, confirma que los precios se reducen a la mitad que del otro lado del muro.El restaurante, tradicional, fuera del circuito turístico –la excepción soy yo, más tres alemanas que están sentadas dos mesas adelante–, se encuentra cerca de la Plaza del Pesebre.Me recomiendan, para beber, la limonada con menta. Buen consejo. Aunque la cerveza palestina, marca Taybeh, es uno de sus orgullos. Hecha en la pequeña localidad de mayoría cristiana de Taybeh –al norte de Ramallah–, la buena cerveza local enfrenta a dos enemigos que no la dejan crecer: el primero, los mayores costos de transporte que les obligan los controles israelíes, el segundo, interno, la cruzada antialcohólica de Hamas.También hay vino local, pero ese no es tan bueno. “Es cierto, pero sí hacemos buen vino de misa. ¿Qué iglesia del mundo no querría tener vino de misa hecho en Belén? Pero ahí tenemos un problema de marketing...”, reconoce el dueño del Aftem.


“Hic de Virgine Maria Jesus Christus natus est.” La inscripción latina fue puesta en 1717 por monjes franciscanos en la estrella de plata que marca el lugar donde la tradición cristiana dice que nació Jesús.“Aquí la Virgen María dio a luz a Jesucristo.” La estrella de Belén está en la Gruta de la Natividad. Se destaca en un lugar donde la luz es tenue, donde manda el olor a cera derretida e incienso. En realidad es una pequeña cueva. Hace dos mil años, las grutas se usaban como corrales. Y allí, excavados en la roca, se montaban los pesebres. Hace 1683 años, una mujer pidió que en ese sitio se levantara una iglesia. Porque allí había nacido Jesús.Esa mujer fue Helena, madre del primer emperador cristiano, Constantino, quien viajó a Tierra Santa en 326 para buscar reliquias sagradas. En Jerusalén declaró haber encontrado la verdadera cruz donde crucificaron a Jesús. En 329, su hijo ordenó la construcción de la Iglesia de la Natividad original, destruida en una rebelión 200 años después. Su segunda versión, que se levantó a mediados del siglo VI, es la que hoy queda en pie.La Iglesia de la Natividad tiene una entrada humilde. Pequeña. Se ven los rastros de que fue reducida a través de los siglos.


Dicen que para evitar el acceso de los viajeros montados a caballo o sobre un camello. Hay que inclinarse para cruzarla, por eso la llaman “la puerta de la humildad”.No hay adornos en su fachada de gruesas paredes de piedra desnuda. Su interior no es distinto. Sobrio, oscuro, no hay bancos entre las cuatro hileras de columnas de la nave central que lleva al altar mayor. A su derecha, casi escondida y tras bajar unos escalones, está la gruta sagrada.No hay largas filas. A diferencia del Santo Sepulcro en Jerusalén, la entrada a la gruta es rápida, sin apuro.Vuelvo a la Plaza del Pesebre. Se escucha el llamado musulmán a la oración, desde la mezquita de Omar. Su minarete es la estructura más alta de la plaza. Fue levantado en 1860 y, por oposición, refuerza la humildad de la Iglesia de la Natividad.


¿El sitio donde nació Jesús puede quedarse sin habitantes cristianos? Así parece. Un siglo atrás, los cristianos constituían casi el 90 por ciento de la población de Belén. Hoy son sólo un tercio. Y su número sigue bajando.A causa del conflicto en los últimos años, miles de cristianos se han ido. El número de habitantes de Belén bajó de 30 mil a 25 mil. Los que emigran son los ricos, los instruidos, los moderados en la política. Se quedan los más pobres y los que sienten con más fuerza el llamado de la fe.Belén puede ser considerada como el lugar donde comenzó el cristianismo, pero los cristianos sienten hoy que están en un lugar peligroso. No gozan de la simpatía de los israelíes –que los consideran palestinos–, ni de los musulmanes, quienes los ven como cristianos. Y estos se sienten como intrusos en la ciudad donde nació su salvador.Una ciudad que fue invadida y saqueada a través de los siglos por ejércitos que hablaban los más diferentes idiomas. Romanos, persas, árabes, cruzados, turcos y británicos, entre otros, fueron los dueños de sus calles.Unas calles angostas, empinadas, donde todavía no entiendo cómo se puede manejar un automóvil.Ya me acostumbré a negociar los precios. Y lo hago con el taxista que se ofrece a llevarme hasta el checkpoint. Pide cincuenta, pero termina haciendo el viaje por treinta shequels.Intercambio algunas palabras en inglés. No es bueno el de ninguno de los dos, reconozco. Le explico dónde queda la Argentina. No sé si le quedó claro. Pero el fútbol llega a mi ayuda en la ciudad santa.Creo que las últimas palabras que escuché antes de dejar Belén fueron Maradona y Messi.

ASÍ VIVÍAN DIECIOCHO PERSONAS


La comisaría de Lomas del Mirador donde murieron cuatro detenidos, por dentro. Compartían un baño y se turnaban para dormir, rodeados de cucarachas. En los ’70 funcionó como el centro clandestino de detención “Sheraton”. La denuncia de un juez que nadie escuchó.


Por Tomas Eliaschev


Los ecos del terror no se apagaron. En la noche oscura de la dictadura militar fue la subcomisaría de Villa Insuperable, donde funcionó un centro clandestino de detención llamado con ironía macabra “Sheraton” y también conocido como “El Embudo”. En el presente democrático es la comisaría 8ª de La Matanza, donde el 14 de diciembre pasado se produjo un trágico incendio en el que murieron cuatro detenidos y los 14 restantes resultaron heridos: uno de ellos se debatía entre la vida y la muerte al cierre de esta edición. La comisaría sólo tiene lugar para 9 personas, pero había 18. Fue una verdadera tragedia anunciada: en los últimos dos años, la cantidad de detenidos en dependencias policiales de la provincia de Buenos Aires se duplicó, situación particularmente grave en el partido de La Matanza. La Defensoría General de ese partido denunció que hay una superpoblación de detenidos del 245 por ciento por arriba de los estándares internacionales.Según la policía, el fuego fue provocado por los mismos detenidos en protesta por una requisa originada por un intento de fuga. Sin embargo, hasta el momento, los peritos no constataron la existencia de ningún boquete en los calabozos.


Como quiera que sea, el resultado del incendio fue fatal.“En el lugar estaban apretados”, admitió frente a la seccional el comisario mayor Salvador Baratta, flamante superintendente de Coordinación Operativa de la Policía Bonaerense, que había presentado su renuncia como superintendente de la Regional Noroeste por el fracaso en la búsqueda de la familia Pomar.


Con el correr de las horas –gracias a la gestión de Pablo Pimentel, representante de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de La Matanza–, se supo que fallecidos son Jorge Luís Moya, 26 años; Pablo Sebastián Frías, de 20; Fernando Butaro, de 22, y David Moreyra, cuya edad no está precisada en el registro de la comisaría (ver facsímil), pero que, según trascendió, tenía 18 años. Gonzalo Néstor Kuril, de 28 años, permanece en terapia intensiva. Pese a que está inconsciente y que los médicos le daban pocas probabilidades de vida, estaba encadenado a la camilla, según constató Veintitrés en una recorrida por el Hospital Paroissien, donde estaban 11 de los 14 sobrevivientes del incendio. En el hospital, su hermano Claudio dijo: “Nadie se merece estar detenido de esa manera, los tenían en condiciones terribles”.El momento del incendio fue dramático: los detenidos pugnaban por llegar al baño, único lugar con agua, al tiempo que trataban de alcanzar la pequeña ventana para respirar algo de aire.Seis efectivos resultaron afectados por el humo; uno de ellos –el sargento Carlos Molina– se encontraba “muy grave”.La comisaría tiene su historia: por allí pasó el militante e historietista Héctor Germán Oesterheld, entre muchos otros que fueron brutalmente torturados y –varios de ellos– asesinados. El juez federal Daniel Rafecas investiga los hechos acontecidos en esa dependencia policial entre el ’76 y el ’78, en la causa 14.216/03. El 8 de abril del 2008 realizó una inspección ocular, junto a testigos como la ex diputada Delia Bisutti, miembros de organismos de derechos humanos, además de funcionarios de las secretarías de Derechos Humanos nacional y provincial. “Los detenidos estaban en una condición inhumana”, puntualizó Rafecas, en conversación con este medio. Después de visitar el lugar, Rafecas envió un informe a la Suprema Corte de Justicia de la provincia en el que describe las “las precarias y lamentables condiciones” de detención. “Se ha podido constatar que las celdas de alojamiento para detenidos poseen espacios de reducidas dimensiones, con escasa iluminación y nula ventilación (...) los colchones destinados al descanso de los detenidos se hallan tirados en el piso, rotos, y la única forma de pararse en dicha celda y no hacerlo sobre los mismos, implica doblar a estos en dos, lo cual demuestra el escaso espacio con el que cuentan (...) se trata de un ámbito que se encuentra completamente sucio, con cucarachas caminando por las paredes y en los pisos (...). Los baños se encuentran en muy precarias condiciones, sin las mínimas condiciones de higiene necesarias, con las canillas rotas y goteando”. En su informe, el juez hizo una advertencia que hoy cobra otra dimensión: “Los cables se encuentran precariamente conectados, y colgando de los techos y paredes, lo cual podría constituir un riesgo para la seguridad y vida de los detenidos”.El arquitecto Gonzalo Conte, de Memoria Abierta, estuvo presente en la inspección que encabezó Rafecas: “Había siete celdas, de distinto tamaño, un pasillo y un baño, además de un patio donde casi no entra luz. En total, es una superficie de 60 metros cuadrados. Cuando fuimos a inspeccionar el lugar, éramos 12 personas y apenas cabíamos. Que metan 18 detenidos es una aberración total”, dijo. Según relataron los familiares, los detenidos se turnaban para dormir, ya que no había suficientes colchones ni suficiente espacio para todos.El coordinador de Derechos Humanos de La Matanza, Miguel Rocha, explicó que desde la intendencia tienen “la intención de poner placas recordatorias” en la comisaría 8ª y en los demás lugares donde funcionaron centros clandestinos de detención. “Las urgencias de cada momento hicieron que nunca se concretara”, se excusó. El 26 de septiembre, las organizaciones sociales y de derechos humanos realizaron un escrache a la comisaría, de la cual depende el Destacamento de Lomas del Mirador, cuyos agentes están sospechados por el secuestro y desaparición del joven Luciano Arruga. Un mes después, los organismos de derechos humanos de La Matanza se hicieron presentes en la comisaría por las denuncias de malos tratos que sufrieron vecinos de la villa Santos Vega durante un operativo policial. “Los detenidos sufrieron malos tratos: muchos estaban golpeados y hasta había niños detenidos”, recordó Vanesa Orieta, hermana de Arruga, que recorrió el lugar.El titular de la Comisión por la Memoria, Roberto Cipriano García, recordó que “hay varias denuncias por las condiciones de los detenidos”. En los dos últimos años –desde que asumió Carlos Stornelli al frente del Ministerio de Seguridad–, la situación en las comisarías bonaerenses se agravó. “Se duplicó la población detenida. En diciembre del 2007 eran 2.700. Ahora hay 4.800. Ninguno tiene condena. Hemos pedido informes a Stornelli sobre cuántos detenidos hay en cada comisaría, hasta Adolfo Pérez Esquivel se lo solicitó en persona, pero no contesta”. Ante los dramáticos acontecimientos y la nueva actitud que tomó el ministro al denunciar las desestabilizaciones policiales (ver recuadro), es de esperar que la política de detenciones en comisarías cambie. En cualquier momento puede estallar otro “Cromañón” en una de las dependencias policiales superpobladas.

SERMONES EN LA IGLESIA SOBRE LA LIMOSNA OFICIAL


El cardenal Bergoglio dijo en privado que prefiere no recibir dinero del Gobierno. Son 18 millones de pesos por año, destinados a sueldos de los obispos y a subsidios a los seminaristas. Otros religiosos se inclinan por seguir cobrando.



Por Andrés Fidanza.



Hay, por estos días, un dinero que divide opiniones al interior de la Iglesia católica. Es el equivalente al pase de un jugador de fútbol bueno, no una estrella. Son 18.100.000 de pesos: lo que el Estado le aporta en sueldos a obispos y en subsidios a seminaristas. El cardenal Jorge Bergoglio ya se decidió: dijo en conversaciones privadas que la Iglesia quedaría “a la zaga de la Historia” si no renuncia a ese aporte. Pero la opinión de Bergoglio no es compartida por todos. Hay sacerdotes que avalan la renuncia, obispos que se oponen y propuestas alternativas de financiamiento.El arzobispo de Mendoza y presidente de los Asuntos Económicos episcopales, José Arancibia, admitió ante este diario que el tema es “opinable” y que existen “tensiones internas”. Para Arancibia, primero hay que desterrar “un mito”. “A la Iglesia no la sostiene el Estado, sino los fieles. El aporte representa sólo el 7% de nuestro presupuesto anual. El problema es que en este país no se arraigó esa responsabilidad”, dijo.Según datos de la Iglesia, cada asistente a misa aporta 1,20 pesos por mes. O sea, 0,28 centavos por misa. Por eso, la Iglesia impulsa desde hace cuatro años una campaña para “concientizar a los fieles”.


Pero Arancibia aclaró: “No pretendemos cortar el subsidio aún; no estamos atados a esa módica contribución: tenemos libertad de opinión. Yo veo correcto que el Estado sostenga actividades positivas como el arte, el deporte y, también, lo espiritual”.“Los sacerdotes no vemos un peso de ese aporte. Creo que la Iglesia debería renunciar. En rigor, deberían renunciar los obispos. Claro que una cosa es manejar la diócesis de Buenos Aires y otra distinta la de Humahuaca”, explicó a este diario el sacerdote Guillermo Marcó, ex vocero de Bergoglio. Las recursos de los obispados pobres y los ricos, está claro, varían.En esa misma línea, Eduardo de la Serna, sacerdote de Quilmes, junto a 25 curas de esa diócesis, pidió a su obispo, Luis Stöckler, que la Iglesia renunciara al aporte. “El obispo acordó con el planteo y nos explicó que él dona su sueldo. Pero esto excede un caso. Yo escucho que hay gente que dice ‘a los curas los mantiene el Estado’. Bueno, me deben 25 años de sueldo”, graficó De la Serna.El coordinador del Plan Compartir para sostener a la Iglesia, José Pagliettini, cree que el tema “debería ser estudiado”. Y propone: “Una opción es el caso de España, donde los ciudadanos donan una alícuota de sus impuestos. El que no quiere, puede dar su parte a la Cruz Roja, por ejemplo”.Otra alternativa, sin renunciar al aporte público, es que el Estado sostenga a los otros cultos, “pero siempre respetando la proporcionalidad del número de fieles”, opinó el dirigente laico Guillermo Cartasso, que recordó que el 82% del país es católico.Desde el Gobierno, por ahora no hay intención de cortar el aporte. Apenas hay un proyecto de ley que presentó el año pasado la senadora oficialista Adriana Bortolozzi, que aún no se trató. Varios legisladores dicen que por ahora no hay pedidos para reactivarlo.


El monto del apoyo oficial


El aporte estatal en discordia se compone de: un sueldo a los obispos equivalente al 80% de lo que gana un juez de primera instancia, unos 7.300 pesos; una asignación mensual para seminaristas de $336 (representa para el Estado casi 5.500.000 de pesos por año); más un pequeño aporte a las parroquias de frontera o de zonas desfavorables de 470 pesos por mes.


En total, 18.100.000 de pesos anuales, a lo cual se suman las exenciones impositivas y los subsidios a escuelas, que están fuera de la discusión.La responsabilidad estatal de financiar al culto católico figura en la Constitución: el artículo 2˚ dice que el Gobierno “sostiene el culto católico apostólico romano”; pero no aclara si lo debe sostener económica o institucionalmente. “Siempre hubo polémicas al respecto”, contó Guillermo Marcó.Durante la dictadura se sancionaron las tres leyes específicas que regulan el aporte estatal, con montos y argumentos respectivos. “Fueron una forma de agradecer los servicios prestados”, opinó el cura De la Serna.














MURIÓ LA MADRE DE LOS CARASUCIAS


Mónica Carranza fue una niña en situación de calle, estuvo internada en un correccional, creció en Mataderos y allí llegó a hipotecar su casa para armar un comedor popular. Alimentó en ese lugar a miles de niños y creó un hogar para madres adolescentes.


Vivió en la calle desde los nueve años, después de escaparse de un instituto correccional. Ahí la habían internado después de que falleciera su papá. También la separaron de sus diez hermanos. Y creció sin haber pisado una escuela. Ese origen de desamparo y humildad la marcó tanto que, cuando tuvo una casa (y una familia), puso todo a disposición de los chicos con hambre del barrio donde vivía: Mataderos. La síntesis define la historia de Mónica Carranza, creadora de un trabajo social que comenzó con el comedor Los Carasucias, que se prolongó en una fundación, un hogar para chicos en situación de calle y otro para madres adolescentes. Declarada en 1997 Mujer del Año, falleció ayer a los 63 años, víctima de cáncer.

“Antes de morir me tomó de las manos y me pidió que continuáramos con la obra. Esperamos poder tener fuerzas para hacerlo”, dijo Roberto, uno de los hijos de Carranza. Roberto destacó que su madre nunca dejó de pelear y que “incluso sentía que iba a superar esta enfermedad. Era una mujer con mucha fuerza”, aseguró.


Mónica nació en Parque de los Patricios y su nombre verdadero era Azucena. Pero le decían “Monita”, y de ahí viene el nombre que usó el resto de su vida. La historia del comedor empezó en los ’90, cuando un grupo de chicos se acercó hasta su casa, en el barrio de Mataderos, para pedir algo para comer. Ella les hizo unos sánguches y los chicos volvieron al otro día.


Para obtener fondos, al principio, armaba flores artificiales con los chicos, que salía a vender por las noches. Cuando los “carasucias” se multiplicaron más que los panes, habilitó primero el comedor en una plaza y luego llegó a hipotecar su casa para alquilar un galpón. Allí actualmente comen 2500 familias y reciben refuerzo alimentario más de 1500 chicos desnutridos, con sida, diabetes, tuberculosis y otras enfermedades. Después, cuando su trabajo se hizo más conocido –consecuencia de los estragos de la crisis, en 2001– obtuvo el apoyo del Estado y de algunas empresas privadas.


Desde 1996, cuando Los Carasucias se convirtió en asociación civil, hay talleres de capacitación laboral, emprendimientos para chicos de la calle, campo de deportes, granja laboral, talleres de expresión, centro de documentación, bolsa de trabajo y otros servicios.


Ese mismo año, Mónica fue premiada junto a otros doce vecinos por el gobierno porteño, en ese momento a cargo de Fernando de la Rúa. En 2001, León Gieco festejó sus cincuenta años con los chicos del comedor y brindó un emotivo recital ante unas 250 personas. Después de los dos primeros temas, el popular cantautor se pegó en el pecho un cartelón con el número telefónico 4687-1728, en el que reciben donaciones para el comedor.


El año pasado, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner visitó, acompañada por la ministra de Desarrollo Social, Alicia Kirchner, la ampliación de obras en el hogar Los Carasucias. También en 2008 la Comisión de la Mujer de la Legislatura porteña le rindió homenaje junto a otras veinte mujeres consideradas modelos de vida, que desfilaron “sin moldes ni patrones, contra los estereotipos de género”.


Carranza sufrió en carne propia el alejamiento de su madre, una internación en su niñez que la separó de sus hermanos y más tarde la vida en la calle, el hambre, la violencia, el encierro y el abuso sexual. Cuando había logrado rehacer su vida, entregó todo para asistir a los más necesitados. Antes de morir, le pidió a su pareja y a su hijo, Roberto, que se siguieran ocupando del comedor.

domingo, 27 de diciembre de 2009

LOS DESNUDOS Y LOS MUERTOS


El cementerio más raro del mundo.



Se inauguró el 1º de enero de 1851, plena época de consolidación de la burguesía genovesa. Todas las familias acomodadas quisieron su lugar en el cementerio de Staglieno y sus esculturas funerarias fabulosas, encargadas a los artistas más importantes del momento. Así creció el camposanto más famoso de Italia, que sería el más célebre del mundo si no existiera el mítico Père Lachaise de París.


Ahora bien: es raro que Staglieno no tenga mucha, pero mucha más fama. Insistimos, la tiene. Pero las piezas que se pueden ver ahí son de verdad insólitas y juguetean en el filo de lo macabro, el erotismo casi explícito, la pavada, la grandiosidad, la ternura y el mal gusto liso y llano. La gran mayoría de las esculturas son neoclásicas y representan el realismo burgués del siglo XIX. Algunas, las menos, citan influencias del simbolismo y el art nouveau. Muchas se esconden entre vegetación, porque el cementerio hace rato sobrepasó su perímetro planeado.


Y se encuentran cosas más que sorprendentes, como las esculturas de Santo Saccomano (1833-1914) que de tanto juguetear con la idea de Eros y Thanatos pobló Staglieno de mujeres desnudas jugando con rosarios o extendidas sobre las tumbas con puntiagudos senos núbiles, en franco éxtasis. Son inquietantemente hermosas. Por otro lado, hubo un sector de pater familiae burgueses que quisieron dejar bien claro cuánto los iban a extrañar sus parientes: entonces se hicieron retratar en el lecho de muerte con una corte de lloronas de luto, en verdaderos monumentos de piedra. También son impresionantes las esculturas de Giovanni Battista Villa: la más famosa retrata a una mujer pispeando el último sueño de su esposo en una cama. Giovanni Benetti también era bastante morboso: solía retratar a los difuntos en la agonía, con evidentes signos de enfermedad en el rostro. La más famosa de las tumbas es la de Caterina Campodónica, la “nociolina”, una vendedora de nueces que trabajó toda la vida ahorrando pesito sobre pesito para encargar su estatua –se la pidió al importante Lorenzo Orengo– y tener un lugar entre los ricos, aunque era una mujer muy humilde –y está retratada con su propia ropa–. Otra de las célebres, por espantosa, es la de un niño a quien La Muerte está a punto de atrapar, representada por manos-garras que salen de la tierra. Hay muchas más danzas de la muerte y disparates megalomaníacos en
www.cimiterodistaglieno.it

TOLERANCIA CERO


Inspirado en la "mano dura" del republicano Giuliani, se basa en contratar a ex policías como empleados municipales para patrullar. En esa función, Pelozo asesinó a Bárzola, un pibe de 16 años, y fue condenado a 13 años de prisión. Sin embargo, el proyecto sigue en marcha.



Por Tomás Eliaschev



Sentado en el banquillo de los acusados, con la cabeza gacha y los hombros caídos, parecía un hombre inofensivo, incapaz de lastimar a nadie. Cuando escuchó la sentencia del tribunal que lo condenó a 13 años de prisión por homicidio simple, apenas se inmutó. Sin embargo, José Ramón Pelozo, más allá de su apariencia actual, era más que temido en la zona sur del conurbano bonaerense. Su paso por la comisaría 5ª de Villa Fiorito, donde llegó a ser jefe de calle, le dio fama de duro ante los jóvenes del barrio, quienes todavía muestran terror ante la mención de su nombre o alguno de los apodos con que se lo conocía: “El Oso”, “Rompehuesos” o “Mataguachos”. El 3 de junio del 2003 asesinó a sangre fría a Matías Bárzola, un pibe de 16 años al que se le tenía jurada. En el momento del crimen, Pelozo ya se había retirado de las fuerzas de seguridad, pero seguía patrullando las calles: era chofer de uno de los vehículos de la Municipalidad de Ezeiza asignados a la tarea de patrullaje en el marco de la “Tolerancia Cero”, un plan que podría extenderse a toda la provincia. Es que el gobernador Daniel Scioli y su ministro de Seguridad Carlos Stornelli, en la búsqueda por terminar con la “sensación de inseguridad”, tomaron el ejemplo de Ezeiza y están firmando convenios con varios intendentes para que los municipios se hagan cargo de financiar el patrullaje complementario de las calles, cámaras de vigilancia y una “sala de situación” donde se realizará seguimiento satelital de los móviles. En la provincia más poblada del país, el Estado acude a la “municipalización” de las tareas de vigilancia, algo que seguramente afectará las tasas impositivas. Pero lo más grave –por lo menos desde la óptica del respeto a las garantías individuales– es que como choferes de las patrullas municipales contratarán nada más y nada menos que a personal retirado de las fuerzas de seguridad. En teoría los ex policías no portarían armas, aunque no se especificó cómo se controlará el cumplimiento. Tampoco se sabe cómo harán las autoridades para evaluar los antecedentes de los ex policías que serían empleados como municipales pero que patrullarán las calles. Según el proyecto en ciernes, al lado del chofer iría un policía en actividad, que realizaría tareas extras, algo que a su vez no aumenta precisamente el rendimiento profesional. El Tribunal Oral en lo Criminal 1 de Lomas de Zamora sentenció a Pelozo, al demostrar que fue él quien disparó desde un vehículo contra Bárzola. Durante el juicio, quedó claro que el hombre trabajaba en el vecino municipio de Ezeiza, en el marco del plan Tolerancia Cero. María del Carmen Verdú, de la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (Correpi) y abogada de la familia de Bárzola, se mostró “totalmente en contra” del reingreso de personal de las fuerzas de seguridad retirado en las tareas de patrullar los municipios. “Esta es una de las tantas formas que tiene el Estado de decir que crea puestos de trabajo, pero lo hace específicamente para policías retirados.


Lo notable del caso es que ya hay experiencias nefastas, como la que llevó adelante Alfredo Granados en Ezeiza, donde revistaban personajes como Pelozo, quien ejecutaba tareas de limpieza social en el barrio de Fiorito, formando parte de un verdadero escuadrón de la muerte”, dijo Verdú a Veintitrés minutos antes de escuchar la sentencia, el miércoles último por la mañana. “Quieren aplicar el mismo plan en toda la provincia, exactamente con el mismo diseño, que tal como quedó demostrado en este juicio, carece de todo control. La funcionaria municipal que supuestamente controlaba las salidas y egresos del personal en funciones tuvo que reconocer que esos controles eran inexistentes, que los libros se perdieron en una de las tantas inundaciones y ni siquiera pueden asegurar si tal o cual día uno de los contratados estaba trabajando o no”, puntualizó Verdú. La abogada reflexionó que “en definitiva se trata de reciclar a los que han cumplido con su deber para con el aparato represivo, dándoles la oportunidad de seguir haciendo lo mismo que han hecho toda su vida”.


Estela Velásquez, la mamá de Matías Bárzola, criticó la posibilidad de que personal retirado se involucre en vigilar las calles de los municipios. “Más que Tolerancia Cero, necesitamos educación para nuestros chicos”, señaló esta madre de cinco chicos que se animó a denunciar al asesino de su hijo, pese al miedo que todavía se apodera del barrio donde sucedió esta muerte y tantas otras. “Muchas madres no se animaron a denunciar a Pelozo, no era la primera vez que mataba a un chico. Aprendí que luchando y caminando la calle se puede detener a los asesinos de nuestros seres queridos, de nuestros hijos. No hay que tener miedo, hay que luchar para que esto no siga pasando”, convocó Estela, megáfono en mano, ante un grupo de familiares de víctimas de gatillo fácil que se hicieron presentes para escuchar el veredicto.


No por nada le decían “Mataguachos” a Pelozo en Villa Fiorito. Según numerosos testimonios –que por el momento se mantienen en el anonimato por temor a represalias–, el hombre cometió más de un asesinato tanto en actividad como una vez retirado, siempre teniendo como víctimas a “guachos” de la zona, es decir, adolescentes pobres. Pelozo no era el único integrante de la comisaría 5ª de Fiorito con actitudes diametralmente opuestas al respeto a la ley. Por ejemplo, el año pasado los suboficiales Isidoro Segundo Concha y Ramón Quevedo fueron condenados por torturar y asesinar a Jorge “Chaco” González, otro pibe de la zona.


Precisamente fue Concha, cuando todavía estaba en actividad, el primero en llegar a la escena del crimen de Bárzola. El policía quiso cubrir a su colega indicando que Matías había querido robar un automóvil, una teoría que perdió sustento durante el juicio. Es que la historia que relató Pelozo indicaba que el joven había sido abatido por un remisero que se habría resistido a un asalto. Según denunció Verdú, en Villa Fiorito la policía tiene una “tradición nefasta de hacer que los pibes roben para ellos”. Una denuncia girada por la auditoría de Asuntos Internos de la Bonaerense en la UFI 10 de Lomas de Zamora indicó que “la patrulla de calle suele detenerlos y armarles causas si no aceptan robar para ellos”, recordó la abogada defensora de derechos humanos. En el Ministerio de Seguridad bonaerense prefieren, por el momento, no formular declaraciones sobre la implementación de este plan. La “Tolerancia Cero”, aunque sin ser llamada de esa manera, ya marcha viento en popa en municipios como Ituzaingó y Campana, mientras se espera que más distritos se sumen, entre ellos San Fernando, Luján, Tigre, San Miguel, Lanús, Almirante Brown, Tres de Febrero, Merlo, Malvinas Argentinas, Hurlingham, San Miguel, Cañuelas y La Plata. El plan fue ideado por Néstor Franco, actual director provincial de Seguridad Pública, cuando era funcionario del municipio de Ezeiza. Su inspiración fue la mano dura dispuesta por el republicano Rudolph Giuliani en la ciudad de Nueva York bajo el rótulo de “Tolerancia Cero”. Hasta ahora pocos jefes comunales mostraron su desacuerdo con la iniciativa. Es que la mayoría valoró la “eficiencia” mediante la cual el plan de Franco habría logrado hacer descender el índice de robo de vehículos. En Morón –un territorio donde Juan Carlos Rousselot supo llevar adelante una política similar– la actual administración de Martín Sabbatella se mostró en desacuerdo. Diego Spina, mano derecha y secretario privado del intendente, señaló a este medio que están “obviamente en contra”. “Es un plan que de plan no tiene mucho, nunca nos mostraron bien de qué se trataba.


Lo que sabemos, lo sabemos por la discusión que se dio en Ituzaingó, donde muchos concejales se opusieron al convenio”, indicó el funcionario sabbatellista. “Lo que queremos es profesionalizar las fuerzas de seguridad actuales. La potestad de las armas la tiene que tener el Estado provincial. Tiene que haber control político de las policías existentes. No estamos de acuerdo con generar ni ingresar jubilados de las fuerzas de seguridad a realizar tareas de patrullaje”, explicó Spina. En Ituzaingó, donde el intendente Alberto Descalzo ya firmó el convenio con el gobierno provincial, se generó una polémica alrededor de las llamadas patrullas comunitarias. “Es ilegal”, manifestaron los concejales opositores. La preocupación de muchos es que, mediante esta vía, muchos efectivos que fueron exonerados o que se retiraron antes de que les abrieran un legajo, vuelvan a ejercer tareas de policía. De no tomarse los recaudos necesarios, muchos más efectivos con comportamientos similares a los del “Mataguachos” podrían volver a trabajar desempeñándose en tareas de vigilancia.